Nota del Día: Nos toman por idiotas
Hay una forma de entender el poder, la de siempre. Propia del antiguo régimen y los nostálgicos. Ese poder que llena bolsillos y celebra bajo luces rojas. El problema es que está por todos sitios.

El poder cuando ya no siente vergüenza / #Tintamanchega

by | Dic 16, 2025 | #ATinta

No es ideología, es costumbre. El poder usado como derecho, como compra y como abuso. Mientras nos dividen, los amigos de unos y los de otros, los de siempre roban, callan y esperan. No caen. No dimiten. Están por todos lados. Y nosotros seguimos pagando.

Hoy vuelvo a escribir desde la rabia, desde la desesperanza, y desde la indignación. He pensado mucho sin subir esto hoy, pero creo que este canal me permite también expresar opiniones un poco más duras y menos justificadas de lo habitual.

Las últimas noticias nos saben a un tiempo que ya hemos vivido. A una especie de déjà vu que se repite una y otra vez en los que nos deberían representar, y cada vez, nos representan menos. En el poder.

No voy a poner ni los colores ni los apellidos de la manada de delincuentes y puteros que hay en nuestras instituciones, entendiendo que hay mucha gente decente. Pero, aún así, me quedaría con la boca pequeña de nombrar uno a uno todos los que hay, por todos sitios. Y se sabe.

Y mientras, nosotros volvemos a discutir por cuál corrupto es mejor, por a quién están atacando más quién, y qué putero tiene más razones. Todo dependiendo del partido que votemos.

España es un país de ruido. Mucho ruido y poca vergüenza. Ruido de tertulia, de plató, de mitin y de red social. Ruido de banderas agitadas como trapos viejos para que no se vea la mugre del suelo.

Mientras tanto, en los despachos con moqueta, en los reservados con luz baja y en los consejos de administración donde nunca pasa nada, los de siempre siguen haciendo lo mismo de siempre.

Aquí no hace falta ser de amigo de ningún partido para darse cuenta. Basta con tener ojos y un poco de memoria. Los puteros con cargo público y de todos los colores no son un chiste verde ni una debilidad humana. Son una forma de entender el poder.

No estoy hablando de prostitución como tal, sino del poder como compra, como abuso, como derecho adquirido. El prostíbulo de carretera, el piso discreto pagado en sobres, la tarjeta que no deja rastro, todo eso no es vida privada. No son ni políticos, ni política. Es lo que no sale en los programas electorales ni en los discursos solemnes del hemiciclo. Es una forma de vivir el poder. Es solo vergüenza.

El machismo del dinero y del cargo no entiende de siglas. Dan igual rojos que azules. Cambia de chaqueta según sople el viento y se adapta al logo que toque. Se envuelve en moral cuando conviene y en silencio cuando estorba. Habla de igualdad en público y de tarifas en privado. Y cuando lo pillan, si lo pillan, pide perdón con la boca pequeña y espera a que el escándalo caduque, como caduca casi todo en este país.

La corrupción tampoco tiene ideología. Tiene método. Tiene abogados, intermediarios, empresas pantalla y puertas giratorias que giran tan deprisa que ya nadie se marea. Y ahora, también, prensa. El BOE se convierte en un mapa del tesoro para iniciados y el dinero público en un botín repartido con sonrisa y palmadas en la espalda dependiendo de cuánto se forre el señor ministro y sus amigos. Y para celebrarlo, “de putas”. Todo muy correcto, todo muy legal, hasta que deja de serlo y entonces empieza el teatro.

Y mientras tanto, abajo, en la calle, nos dicen que el problema es el otro. El que vota distinto. El que piensa distinto. El que lleva otra bandera o ninguna. Nos empujan a la trinchera del insulto fácil, de la caricatura, del nosotros contra ellos. La política de la crispación no busca convencer. Busca cansar. Busca que discutamos hasta la ronquera para no preguntar lo que de verdad importa. Y así nos pasa.

España lleva años atrapada en ese bucle. Cada semana un escándalo nuevo que tapa al anterior. Cada día una bronca que sirve para que nadie hable de responsabilidades reales. Los corruptos esperan. Los puteros esperan. Los mentirosos esperan. Saben que el tiempo juega a su favor. Saben que el ruido lo tapa todo. Y saben que, al final, casi siempre, no pasa nada. ¿Cuántos corruptos han pasado por la cárcel? ¿Y los que pagan?

Las empresas que dicen no saber nada saben demasiado. Miran para otro lado mientras facturan. Patrocinan discursos éticos mientras aceitaban voluntades. Se presentan como motor del país mientras funcionan como lastre moral. Aquí nadie dimite. Aquí se aguanta. Aquí la gente se hace la loca. Se deja pasar la tormenta con la esperanza de volver a salir limpio, o al menos, con la sede presentable.

Nos han vendido la idea de que hay corrupción buena y corrupción mala. De que hay puteros menos graves según quién pague la cuenta. De que todo es relativo, negociable, contextual. Esa es la gran mentira. No hay grados cuando se trata de dignidad pública. No hay excusas cuando se trata de usar el poder para humillar, comprar o robar.

El problema no es que unos sean peores que otros. El problema es que el sistema premia a los peores cuando saben callar, repartir y seguir. Y nosotros y nosotras, también. El problema es que la decencia no cotiza en bolsa ni da minutos de televisión. El problema es que nos acostumbramos. Y en España, cuando nos acostumbramos a algo, acaba pareciéndonos normal. Así acabamos siempre metiendo la papeletita a los mismos por si acaso.

Pero no lo es. No es normal que quienes legislan a todos los niveles se comporten como caciques de otro siglo. Que se sientan en el derecho de hacer y tratar a la gente de cualquier manera. No es normal que quienes hablan de patria o de justicia, se limpien los zapatos en la alfombra pública. No es normal que se nos pida fe mientras se nos exige silencio.

No es normal que la crispación consiga nublarnos la vista para que justifiquemos con la boca chica a los puteros y corruptos de los nuestros, pero exijamos la cabeza de los del otro lado. No es normal que tratemos esto como quien es del Madrid o del Barça, y les acabemos votando otra vez sin exigir responsabilidades.

Entre puteros y corruptos, este país se desangra despacio. Si miramos bien, sean más mediáticos o no, según quién pague, los hay por todos lados, a todos los niveles, y aquí nadie se responsabiliza. Ningún líder o lideresa cae.

Este país se desangra. No con grandes explosiones, sino con pequeñas mordidas diarias. Con el cinismo convertido en costumbre y la indignación convertida en espectáculo. Nos ‘jodemos’ todos juntos, aunque nos digan que el culpable siempre es otro, y mejor es el culpable cuanto más pobre.

Mientras seguimos gritándonos en la cara, ellos siguen igual. Tranquilos. Seguros. Esperando a que pase el ruido. Esperando su papeleta de siempre. Como siempre. Y “entre capullos y gaviotas (y algunas de sus digievoluciones), nos toman por idiotas”.

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