El 16 de enero figura en el calendario como Día Internacional de la Croqueta y nadie ha considerado oportuno levantar la mano para preguntar por qué. No hay rastro de discusión previa, ni editoriales airados, ni expertos reclamando contexto. El día está ahí y se acepta con una tranquilidad que ya querrían otras efemérides más ambiciosas. La sensación general no es de concesión, sino de corrección tardía. Cómo no iba a estar.
La explicación, cuando se busca, resulta poco épica. El día no nace de una tradición remota ni de una demanda popular articulada. Aparece hace pocos años, impulsado desde bares madrileños que entendieron algo básico: La croqueta es noticia por sí sola. La idea se lanza como acción de comunicación gastronómica, los medios la recogen con alivio, el público la asume sin esfuerzo. El proceso es rápido y eficaz. Nadie siente que le estén colando nada. Más bien al contrario. La extrañeza habría sido seguir sin fecha.
El Día Internacional de la Croqueta no se celebra, se ejecuta. Se manifiesta en una pizarra escrita con tiza, en una línea añadida a la carta, en un camarero que informa con tono administrativo. “Hoy tenemos croquetas especiales”. El adjetivo se usa con una flexibilidad notable. Especial suele querer decir jamón, pollo o cocido. No hay obligación de innovar. El cliente entiende perfectamente de qué va el asunto y decide en consecuencia.
Ese día, además, se reactiva un fenómeno singular. Todo el mundo opina. La croqueta genera un nivel de autoridad popular que otros platos solo pueden envidiar. No hay reparos en emitir juicio. No se piden credenciales. El veredicto se formula en segundos. Demasiado líquida. Demasiado seca. Correcta. Muy bien. El dictamen se acepta y se pasa página. No hay debates posteriores ni necesidad de consenso. La croqueta admite crítica constante sin que su posición se vea comprometida.
Ahí reside parte de su grandeza. Se la juzga con severidad, pero jamás se pone en duda su condición de manjar. Una mala croqueta no desacredita a la croqueta. Desacredita a su autor. La institución permanece intacta. Pocos productos soportan ese nivel de examen continuo sin erosionarse. La croqueta no solo lo soporta, lo necesita.
En La Mancha, esta autoridad no se construyó en barras de moda, sino en cocinas domésticas. En muchas casas de Ciudad Real, la croqueta fue durante años una consecuencia lógica del cocido. El puchero no terminaba cuando se apagaba el fuego. Continuaba al día siguiente. Carne bien picada, caldo reservado, bechamel hecha sin medir demasiado. Tandas grandes, congelador lleno, organización doméstica. No había relato, ni orgullo culinario, ni vocación de legado. Había que comer mañana.
Esa croqueta práctica, pensada para resolver, estableció un estándar que aún opera. Existe la croqueta de casa y existe la croqueta de carta. Conviven. Se comparan. A veces se imitan. A veces se traicionan. Pero ninguna logra desplazar a la otra. La croqueta doméstica funciona como referencia moral. La profesional aspira a estar a la altura sin decirlo explícitamente.
Por eso el Día Internacional de la Croqueta no provoca rechazo. No exige adhesión emocional ni conciencia social. No viene acompañado de consignas ni de llamadas a la acción. Se limita a señalar algo que ya estaba funcionando. Frente a la inflación de días internacionales con vocación redentora, este adopta una postura casi burocrática. Registra un hecho consumado.
La croqueta es maravillosa en un sentido poco retórico. Lo es porque nadie discute su lugar. Se acepta su centralidad con naturalidad. Se permite el lujo de ser popular sin perder autoridad. De ser juzgada sin ponerse en cuestión. El calendario, por una vez, no ha exagerado. Ha llegado tarde y lo ha hecho sin ruido. La croqueta no necesitaba un día para existir. El día necesitaba a la croqueta.
