Aunque no es propiamente un maldito, porque tuvo reconocimientos y éxito durante su vida, ese estilo fantástico, surrealista y mágico hacen de mi amado Boris Vian (1920-1959) –escritor, poeta, guionista, trompetista de jazz y crítico musical– un auténtico «bicho raro» adorable.
Lo he metido con calzador en el grupo maldito porque necesitaba hablaros de él, porque Boris Vian es, junto con Charles Bukowsky, el «top two» de mis experiencias lectoras más satisfactorias. No sé quién les acompañaría en el podio, en el «top three»…
¡Mentira!… sí que lo sé… ¡ChesterHimes…! –¡vaya tres dioses!–. Pero este último es otra historia: es la historia de la novela negra norteamericana que tendrá, seguro, un hueco futuro en esta columna.
Vian, para empezar, ni más ni menos
Boris Vian (1920-1959) manejaba fundamentalmente dos personalidades aunque firmó trabajos con cerca de una treintena de nombres distintos. Una personalidad, la suya propia, donde desarrollaba historias increíbles y fantásticas. Y otra, donde se escondía bajo el seudónimo de Vernon Sullivan para escribir al estilo de la novela negra americana con deliciosos resultados.
En su primera personalidad, Vian desarrolló una serie de relatos donde retorcía el brazo a la realidad hasta límites insospechados. Su género predominante fue la novela y allí buceó en los límites de la realidad y de lo fantástico de un modo que hacía parecer cotidiano y plausible lo imposible y disparatado.
Era un surrealismo doméstico y al mismo tiempo universal: cuando el timbre de una puerta abre una diminuta boca y muerde el dedo a quien lo pulsa con sus diminutos dientecillos uno tiene la impresión de que cualesquiera otros timbres de las puertas están aguardando el momento oportuno para vengarse de nosotros y mordernos las uñas.

Cuando la recién casada padece un nenúfar en un pulmón y se encamina hacia un final impreciso, y al marido se le van cerrando los huecos de las ventanas hasta casi no permitir que saque la mano y las habitaciones se estrechan para dificultar en extremo su movilidad, y los techos se van juntando con el suelo… uno ve cómo la desgracia afecta a un recién estrenado marido que está amenazado con perder a su amada no sólo emocionalmente. Es que toda su vida se empequeñece, incluso hasta lo que había sido un confortable hogar.
Pero no son metáforas, es que realmente la propia casa de los novios era la que se marchitaba y empequeñecía físicamente al tiempo que la mujer languidecía. No destriparé el final, descuidad.
Y cuando una inmensa maquinaria humana y técnica se pone en marcha para construir un ferrocarril que acaba en el desierto y que nadie sabe a dónde debería llegar, no es solo un símil de la estupidez humana y de los sinsentidos que a veces emprendemos sin saber muy bien porqué…
Porque ese ferrocarril realmente está construyéndose por un equipo sin ningún sentido, aunque bien dirigido y jerarquizado. Y es que la narrativa de Vian es de una naturalidad tal que hace parecer cualquier fantasía como algo completamente plausible e incluso inspirado en un hecho real. Lo de Vian es un surrealismo factible gracias a su fluidez narrativa.
Esas tramas posibles, pero llenas de fantasía, se desarrollan en obras como Jaleosas Andadas, 1943; Vercoquin y el plancton, 1943, La espuma de los días, 1946; El otoño en Pekín, 1947; Las hormigas, 1949; La hierba roja, 1950; El arrancacorazones, 1953; El Lobo-Hombre, 1952.
Hubo un tiempo en que yo tenía todos esos libros, pero esa fea costumbre mía de prestar libros –y discos– a mis amiguetes me dejó sin dos: Las hormigas y Vercoquín y el Placton. Y lo peor es que Las hormigas recuerdo muy bien a quién se lo dejé, pero claro, a ver cómo le llamo y le digo: «¿te acuerdas del libro de Vian que dejé hace treinta años?…».

Vian tiene luego una segunda manera de escribir bajo el seudónimo de Vernon Sullivan, y ahí, en ese camino hay también un mundo muy rico donde desarrolla una fabulosa obra de novela negra ambientada en Estados Unidos –por supuesto– a la manera de los grandes maestros norteamericanos. Bajo ese heterónimo, Vian nos ofreció a los pasmados lectores de mi juventud cuatro estupendas novelas negras: Escupiré sobre vuestra tumba, 1946; Todos los muertos tienen la misma piel, 1947; Que se mueran los feos, 1948; Con las mujeres no hay manera, 1948.
La que más me impactó fue Escupiré sobre vuestra tumba, una historia de venganza de un negro de piel blanca, y rasgos de blanco, pero hijo de negros, que busca encontrar a quien asesinó a su hermano de piel oscura y rasgos de negro (Vian no especifica la época donde transcurre la historia, pero por su ambiente yo la sitúo en un pueblo del medio oeste norteamericano allá por los años cincuenta).
El camuflaje perfecto que le brinda al protagonista de su novela su aspecto de blanco le permite introducirse en ese pueblucho de paletos racistas donde nadie sospecha ni su origen ni su verdadera intención. Muy atractivo, las jovencitas encuentran irresistible ese algo especial y diferente de los demás hombres del pueblo…
Quizá le delata un poco… pero solo un poco –y nadie es consciente– esa manera tan especial de bailar los ritmos de la época, esa caída de hombros, esa vibrante voz, sensual y sugerente al cantar… Pero ¿los habitantes del pueblecito podrán darse cuenta del asunto, antes de que sea demasiado tarde?…
Crítica social, antirracismo, violencia, sexo y su particular sentido del humor son los ingredientes de este cóctel delicioso de novela negra americana vista por un francés.
Nacido alemán, pero de pura sangre yankee
Este es «yankee» de verdad, aunque nació en Alemania, de madre alemana y padre norteamericano –militar, para más señas– como los padres de Baudelaire, Rimbaud y Verlaine–. De ascendencia polaca, Heinrich Karl Bukowsky, –Charles Bukowsky para el público (1920-1994)– es un maldito con todas las letras, aunque viviera en el siglo XX. Nació en 1920, como Boris Vian, pero nos duró hasta 1994, incomprensiblemente.

