Sabemos que, durante la guerra, los alemanes veían cómo sus vecinos desaparecían de la noche a la mañana, y que las radios clandestinas informaban sobre sucesos como la Kristallnacht —la famosa “noche de los cristales rotos”—.
Sin embargo, 80 años después de la liberación de los campos de concentración nazis, la afirmación sigue resonando en nuestros oídos: “no sabíamos nada”.
La propaganda nazi y su monstruosa efectividad
Un error que solemos cometer en el presente es tratar de comprender el pasado con la mirada de nuestro momento vital. Hoy, saturados de información constante, tendemos a creer que lo habríamos sabido o que lo habríamos visto venir con facilidad. Pero en aquel momento, diversos factores complicaban estas afirmaciones.
La propaganda nazi fue especialmente efectiva a la hora de distorsionar la percepción que la sociedad tenía de lo que ocurría en los campos de concentración. Incluso muchos judíos que habían visto cómo iban perdiendo sus derechos, entraban en los campos creyendo que iban solo a trabajar.

Si bien es cierto que los seguidores del Partido Nacionalsocialista y muchos convencidos actuaban bajo el fervor y el antisemitismo, otras personas optaron por la pasividad por miedo a sufrir las mismas consecuencias que los deportados, tratando de proteger a sus propias familias.
Además, algunos no creían del todo lo que se contaba —debemos tener en cuenta cómo era el flujo de información en la época—. La realidad es que los nazis hicieron un muy buen trabajo escondiendo sus actos y lograron engañar a muchos.
El Informe Vrba-Wetzler
Pese a los esfuerzos y logros del nazismo para llevar al cabo el genocidio con el mayor secretismo posible —a pesar de la ironía de querer, a la vez, burocratizar y documentar todo lo que hacían—, la feroz censura no impidió que el mundo pudiera conocer gran parte de lo que ocurría en Auschwitz.
En abril de 1944 cuatro prisioneros lograron escapar del campo de exterminio. Dos de ellos eran Walter Rosenberg y Alfred Wetzler quienes, una vez fuera, fueron interrogados por las autoridades. Estos se aseguraron de que los prisioneros decían la verdad.
Tras ponerlos a salvo de los nazis, les atribuyeron nombres falsos. Y ya convertidos en Rudolf Vrba y Jozef Lánik redactaron el conocido como “Informe Vrba-Wetzler” o los “Protocolos de Auschwitz”.
En el informe contaban a las autoridades internacionales detalles sobre el campo de concentración, y alertaban del siguiente peligro inminente: la deportación masiva de judíos procedentes de Hungría.
El maestro de la fuga, de Jonathan Freedland
Toda la historia se cuenta en el libro El maestro de la fuga, escrito por el periodista británico Jonathan Freedland. Lo más impactante es que, a pesar de contar con la información, las altas esferas no actuaron con la suficiente celeridad: plantearon la posibilidad de bombardear Auschwitz, pero no lo hicieron.

La probabilidad de acabar con la vida de civiles inocentes fue una de las principales razones disuasorias. Sin embargo, según el superviviente Elie Wiesel, en Auschwitz había muchos prisioneros dispuestos a morir a cambio de desvelar su situación y detener las barbaridades que los nazis estaban cometiendo.
Aunque de forma limitada, la prensa sí que informó a la opinión pública sobre la existencia de las cámaras de gas, y el entonces Papa —Pío XII— pidió el cese de las deportaciones de los judíos húngaros, salvando a muchos de ellos.
¿Podía saber la sociedad lo que ocurría en Auschwitz?
Según los testimonios de algunos supervivientes, podemos deducir que muchas personas tenían acceso a la información sobre lo que ocurría en los campos. En el relato del superviviente Eddy De Wind, se sobreentiende que aquellos que escuchaban “la radio inglesa”, podían tener conocimiento de las atrocidades.
Sin embargo, aunque la información estuviera a su alcance, y a diferencia de lo que muchas veces se ha tenido por cierto, el verdadero problema era que ni siquiera la gente que escuchaba estas noticias las creía realmente. Seweryna Szmaglewska —superviviente de Birkenau—, contó que muchas personas las malinterpretaron porque creyeron que eran “exageraciones de la propaganda antinazi”.

En la práctica, la sociedad alemana durante la guerra estuvo formada por muchas personas que participaron activamente de los crímenes, otros que colaboraron de forma indirecta, bastantes que optaron por la inacción—entre ellos quienes sufrían en silencio por miedo a represalias—, y los pocos que formaron parte activa de la resistencia.
El desenlace que no todos conocen
El 13 de septiembre de 1944, un bombardeo aliado alcanzó por error zonas del complejo de Auschwitz. El objetivo real era el subcampo conocido como Auschwitz III o Monowitz, donde se encontraba la fábrica de la IG Farben.
Se sabe que lo que bastantes prisioneros sintieron tras el desatinado bombardeo fue alivio y esperanza. Según Wiesel, “nadie temía la muerte o, por lo menos, no a esa muerte. Cada bomba que estallaba nos llenaba de alegría”.
En definitiva, responder a la gran pregunta sobre si las personas sabían o no sobre el genocidio es más sencillo si acudimos a las fuentes correctas: quienes realmente estaban allí.
Comprender no equivale a justificar, pero tampoco a simplificar una realidad histórica compleja desde categorías actuales.
Lo que se extrae de los relatos de los supervivientes es que la información existía, pero el dilema pasaba por tres grandes obstáculos: poder acceder a ella, comprenderla y, por último, creerla.
Por otra parte, actuar sin consecuencias era imposible, y por eso cualquier intento de resistencia quedó limitado a una minoría.
