Enero avanza despacio en La Mancha. El campo está quieto, las tardes se acortan pronto y el frío obliga a mirar más hacia dentro que hacia fuera. Es entonces cuando, casi sin anuncio, empiezan a aparecer montones de leña en esquinas y plazas. Ramas de poda, sarmientos de viña, algún tronco guardado desde el año anterior. La temporada de hogueras vuelve a ponerse en marcha, como lo ha hecho durante generaciones.
En la provincia de Ciudad Real, este tiempo se reconoce con facilidad. La víspera de San Antón marca el inicio. En barrios de la capital, en Alcázar de San Juan, Argamasilla de Alba, Daimiel o Manzanares, el fuego vuelve a ocupar la calle. Durante los días siguientes aparecen otras fechas que completan el ciclo: San Sebastián, la Virgen de la Paz, Santa Brígida, la Candelaria o San Blas. No se trata de celebraciones aisladas, sino de una sucesión continua que acompaña al invierno hasta que la luz empieza a ganar terreno.
Las hogueras forman parte del paisaje manchego desde mucho antes de que estas fechas tuvieran nombre propio. Durante siglos, enero y febrero fueron meses de baja actividad agrícola. La poda de viñas y olivos dejaba grandes cantidades de restos que había que eliminar. Quemarlos en comunidad resolvía un problema práctico y, al mismo tiempo, ofrecía calor y reunión. El fuego se convertía en centro, en excusa para salir de casa y compartir horas que de otro modo transcurrían a puerta cerrada.
Cada pueblo desarrolló sus propias formas. En algunos lugares se levantaban grandes hogueras en plazas o eras; en otros, cada calle encendía la suya. La leña era siempre la del entorno: Sarmientos, ramas de olivo, encina o carrasca. Alrededor del fuego se asaban chorizos y panceta, se repartía vino o limoná, se hablaba de la cosecha pasada y de la que vendría. El ritmo lo marcaba la combustión lenta de la leña y la llegada constante de vecinos que se acercaban a arrimarse.
Con el tiempo, estas hogueras se vincularon a ritos, y estos, a celebraciones concretas. San Antón adquirió especial relevancia en una tierra donde el ganado tenía un peso fundamental. La bendición de animales, todavía presente en muchos municipios, se combinó con el encendido del fuego la noche anterior. San Sebastián mantuvo luminarias en pueblos donde su protección era invocada frente a enfermedades. La Candelaria y San Blas cerraban el ciclo, coincidiendo con el avance de los días y el inicio simbólico de una nueva etapa del año.
Hoy las hogueras siguen vivas, aunque adaptadas a otros tiempos. Algunas están organizadas por hermandades o asociaciones vecinales; otras surgen de manera espontánea. Las hay multitudinarias y las hay discretas, casi domésticas. En unas se canta, en otras se conversa en voz baja. Pero en todas se repite la misma escena: Personas de distintas edades compartiendo un espacio común durante unas horas, sin más estructura que el círculo que dibuja el fuego.
La importancia de estas tradiciones no reside en su espectacularidad, sino en su capacidad para generar comunidad. Las hogueras obligan a detenerse, a ocupar la calle sin prisa, a sostener conversaciones que no caben en mensajes breves. Recuperan un uso del espacio público que no necesita consumo ni intermediarios. Basta con el fuego y la gente.
En un contexto donde muchas costumbres rurales se transforman o desaparecen, las hogueras conservan una sorprendente vigencia. Siguen cumpliendo una función clara: Reunir. Siguen utilizando materiales del entorno. Siguen marcando el invierno como un tiempo compartido. Mantenerlas no es una cuestión de folclore ni de nostalgia, sino de continuidad. De aceptar que hay prácticas que explican mejor que cualquier discurso cómo se construye un pueblo.
Cuando la hoguera se apaga y queda el rescoldo, el invierno continúa. Pero algo ha ocurrido. Vecinos que no se veían desde hace tiempo han hablado, las calles han vuelto a ser lugar de encuentro, el frío se ha llevado mejor en compañía. Cada temporada de hogueras renueva ese gesto sencillo y antiguo. Y mientras siga habiendo alguien dispuesto a juntar unas ramas y encenderlas, La Mancha seguirá encontrándose alrededor del fuego.