Emigró con su familia a Estados Unidos y allí desarrolló su carrera. Fumador empedernido, su afición al alcohol duro –las cervecitas se las desayunaba, pero cuando quería emborracharse a media mañana, tiraba de bourbon– lo respetó más tiempo de lo que se esperaba, afortunadamente para él y para nosotras, las personas de gustos sofisticados.
Tuvo una vida difícil porque su padre le pegaba unas palizas de muerte cuando volvía a casa borracho. La lamentable historia de siempre. Además sufrió un acné precoz, persistente y generalizado en todo el cuerpo que le dejó la cara marcada para siempre y que le ocasionó el rechazo de sus compañeros de clase primero, de las chavalitas adolescentes más adelante y de las mujeres cuando ya fue adulto. Así que se refugió en la lectura, la escritura, el alcohol y el sexo con mujeres en ocasiones a cambio de copas o algo de dinero.
Desde la década de los años cincuenta, hasta los sesenta, trabajó como cartero del Departamento Postal de Los Ángeles. Comenzó a publicar muy tarde, porque en los sesenta solo escribía columnas en periódicos y algunos poemas en revistas. De manera que en realidad no empezó a publicar novelas hasta casi sus cincuenta años.

Su primera novela se llamó Post Office, evidentemente. Traducida al español como «Cartero» la novela es un resumen de sus aventuras como cartero del servicio de correos de Estados Unidos, aderezada con sus aventuras amorosas y sexuales, y sus correrías en el mundo de la apuestas de carreras de caballos, de galgos o de lo que proporcionara algún beneficio sin mucho esfuerzo. Y, claro sus borracheras del copón.
Como su primer nombre alemán era Heinrich, Bukowsky se lo colocó al personaje principal, realmente su alter ego en sus escritos, de modo que Henry Chinaski –Hank para los amigos– pasa a ser desde ese momento el protagonista de muchos de sus escritos. Si no recuerdo mal, Chinaksi es el prota de Cartero, Factótum y La senda del perdedor, al menos. Y es que esas novelas tienen muchísimo de autobiográficas. En sus páginas Bukowsky nos cuenta su vida, sus aventuras y sus recuerdos.

Como no es un poeta, no puedo reflejar aquí algunos versos, como hice en la columna de los malditos franceses, pero os dejo un trocito de su diario que fue publicado de manera póstuma y que viene a manifestar una cruel paradoja: cuando descubre un nuevo camino que le lleva a la creación, va y se nos muere…
«Te preparas para escritor haciendo las cosas instintivas que te alimentan a tí y a la palabra, que te protegen de la muerte en vida. Para cada uno es diferente. Y para cada uno cambia. Hubo un tiempo en que para mí significaba beber mucho, beber hasta la locura. Me ayudaba a afilar la palabra, a sacarla. Y necesitaba peligro. Necesitaba meterme en situaciones peligrosas. Con hombres. Con mujeres. Con automóviles. Con el juego. Con el hambre. Con lo que fuera. Alimentaba la palabra. Me pasé décadas así.
Ahora ha cambiado. Lo que necesito ahora es más sutil, más invisible. Es una sensación que está en el aire. Palabras pronunciadas, palabras oídas. Cosas vistas. Sigo necesitando unos tragos, pero ahora me van los matices y las sombras. Cosas de las que apenas soy consciente me alimentan con palabras. Eso es bueno. Ahora escribo un tipo de mierda diferente. Y algunos se han dado cuenta…»

Más arrastrado y disparado hacia la autodestrucción, no lo vais a pillar. Su producción literaria es un puñetazo en la boca para cualquier ciudadano que se considere portador de la buena moral. Su vida es un torbellino de desgracias a toda velocidad, donde solo hay alegría cuando gana pasta en las carreras de caballos o se acuesta con alguna mujer previo consumo de buenas dosis de alcohol. Así de crudo es.
Y todo su afán es pasar un rato durmiendo en un colchón calentado por un cuerpo desnudo de mujer… o por un momento de silencio y de paz después de un encuentro sexual y de la correspondiente borrachera del quince.
Se ha comparado a Bukowsky con Henri Miller –que acabo de pensar que mis recuerdos de Henri Miller y Anaïs Nin merecen una futura columna en #Tintamanchega…– pero no tienen tanto que ver, desde mi punto de vista. Lo de Henry Miller es más fantasía, es más adorno, más literario y florido. No digo que Miller no fuera un «pieza» de cuidado, pero se adornaba más. A Bukowsky se le transparentan las venas bajo la piel, es más crudo y se rodea de poco artificio. Te cuenta su vida como a un amigo. Y yo me lo creo mucho más.
Creo que llegué a tener buena parte su obra, pero al hacer la foto de los libros de mi tocayo para esta columna, veo que me faltan, al menos, Cartero, Factótum y La senda del perdedor, tres joyas (es que para mi son las que más me gustaron) que no recuerdo ni a quién se las dejé. Joder, he perdido sus tres mejores obras… En cuanto me jubile y recupere la estabilidad económica, me los vuelvo a comprar porque son deliciosos y merece la pena leer.
Solo me queda reflejar en esta columna de DivagArte a mi maldito español por excelencia. Pero eso será en la entrega número 11 de DivagArte, Mis malditos favoritos, justo después de la última entrega del comix Underground español. Abrazos a todas.
