Más que un honor: Lo que una ciudad cuenta cuando nombra a un Hijo Predilecto
El nombramiento de Hijo Predilecto revela identidad, valores y el papel institucional de Ciudad Real

Nombramiento de Hijo Predilecto a Emilio Calatayud / #Tintamanchega

by | Abr 22, 2026 | #Manchactual

El nombramiento de un Hijo Predilecto, tal y como ocurrió con Emilio Calatayud en Ciudad Real, refleja los valores, la identidad y la memoria colectiva de la localidad

La reciente designación de Emilio Calatayud como Hijo Predilecto de Ciudad Real el pasado viernes 17 de abril ha sido presentada como lo que aparentemente es: Un reconocimiento a una trayectoria singular. Juez de menores en Granada durante décadas, figura mediática por sus sentencias educativas y su defensa de una justicia con vocación pedagógica, Calatayud ha recibido el respaldo unánime del pleno municipal y el calor de una ciudad que reivindica su vínculo con él.

Sin embargo, más allá del homenaje personal, este tipo de nombramientos permiten observar algo más conceptual. Cómo una comunidad se define a sí misma a través de aquellos a quienes decide distinguir.

Un reconocimiento que define a la ciudad

El título de Hijo Predilecto no es una simple condecoración simbólica. Es, en esencia, una declaración colectiva. Cuando una ciudad distingue a una persona, no solo reconoce sus méritos; legitima públicamente un conjunto de valores.

En el caso de Calatayud, esos valores son evidentes: La educación como herramienta de reinserción, la cercanía institucional y una concepción humanista del derecho. Durante su trayectoria en los juzgados de menores de Granada, impulsó medidas como condenas que incluían formación, servicios a la comunidad o actividades educativas, alejándose de un enfoque puramente punitivo. Su discurso, frecuente en conferencias, medios y redes, ha defendido la responsabilidad compartida de familias, instituciones y sociedad en la educación de los jóvenes.

Que una ciudad como Ciudad Real lo nombre Hijo Predilecto implica, por tanto, algo más que reconocimiento biográfico. Significa proyectar una imagen de sí misma vinculada a esos principios. En otras palabras, la ciudad no solo homenajea a Calatayud; se reconoce en él.

Una distinción con forma jurídica

Lejos de ser un gesto impremeditado, el nombramiento de un Hijo Predilecto es un acto administrativo regulado. Su fundamento se encuentra en la Ley 7/1985, Reguladora de las Bases del Régimen Local, que establece la autonomía de los municipios para organizar su funcionamiento y, entre otras competencias, otorgar honores y distinciones.

A partir de este marco general, cada ayuntamiento desarrolla su propio reglamento. En el caso de Ciudad Real, como ocurre en la mayoría de corporaciones locales españolas, existe un Reglamento de Honores y Distinciones que fija tanto las categorías como el procedimiento.

El proceso no es algo escueto. Suele iniciarse mediante una propuesta formal, que puede partir de la alcaldía; como en el caso de Ciudad Real y Emilio Calatayud, el cual fue propuesto por el alcalde Francisco Cañizares; de los grupos políticos o incluso de entidades sociales, y continúa con la apertura de un expediente administrativo. En ese expediente se recogen los méritos del candidato, se incorporan informes y adhesiones y se justifica por qué concurren circunstancias excepcionales.

Posteriormente, el expediente pasa por comisión y se eleva al Pleno municipal, órgano competente para su aprobación. En muchos casos, como ha sucedido con Calatayud, se busca el respaldo unánime, lo que refuerza el carácter institucional y no partidista del reconocimiento.

Nombramiento de Hijo Predilecto a Emilio Calatayud / #Tintamanchega

El proceso culmina con un acto solemne que no es un mero trámite protocolario, sino la escenificación pública de la decisión. Así, lo simbólico y lo jurídico se entrelazan: El homenaje adquiere fuerza precisamente porque ha sido formalizado mediante un procedimiento reglado.

Una tradición con raíces históricas

Aunque su formulación actual responde a la organización municipal contemporánea, la idea de reconocer públicamente a quienes destacan por su aportación a la comunidad tiene raíces profundas.

En los municipios medievales ya existían formas de gratitud institucional hacia benefactores, protectores o figuras relevantes para la ciudad. Aquellas distinciones estaban ligadas a privilegios, exenciones o reconocimiento social dentro de una estructura estamental.

Con la consolidación del Estado liberal en el siglo XIX y el desarrollo del municipalismo moderno, estos reconocimientos se transformaron. Los ayuntamientos constitucionales comenzaron a regular los honores de manera formal, desligándolos progresivamente de la nobleza o el privilegio y vinculándolos al mérito cívico.

Es en ese contexto donde surge la figura del Hijo Predilecto en su sentido actual, no como un título de rango, sino como una distinción honorífica que reconoce trayectorias ejemplares. Desde entonces, el concepto ha perdurado, adaptándose a cada época pero manteniendo su esencia. Expresar de forma pública y oficial el agradecimiento de la comunidad.

El valor del ritual y sus límites

El acto de nombramiento es, en sí mismo, significativo. La ceremonia, habitualmente celebrada en espacios emblemáticos, reúne a representantes institucionales, tejido social y ciudadanía. No se trata de entregar un diploma o una medalla, aunque pueda parecerlo, sino de construir un relato a partir de un momento compartido que refuerza la identidad colectiva.

Estos rituales cumplen varias funciones. Por un lado, generan memoria, fijan nombres y trayectorias en el relato de la ciudad. Por otro, tienen un efecto pedagógico ya que señalan qué comportamientos y valores merecen reconocimiento público. En este sentido, operan como una forma de educación cívica indirecta.

Sin embargo, precisamente por su carga simbólica, estas distinciones exigen cautela. La proliferación excesiva o el uso partidista pueden vaciar de contenido el reconocimiento. De ahí que los reglamentos insistan en la excepcionalidad de los méritos y en la necesidad de consenso político. En el caso de esta ciudad manchega, el Hijo Predilecto es la ‘más alta distinción’ que puede otorgar el ayuntamiento, y Emilio Calatayud es la cuarta persona que lo recibe en el periodo democrático además de Vicente Calatayud Maldonado, Juan Antonio León Triviño y Fernando Raigal González

Algunos ayuntamientos contemplan incluso la posibilidad de revocar honores si las circunstancias cambian de forma grave, lo que subraya que no se trata de títulos puramente decorativos, sino de reconocimientos vinculados a una determinada ejemplaridad pública.

Lo que queda cuando pasa el acto

El nombramiento de Emilio Calatayud como Hijo Predilecto de Ciudad Real se inscribe así en una tradición que combina derecho, historia y simbolismo. Pero, sobre todo, plantea una cuestión de fondo: Qué decide una ciudad recordar y celebrar de sí misma.

Porque, al final, el homenajeado es importante, pero lo es aún más el criterio que guía la elección. Cada distinción es una toma de posición, una forma de responder, aunque sea implícitamente, a preguntas esenciales: Quiénes somos, que posición tenemos hacia nuestra historia, qué valores defendemos y a quién queremos parecernos.

Cuando dentro de años se evoque este nombramiento, quizá se recuerde la figura de Calatayud y su trayectoria. Pero también quedará algo menos visible y, sin embargo, más duradero. La imagen que una ciudad quiso proyectar de sí misma en ese momento. Y eso, más que el propio título, es lo que convierte estos gestos en algo verdaderamente significativo.

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