Vivimos en un mundo en el que casi todo parece opinable. La discusión pública ya no gira únicamente en torno a qué pensamos, sino a qué consideramos verdadero.
Si los hechos dejan de importar, las interpretaciones, las emociones y las percepciones se apoderan de los escenarios, sin anclaje en la realidad.
En este terreno, cualquier relato, incluso las mentiras, pueden imponerse, siempre que resulten convincentes para quien las recibe.
Mesas de debate televisivo
En los programas de debate televisivo a los que estamos acostumbrados hoy en día, la pluralidad se escenifica como dos posiciones enfrentadas a ambos lados de una mesa, con un moderador situado en el centro.
El formato sugiere equilibrio y diversidad, pero en realidad, favorece la confrontación directa y convierte el desacuerdo en espectáculo.
Es fácil imaginar el color de la “camiseta” de cada contertuliano, porque en muchas ocasiones, se colocan estratégicamente para que no haya duda de quién defiende a quién. Los extremos en los laterales de la mesa, y el resto en riguroso orden hacia el centro.
La tertulia televisiva se convierte, en buena medida, en una escenificación simplificada y algo distorsionada de la realidad. Lo realmente sano y natural sería que surgieran opiniones dispares, diferentes y, sobre todo, bien argumentadas, sobre los temas tratados.
¿Verdades alternativas o mentiras descaradas?
A estas alturas, casi todos hemos entendido cómo funcionan los algoritmos. Cuando hacemos clic en una publicación que defiende tal o cual postura, empieza a aparecer más información orientada hacia ese pensamiento.

El resultado es una sensación de satisfacción y dopamina con un componente adictivo, reforzado por teorías como la economía de la atención, un caldo de cultivo perfecto en el mar saturado de información al que estamos acostumbrados en la actualidad.
Ambas dinámicas se refuerzan entre sí y dificultan que revisemos nuestras propias convicciones. Nos cuesta cuestionar aquello que encaja con lo que ya pensamos, aunque comprender otras posturas no implique necesariamente renunciar a la propia.
Algunos actores públicos aprovechan esta dinámica, entre otras técnicas, empleando las conocidas como verdades alternativas. Lo preocupante no es que existan interpretaciones distintas de un mismo hecho, sino que se diluyan las mentiras bajo el paraguas de la interpretación.
Cuando un emisor lanza un mensaje, convencido de que el receptor va a escucharlo y a creerlo —porque encaja con su marco preestablecido de creencias—, no importa tanto si se trata de la verdad, una alternativa de esta, o una mentira.
Pensemos en una manifestación convocada por un partido político. Cuando los medios informan sobre ella, suelen aparecer disparidades en la cifra de asistentes según quién la comunique. No es extraño que los datos se ajusten al marco de quien los difunde, reforzando su propio relato. Lo extraño es que llegamos a asumir esa variación como algo normal, y solo nos creemos lo que encaja con nuestra creencia previa.
Entre el ciudadano y el periodista
Además de todo esto, los ciudadanos se muestran algo reticentes a admitir que no es posible conocer en profundidad todos los asuntos que atraviesan la vida pública para poder opinar con criterio.
Dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a trabajar, estudiar y atender nuestras responsabilidades. No vivimos para especializarnos en política o legislación antes de opinar.

En cambio, una de las principales funciones de la profesión periodística es, precisamente, seleccionar, contrastar, simplificar y explicar lo necesario para que los ciudadanos puedan formarse una opinión bien informada.
Además, como cuarto poder, tienen una cierta potestad al decidir de qué se va a hablar y en qué medida, lo que no implica necesariamente que traten de ocultar información.
El problema surge cuando, fruto de la crisis del papel y otras crisis derivadas, los medios han tenido que recurrir a la financiación privada, lo que puede conllevar tensiones entre la independencia editorial y los intereses económicos.
Aunque la independencia absoluta sea casi un ideal, tampoco vale venderse a la defensa acérrima de una postura política, sin contraste ni control. Cabe recordar que los periodistas son —o deben ser— perros guardianes de la democracia frente al abuso de poder.
Vivir cómodamente en nuestra burbuja de aislamiento
La tendencia a consumir información directamente de fuentes como las redes sociales actúa como fortalecimiento de este panorama. Es por esto por lo que no tenemos por qué dejar de recurrir a fuentes fiables como los medios de comunicación tradicionales, que, aunque siguen una línea editorial determinada, deben respetar el código deontológico periodístico.
El papel de los medios de comunicación es crucial y muchos luchan por recuperar su credibilidad frente a medios de comunicación ofuscados en el clickbait y las noticias falsas.

También es muy importante recordar el papel que cumple el ciudadano en todo esto. Aunque no contemos con el tiempo o las herramientas necesarias para tener toda la información, sí podemos elegir de dónde obtenerla y hacer un esfuerzo por contrastarla y fijarnos en la fuente de la información que consumimos.
Entonces quizá descubramos que el dilema real no es exclusivo del choque de ideologías, sino también la guerra entre la verdad y los relatos diseñados para confirmar creencias.
Informarse exige más esfuerzo que reafirmarse. Requiere revisar patrones y cuestionar creencias preestablecidas. La pregunta es si estamos dispuestos a asumirlo.
