Hoy en día el periodismo es veloz, se mide en clics y en impacto inmediato. La velocidad puede considerarse una virtud, un simple cambio en el progreso natural de las cosas. Sin embargo, la atención del lector, cada vez menor, es ahora un bien escaso y difícil de alcanzar.
Hubo un tiempo en el que, dentro de aquella inmediatez que siempre ha caracterizado al periodismo—la competitividad por ser el primero—, también se aspiraba a ser el mejor, el más riguroso y, sobre todo, a no cometer errores.
La fusión entre la literatura y el periodismo
Aunque contrarias a simple vista, la literatura y el periodismo son dos disciplinas que han difuminado sus límites con el paso del tiempo. En consecuencia, hoy en día existen diversos géneros que se sitúan en un limbo entre ambas.
Se les puede calificar como géneros híbridos, y recuerdan al Nuevo Periodismo de Tom Wolfe. Para aquellos que no estén familiarizados con el tema, basta con que imaginen una típica sala de redacción periodística de los años 60 en Estados Unidos.

Las rotativas trabajando a toda máquina y los periodistas tecleando sin parar, todos centrados en contar la verdad y nada más que la verdad. En un momento dado, comienzan a integrar en sus textos ciertas técnicas narrativas y literarias para contar la realidad.
El empleo de la literatura rompió con las estructuras impuestas hasta aquel momento, y, además, conseguía “provocar al lector de forma a la vez intelectual y emotiva”. Comenzó a ser fundamental estar en el lugar del acontecimiento para poder transmitir detalles y emociones, no solo hechos.
Del periodismo lento al periodismo narrativo
Años atrás, en una clase de inglés en Dublín, un profesor —periodista de profesión—puso en duda que la novela histórica pudiera existir como género cuando le dije que aquel era mi favorito. Me dijo que no era posible que una novela fuera histórica. Se equivocaba, por supuesto, pero llevaba razón en algo: ambos conceptos parecen contrarios.
Es normal que la mezcla entre la pura realidad de la historia y lo ficcional de las novelas resulte, como poco, paradójico. Y, sin embargo, la novela histórica nació formalmente en el siglo XIX, mucho antes de que esta conversación tuviera lugar.
Un siglo después, en 1966, se publicó A sangre fría de Truman Capote, considerada la novela precursora del aclamado true crimedel presente. La obra es aún hoy lectura habitual en muchas facultades de periodismo. Resulta sencillo deducir por qué: cuenta la verdad de un suceso desde un punto de vista mucho más íntimo que el tono periodístico al que estamos acostumbrados.
La experiencia de lectura se asemeja a la de una novela de ficción, solo que los hechos ocurrieron en nuestra realidad y los personajes fueron retratados de una forma bastante fiel, sobre todo gracias a la exhaustiva investigación previa.
Truman Capote y su gran éxito: A sangre fría
En el contexto contemporáneo resulta casi impensable creer que un periodista dedicase seis años de su vida a investigar un suceso. Y, sin embargo, aquella hazaña condujo a Truman Capote a la gloria de escribir una de las mejores novelas de todos los tiempos.
Antes del éxito de A sangre fría, el escritor ya había triunfado en el mundo literario con su novela más popular: Breakfast at Tiffany’s, o Desayuno con diamantes. La obra inspiró la icónica película, reconocida especialmente por el papel protagónico de la actriz Audrey Hepburn.
En 1959, antes de que el periodismo narrativo comenzara a ocupar titulares y a transformar las redacciones estadounidenses, una familia de cuatro miembros —los Clutter— era brutalmente asesinada en un pequeño pueblo de Kansas. Los asesinos eran dos exconvictos, Dick Hickcock y Perry Smith.

Ante este acontecimiento, Capote decidió ir a por todas con su vena más periodística y pasó largos periodos en Holcomb —donde ocurrió la tragedia— mientras duró la investigación. En este período llegó a entrevistar a los propios asesinos, quienes se convirtieron prácticamente en los protagonistas de la obra que popularizó y consolidó el concepto de non-fiction novel o novela de no-ficción.
Retratar personajes reales conlleva sus riesgos
La implicación de Capote en este caso supuso una larga cola de rumores y habladurías sobre su relación con los asesinos.
Lo que pudo interpretarse como una forma de llegar al corazón del asunto para hacer un buen trabajo periodístico, en algunos momentos se entendió como una justificación de las acciones de los ‘malos’. Esto ocurrió porque Capote, en sus largas entrevistas, había desarrollado una amistad mezclada con empatía, fascinación y compasión por Perry Smith.
El escritor se vio reflejado en Smith en muchos sentidos, pues ambos habían vivido infancias similares y, por lo tanto, experimentaban sentimientos similares. No obstante, la relación termina cuando ambos asesinos, Perry y Dick, son condenados a muerte y ejecutados en la horca de la Penitenciaría Estatal de Kansas.
En A sangre fría, según defendió el propio autor, lo que se cuenta es exactamente lo que pasó. La intención tras la completa investigación era un compromiso con la verdad y el fiel reflejo de los protagonistas de la historia, quienes se convirtieron inevitablemente en personajes de novela.

Se dice que Perry Smith llegó a pensar durante un tiempo que Capote escribiría un texto que pudiera ayudarlo en su proceso judicial. Pero no fue así, demostrando que el objetivo del autor siempre había sido la combinación del rigor y el arte.
El periodismo del presente
En el mundo actual, el periodismo atraviesa una serie de crisis transitorias vinculadas, en gran parte, a los cambios en la forma de consumo de la información y al impacto de las redes sociales.
En este nuevo escenario, captar la atención del público en los primeros segundos se ha convertido en una prioridad, ya que, de no lograrlo, el lector se pierde para siempre.
Esta realidad no es mejor ni peor en algunos sentidos, pero la mayoría —aunque no seamos conscientes— hemos visto algo atrofiada nuestra capacidad de atención o concentración. Aunque no es algo irreversible, el consumo continuado de reels o vídeos cortos en plataformas de consumo rápido contribuyen a su deterioro.
Los medios de comunicación tratan de adaptarse a los nuevos escenarios, ofreciendo la información de una forma cada vez más escueta y cometiendo, a veces, errores factuales con más frecuencia que antes.
Quizá convendría no renunciar a la lectura de un libro que ha sido escrito lento para leerlo lento —no importa tanto el género—. Y tener la paciencia de recurrir a fuentes fiables y rigurosas para conocer los hechos que nos importan, aunque no sepamos todos los detalles desde el primer milisegundo.
