Cada año, el Día Internacional de la Migración y el Día Internacional de la Lengua Árabe nos ofrecen una oportunidad imprescindible para detenernos y reflexionar sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir como sociedad. Son momentos para reivindicar derechos, combatir prejuicios y reconocer aportaciones históricas que han sido injustamente silenciadas o estigmatizadas.
La migración no es una anomalía ni una amenaza: Es una constante en la historia de la humanidad. Las personas han migrado siempre, empujadas por la necesidad, la esperanza, la supervivencia o el deseo de una vida mejor. Migrar es un acto profundamente humano.
Sin embargo, en el contexto actual, el fenómeno migratorio suele ser reducido a cifras, discursos alarmistas o narrativas de miedo que deshumanizan a quienes cruzan fronteras. Se olvida deliberadamente que detrás de cada persona migrante hay una historia, una lengua, una cultura y derechos que deben ser respetados.
Defender los derechos de las personas migrantes es defender los derechos humanos en su conjunto. No puede haber jerarquías en la dignidad. Ninguna persona es ilegal, ninguna vida vale menos por haber nacido en otro lugar, por hablar otra lengua o por profesar otra religión.
El racismo y la xenofobia no solo vulneran derechos individuales, sino que empobrecen a la sociedad entera, erosionando los valores de justicia, igualdad y convivencia que decimos defender.
En este contexto, el Día Internacional de la Lengua Árabe adquiere un significado especial. La lengua árabe, hablada por más de 400 millones de personas, es una de las grandes lenguas de la humanidad y un vehículo fundamental de conocimiento, cultura y pensamiento.
Sin embargo, en muchos espacios se la asocia injustamente con estereotipos negativos, ignorando su riqueza histórica y su profunda influencia en nuestra propia identidad colectiva.
Reivindicar nuestro pasado árabe no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de honestidad histórica. Durante siglos, el mundo árabe fue un faro de saber en campos como la medicina, la astronomía, las matemáticas, la filosofía o la arquitectura.
Palabras que usamos a diario, como álgebra, algoritmo, azúcar, aceite o almohada, son herencia directa de ese legado. Nuestra cultura, nuestra ciencia y nuestra lengua están atravesadas por aportaciones árabes fundamentales para el desarrollo de la sociedad moderna.
Negar o minimizar esta herencia es una forma de racismo cultural. Reconocerla, en cambio, nos permite entender que la diversidad no es una amenaza, sino una fuente de riqueza. La convivencia entre culturas ha sido históricamente uno de los mayores motores de progreso. Allí donde hubo intercambio, diálogo y mestizaje, hubo también avance.
Hoy, muchas de las personas que migran hacia nuestros países provienen de territorios con una fuerte tradición árabe. Son herederas de esa lengua y de esa cultura que tanto ha aportado y aporta al mundo. Acogerlas con dignidad, garantizar sus derechos y escuchar sus voces es también una forma de honrar ese legado compartido y de construir una sociedad más justa.
La lengua, como la migración, es un puente. Hablar otra lengua, conservarla y transmitirla es resistir al olvido y afirmar la propia identidad. Defender la lengua árabe es defender el derecho a existir sin ser criminalizado por ello. Es apostar por una sociedad plural, donde nadie tenga que renunciar a sus raíces para ser aceptado.
Frente al auge de discursos racistas y excluyentes, es urgente reafirmar un mensaje claro: La diversidad es un valor, los derechos humanos son universales y el racismo no tiene cabida en una sociedad democrática. Migrar no es un delito. Hablar árabe no es una amenaza. Ser diferente no es un problema.
En este Día Internacional de la Migración y de la Lengua Árabe, reivindiquemos la memoria, la dignidad y la justicia. Apostemos por una sociedad que mire al futuro sin renunciar a su pasado, que abrace la diversidad como parte de su identidad y que entienda que solo desde el respeto y la igualdad se construye un mundo verdaderamente humano.
