Nota del Día: Deshojar la margarita
Y hoy, Día de los Amores Imposibles, a idealizar lo que no tuvo tiempo de decepcionarnos

La vida no se decide por pétalos / #Tintamanchega

by | Feb 16, 2026 | #ATinta

Me quiere. No me quiere. El amor imposible no se vive, se imagina. Y a veces duele más lo que nunca fue que lo que terminó.

Me quiere.
No me quiere.

Así empieza casi todo.

Con una margarita arrancada del jardín o de la acera, con dedos nerviosos, con una certeza que depende de un pétalo. El amor, cuando todavía no es amor sino posibilidad, cabe entero en ese juego infantil que nunca fue tan inocente como parecía.

Me quiere.
No me quiere.

Y a veces el último pétalo cae del lado que ya sabíamos.

El 16 de febrero, cuando las vitrinas aún conservan corazones rojos con descuento y el entusiasmo de San Valentín empieza a desinflarse, alguien decidió que era el Día de los Amores Imposibles. Una fecha discreta, casi irónica. Después de celebrar lo que se tiene, se conmemora lo que no fue. Después del “para siempre”, el “y si hubiera”.

Todos tenemos uno.
Un nombre que todavía aparece sin querer.
Una conversación que nunca ocurrió, pero que ensayamos durante años.
Un mensaje que no enviamos.

El amor imposible no necesita haber existido para doler. Basta con haber sido imaginado.

Deshojar una margarita es confiar en el azar. Pero los amores imposibles rara vez dependen de la suerte. Dependen del miedo, del tiempo, de las circunstancias, de la prudencia excesiva, de la cobardía puntual o de la vida, que casi nunca coincide con nuestros planes. A veces fue la distancia. A veces fue que llegó tarde. A veces fue que llegó demasiado pronto.

Lo imposible no siempre significa prohibido.

A veces significa no correspondido. Y otras veces significa que sí hubo algo, pero no lo suficiente.

Permanece intacto porque nunca fue puesto a prueba. Idealizamos lo que no tuvo tiempo de decepcionarnos. Quizá por eso sobrevive mejor en la memoria que muchos amores reales.

Pero también es una herida pequeña que aprendemos a tocar con cuidado.

Porque lo imposible no solo habla del otro. Habla de nosotros. De lo que no nos atrevimos a decir. De lo que no defendimos. De la decisión que no tomamos. Hay amores imposibles que lo son por destino, pero hay otros que lo son por elección. Y reconocer eso duele un poco más que cualquier pétalo adverso.

Me quiere.
No me quiere.

Quizá la verdadera pregunta nunca fue esa. Quizá la pregunta era: ¿Me atrevo?

El amor de hoy necesita prueba gráfica. Declaraciones públicas, aniversarios fotografiados, promesas que se miden en “me gusta”. Frente a ese ruido, el amor imposible es silencioso. No tiene fotos. No tiene etiqueta. No tiene fecha oficial, salvo esta que llega, discretamente, después de la euforia romántica.

Y sin embargo, es profundamente humano.

Todos hemos amado algo que no pudo ser. Y en esa experiencia hay una cruel forma de aprendizaje. El amor imposible nos enseña el límite. Nos enseña el deseo. Nos enseña la frustración y, a veces, la dignidad. Nos obliga a aceptar que no todo lo que sentimos encuentra su reflejo en el mundo.

Eso no lo convierte en fracaso.

Tal vez el amor imposible pueda ser una escuela. Una breve, intensa y silenciosa educación sentimental. Nos muestra qué buscamos. Qué nos conmueve. Qué estamos dispuestos a arriesgar y qué no. Nos enfrenta a nuestra propia vulnerabilidad sin anestesia.

Hay quien conserva ese amor como una reliquia. Hay quien lo convierte en anécdota. Hay quien lo supera sin ceremonia. Y hay quien, en secreto, todavía deshoja una flor cuando piensa en ese nombre.

Pero la vida no funciona por pétalos.

La vida no se decide en un último gesto de azar. No hay una margarita que determine el resultado. Lo que determina algo, si es que algo puede determinarse, es el movimiento. El intento.

El Día de los Amores Imposibles no debería ser una celebración de la nostalgia, sino una invitación a la honestidad. A agradecer lo que enseñó.

Porque quedarse a vivir en lo que no fue es cómodo. No exige nada. No contradice. No cambia. Pero tampoco abraza.

Me quiere.
No me quiere.

La verdadera madurez quizás se encuentre en dejar caer la margarita intacta. Mirar el campo lleno de flores y elegir, esta vez, no arrancarlas para preguntar al azar lo que solo nosotros podemos decidir.

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