DivagArte: Mis malditos favoritos. Primera parte: los malditos franceses.
No. No me estoy metiendo con los franceses. Es que el «malditismo» lo inventaron ellos. Primera parte de cuatro (joer, me ha vuelto a pasar, como con el arte abstracto) para compartir mis pasiones literarias.

by | Dic 13, 2025 | #Manchacultura

Mi viaje por la literatura siempre se desarrolló en los márgenes de las modas. Como en casi todo. Si me gusta el arte abstracto –como ya habéis leído en mis anteriores columnas de DivagArte– ya supondréis que mis autores literarios favoritos van a ser una pandilla de rebeldes raros que nos destilaron maravillosas páginas cargadas de conceptos espectaculares, aunque no mucha gente los conozca.

El primer disco que tuve, puramente mío –y no heredado de mis padres o hermanos– fue el Rock’n’roll Animal (1974) de Lou Reed, en donde había una canción que decía «…take a walk on the wilde side», que venía a significar «paséate por el lado salvaje» y me lo tomé muy en serio, muy a pecho, con solo catorce años.

Desde jovencito, la cultura de masas me sonaba a rancio: Julio Iglesias, Mocedades, el consultorio sentimental radiofónico para mujeres llamado «Elena Francis» pero que, en realidad, la escribía un señor… O el noticiario cinematográfico franquista NODO –obligatorio en todas las salas de cine de este país antes de la película–.

Los menos jóvenes sabéis de lo que estoy hablando… (por cierto: me pregunto cómo hemos llegado medianamente sanos los jóvenes de aquella época).

Y por una rendija diminuta –que no recuerdo, pero bien pudiera ser ese disco de Lou Reed– accedí a una manera de mirar al mundo al culete, en vez de mirarlo a la cara…

Leer es un placer extraño. Tengo que hacer un esfuerzo superior a mirar un cuadro o escuchar música. Tengo que estar muy encima de cada palabra, repasar las líneas de texto que recorres y guardar en tu memoria las líneas anteriores, los párrafos precedentes y las páginas de mucho más atrás para conservar la narrativa, mientras que la música sería más de dejarme llevar.

Pero, por otro lado, la lectura me ofreció un espacio de reflexión y de pausa que la música no me daba tanto. Podía parar, retroceder y volver a disfrutar de otro párrafo, otra frase u otra página, sin el trauma expresivo ni sensorial que sufriría si ese paso atrás lo realizara ante una obra musical: detener a la mitad el coro final de la novena de Beethoven para volver al principio es un frenazo emocional que nadie puede soportar incólume.

Se paga y caro: si eres mínimamente sensible, te lleva al borde del ictus.

El caso es que tengo una serie de autores literarios que, por mucha afinidad, me han marcado y quiero compartirlos para que los disfrutéis, como yo los he disfrutado tanto.

Paul Verlaine / Archivo histórico
Paul Verlaine / Archivo histórico

Verlaine los crea y ellos se juntan

Se les llamaron «malditos» no a todos los franceses y francesas, que bien podría ser, sino porque en el siglo XIX surgió una camada de artistas que confluían y cohabitaban en un espacio y en un momento determinado y allí su talento les hizo brillar aunque fuera para una minoría. Pero además, estaban rodeados de un desagradable aura de «extraños»: desagradables, desviados, obscenos, bohemios, depravados y cuantos adjetivos despectivos se os ocurran.

Uno de estos artistas «malditos» fue Verlaine, pronunciado «Verlén». Paul Verlaine (1844-1896) fue un poeta exquisito pero depravado, según la mirada pacata y conservadora de su tiempo. Bisexual («¡qué horror, por

Dios!»), hijo de militar, comenzó a frecuentar los cafés bohemios del París literario con 22 añitos mientras trabajaba en el Ayuntamiento de París. Publicó sus Poemas saturnianos influido por la lectura de Charles Baudelaire, del que hablaré más tarde.

Paul Verlaine hacia 1892, ante a un vaso de Absenta / Fotografiado por M. Dornac

En 1870 se casó con una joven llamada Mathilde y se mudó a la casa de sus suegros. Muy pronto, mientras vivía en la casa de los padres de Mathilde, Verlaine conoció al poeta Artur Rimbaud –pronunciado «Rimbó»– y su vida dio un cambio total.

Verlaine descubrió el talento de Rimbaud y quedó enamorado de sus bellezas interiores y exteriores, que no eran pocas. Paul consiguió convencer a su esposa Mathilde para invitar a Rimbaud a vivir con la joven pareja en la casa de sus suegros, situación esta –un pelín exótica y muy incómoda para la familia propietaria de la casa– que dio como consecuencia una relación por lo menos curiosa y tan estrecha que no permitía que nada ni nadie se interpusiera entre los dos poetas.

Como esa situación comenzó a escandalizar a la sociedad biempensate parisina, la familia de Mathilde pidió a Artur Rimbaud abandonar su casa, pero la sorpresa fue mayúscula cuando Verlaine abandonó a su esposa, la comodidad de la casa de sus suegros y se marchó con Rimbaud a Londres, excitadísimo por su jovencísima conquista.

Frontispicio de la primera edición de Los poetas malditos de Verlaine

Más tarde, en un ataque de celos cuando presuntamente Arthur quiso acabar la relación amorosa entre los dos, Verlaine disparó –borracho– sobre Rimbaud, hiriéndole en la muñeca, por lo que fue procesado y encarcelado durante dos años. En esa estancia en prisión Verlaine experimentó una extraña epifanía y retornó a la fe católica de su niñez, durante cierto tiempo, mientras regresaba a Inglaterra y trabaja como profesor.

Entonces escribe “Los poetas malditos”, donde refleja un censo de poetas mal mirados, mal comprendidos y casi nada publicados. Su fama va creciendo, pero la verdad de su alma comienza a esconderse. Escribe cualquier cosa en periódicos y revistas para pagarse las facturas, abandonando su profundo manantial de literatura, pero –la cabra tira al monte– termina por volver a la vida desordenada: licor de absenta y sustancias alucinógenas en cantidades industriales van consumiendo su cuerpo hasta que en 1896 fallece a los 51 años.

En aquellos tiempos, en pleno siglo XIX… Verlaine fue un poeta con un estigma social marcado en la frente. Y quizá por eso, su poesía me llegó muy adentro cuando casi anunciaba su declive vital:

Canción de otoño / Chanson d’automne

Los largos sollozos / Les sanglots longs

De los violines / Des violons

Del otoño / De l’automne

Hieren mi corazón / Blessent mon coeur

Con una languidez / D’une langueur

Monótona. / Monotone.

Todo sofocado / Tout suffocant

Y pálido,cuando / Et blême, quand

Suena la hora, / Sonne l’heure,

Me acuerdo/Je me souviens

De los días antiguos / Des jours anciens

Y lloro. / Et je pleure.

Y me voy / Et je m’en vais

En el viento malvado / Au vent mauvais

Que me lleva / Qui m’emporte

Aquí y allá, / Deçà, delà,

Como a la / Pareil à la

Hoja muerta. / Feuille morte.

Paul Verlaine / Foto de Otto Wegwenner

Este regalo poético de Verlaine enlaza con la próxima entrega, donde conoceremos a su amante, el bellísimo Arthur Rimbaud y su visión de esta relación tan especial.

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