Hay un tipo de columna de opinión que parece multiplicarse últimamente, como si hubiera descubierto un nicho muy rentable en el ecosistema mediático: La columna que pretende sonar culta, profunda y sagaz, pero que en realidad no es más que un desfile de insultos con pretensiones literarias. Un género curioso, porque se envuelve en prestigio intelectual mientras practica, sin rubor, la descalificación más primaria. Es la paradoja de una escritura que presume de pensar, pero que se limita a embestir.
Uno puede reconocer este estilo desde la primera línea. Frases alambicadas, adjetivos afilados, una metáfora grandilocuente para abrir boca y, poco después, una sucesión de ataques tan cuidadosamente ornamentados que casi logran ser hermosos. Ese es su truco, embellecer la agresión hasta hacerla pasar por análisis.
El lector distraído puede confundir el brillo del lenguaje con el brillo de las ideas, como quien confunde el envoltorio dorado con el valor del regalo. Pero basta avanzar unos párrafos para darse cuenta de que no hay regalo alguno: Solo papel, lazo y, en el mejor de los casos, un ingenioso veneno.
Estas columnas no buscan comprender nada, buscan ganar por demolición. A falta de argumentos sólidos, levantan un castillo de ironías, referencias clásicas sacadas de contexto y un vocabulario lo suficientemente sofisticado como para intimidar a quien ose cuestionarlas.
El mensaje no se formula, se impone. Más que persuadir, aspiran a dejar al lector deslumbrado por la retórica, de modo que ni note la ausencia de fundamento. Es la retórica como cortina de humo, como maquillaje. Cuanto más intensa es la máscara, más vacía suele estar la idea que cubre.
Lo preocupante no es que existan escritores con ganas de convertir la opinión en un arte marcial verbal, porque siempre los ha habido, sino que el formato parezca haberse desplazado hacia esa fórmula. La tentación del columnista es grande: Escribir con furia es más fácil que escribir con rigor, y un insulto ingenioso genera más clics que una reflexión exigente.
En una época que premia la inmediatez y la confrontación, el insulto bien escrito parece una moneda de curso rápido. Provoca, circula, y se comparte. Pero esa circulación veloz tiene un coste. Cada columna que se limita a zaherir sin aportar se suma al ruido general, ese ruido que pretende ser debate pero que solo es fricción.
La paradoja del intelectual airado es que confunde intensidad con profundidad. Cree que elevar el volumen de su desprecio es equivalente a elevar la calidad de su pensamiento. Y, sin embargo, la inteligencia rara vez grita porque más bien pregunta, duda, matiza.
La crítica genuina necesita aire, distancia, contexto; necesita reconocer que el mundo es más complejo que un villano al que linchar con prosa elegante. Pero el columnista vitriólico prefiere la contundencia del golpe. El matiz estorba cuando el objetivo es solo brillar.
El columnismo, en sus mejores formas, siempre ha tenido una dimensión casi pedagógica: Iluminar rincones, señalar contradicciones, proponer otra mirada. Cuando se degrada en una competición de sarcasmos y ataques cuidadosamente caligrafiados, pierde su razón de ser. No porque la crítica deba ser suave o complaciente, sino porque la crítica sin ideas no es crítica, es solo ruido decorado.
Y aunque pueda resultar tentador, incluso admirable desde la distancia, ver cómo un autor despliega su arsenal retórico para desmenuzar al adversario, conviene recordar que un insulto, por hermoso que sea, sigue siendo un insulto. No explica, no aclara, no construye nada. Puede entretener durante tres minutos, pero deja al lector exactamente donde estaba: Un poco más irritado, un poco menos informado.
Quizás, en un momento en que el debate público necesita oxígeno, convenga reclamar un columnismo que piense antes de brillar, que pregunte antes de atacar. Porque la elegancia verbal puede seducir, pero solo la honestidad intelectual ilumina.
