Cada 15 de marzo se conmemora el Día Internacional para Combatir la Islamofobia. Un día instaurado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2022 con el objetivo de visibilizar y combatir la discriminación contra las personas musulmanas en todo el mundo.
La fecha recuerda el atentado contra dos mezquitas en Christchurch, Nueva Zelanda, en 2019, donde 51 personas fueron asesinadas mientras rezaban. La jornada pretende defender que el odio dirigido contra una comunidad religiosa es incompatible con los principios básicos de los derechos humanos.
Sin embargo, el significado de esta efeméride va más allá de una denuncia puntual del prejuicio. En realidad, plantea una pregunta más profunda: ¿Qué significa hoy defender la libertad y la dignidad humana en sociedades plurales?
Conviene empezar por una idea sencilla pero fundamental: El humanismo occidental no se define por una cultura uniforme, una religión concreta o un origen étnico. Se define por un conjunto de principios. Entre ellos destacan la libertad de conciencia, la igualdad ante la ley, el respeto a la dignidad individual y la defensa de los derechos humanos como fundamento de la convivencia.
Son principios que nacieron del largo proceso histórico de Europa, del pensamiento clásico al constitucionalismo moderno, y que hoy constituyen la base normativa de muchas democracias.
Desde ese marco, la islamofobia no es solo una injusticia contra una minoría religiosa. Es también una contradicción interna de nuestras propias sociedades. Cuando una persona es discriminada por su fe, por su origen, por sus ideas o por su forma de vestir, no se está atacando únicamente a esa persona, se está erosionando el principio mismo de libertad que define a las sociedades abiertas.
Por eso conviene rechazar un falso dilema que a menudo aparece en el debate público. Defender los derechos de los musulmanes, o de cualquier persona, en Europa o en Occidente no significa renunciar a los valores occidentales; significa precisamente aplicarlos. Si la libertad religiosa es un derecho universal, lo es para todos. Si la igualdad ante la ley es un principio irrenunciable, también protege al diferente, a las distintas culturas, ideas o religiones.
El auténtico occidentalismo, si es que queremos usar ese término, no se define por la exclusión, sino por la universalidad. Occidente ya no es un club cerrado; es una tradición política basada en normas que, en principio, deberían poder aplicarse a cualquier ser humano. La dignidad de la persona, la libertad de pensamiento o el derecho a vivir sin persecución son aspiraciones universales.
Desde esta perspectiva, combatir la islamofobia no implica negar que existan debates legítimos sobre religión, integración, tolerancia o valores cívicos. Las sociedades libres se caracterizan precisamente por la discusión abierta. Criticar ideas, doctrinas o tradiciones forma parte de la libertad de expresión. Pero esa libertad no puede confundirse con la estigmatización colectiva de millones de personas.
El límite es claro: Las ideas pueden discutirse; la dignidad y los derechos de las personas deben respetarse.
Muchas personas, llegadas a este punto, entran en el debate comparativo de nuestras sociedades con las teocracias islámicas, generalizando y cuestionando la tolerancia, sin pensar en la incongruencia del mismo argumento.
Precisamente la diferencia fundamental de una sociedad libre no está en cómo trata a quienes piensan igual, sino en cómo protege los derechos de quienes son distintos. Apelar a la intolerancia de otros para justificar la nuestra no es una defensa de Occidente, es una renuncia a lo mejor de él.
El hecho de que en otros lugares del mundo las libertades estén restringidas no puede convertirse en coartada para relativizar los principios que decimos defender. Si algo define a las democracias abiertas es su capacidad de sostener esos valores incluso cuando hacerlo exige coherencia, coraje cívico y una firme defensa de la dignidad humana.
En la diversidad de este mundo, la convivencia exige madurez moral y política. Las sociedades democráticas no pueden construirse sobre identidades excluyentes ni sobre el miedo al diferente. Se sostienen sobre un pacto más exigente que reconoce que la libertad propia solo es posible si también se reconoce la libertad del otro.
Por eso el Día Internacional para Combatir la Islamofobia debe ser también una ocasión para recordar el núcleo ético de nuestras sociedades. Cuando defendemos a una minoría frente al odio, por muy diferente que sea incluso aunque a veces pudieran estar en contra de lo que somos, no estamos realizando un gesto de concesión; estamos reafirmando el principio que hace posible la convivencia democrática occidental.
En última instancia, la cuestión no es solo cómo tratamos a quienes son distintos a nosotros. La verdadera pregunta es qué tipo de sociedad queremos ser.
Si el humanismo occidental significa algo, significa esto: Que la libertad, el respeto y la dignidad humana no dependen de la religión, del origen o de la cultura. Son derechos inherentes a toda persona.
Y cuando una sociedad es capaz de defenderlos incluso para quienes son minoría, entonces demuestra que realmente cree en ellos.
