Y vuelvo a escribir sobre esto, por otra noticia distinta.
España es un país tan fino que uno puede arreglar la orientación sexual de otro a golpes y, si lo hace con el suficiente desparpajo procesal, acaba convertido en un ‘malentendido semántico’. No en un agresor, no en un energúmeno, no en un pequeño inquisidor de barrio con ínfulas de terapeuta a puñetazo limpio, sino en víctima de una interpretación excesivamente sensible de las palabras.
España, que es tan suya para las cosas de honor y tan meticulosa para los formalismos, ha descubierto que hay frases que suenan a odio pero que, miradas con lupa togada, resultan ser apenas exabruptos mal calibrados, como quien confunde una blasfemia con un suspiro.
La justicia, esa señora con venda en los ojos que a veces parece llevar también tapones en los oídos, ha determinado que amenazar a un muchacho con “hacerle heterosexual a hostias” no constituye delito de odio. No se niega la frase, no se discute el tono, no se cuestiona la intención de los nudillos; simplemente se ajusta el encuadre. No era odio, dicen, era otra cosa.
Una reacción. Un disgusto estético. Un conflicto con la indumentaria, que ya se sabe que la ropa provoca más tempestades que las ideas. Para la justicia, no se trataba de la orientación del joven, sino de su apariencia. Como si la orientación fuese una entelequia abstracta y no algo que, para escándalo de almas estrechas, suele respirarse en la manera de estar en el mundo.
Así, el golpe, que todavía no fue pero que se prometía con entusiasmo pedagógico, queda reducido a figura retórica. Y la retórica, en España, es deporte nacional: Se torea el lenguaje con más destreza que a los toros. Se dice que no hay delito de odio porque no ha quedado probado el móvil discriminatorio.
Como si la frase no llevase el móvil colgando del verbo. Como si “hacer heterosexual” a alguien no implicase, por definición, considerar que ser homosexual es un defecto reparable a bofetadas. Pero no; la ley exige precisión, bisturí conceptual, cirugía probatoria. Y en esa mesa de operaciones, la dignidad entra como paciente y sale convertida en tecnicismo.
Hay algo profundamente castizo en este espectáculo. España es un país donde la injuria se examina con lupa filológica y la amenaza se somete a análisis sintáctico. ¿Qué quiso decir exactamente el agresor? ¿Cuál era su ánimo interno, su pulsión íntima, su intención última? ¿Pretendía odiar o solo incomodar? ¿Discriminaba o simplemente se expresaba con excesiva efusión muscular?
Mientras tanto, el mensaje es diáfano como un puñetazo en la boca: Hay quien cree que la homosexualidad se corrige. Y que se corrige a golpes. Y que eso, en el peor de los casos, es una grosería sin categoría penal.
El país que se escandaliza por un tuit mal redactado pero relativiza la pedagogía del mamporro es un país que ha aprendido a convivir con su propio espejo deformado.
Nos indignamos en redes, nos declaramos aliados, iluminamos edificios con colores festivos, pero a la hora de la verdad, esa verdad gris de los autos y las sentencias, descubrimos que el odio debe venir etiquetado con manual de instrucciones para ser reconocido como tal.
Si no lleva la palabra exacta, la intención confesada, la prueba irrebatible del desprecio químicamente puro, entonces se disuelve en la nada jurídica, como un terrón de azúcar en café frío.
No es que la ley deba condenar por aplauso popular ni que los jueces estén para dictar sentencias al ritmo de la plaza pública. Sería absurdo pedir justicia a golpe de consigna. Pero tampoco parece sensato convertir la evidencia social en un enigma metafísico.
Cuando alguien promete “curar” a otro de su orientación sexual mediante violencia, no estamos ante un debate filosófico sobre la libertad de expresión, sino ante una afirmación que presupone inferioridad, error, desviación. Y eso, en román paladino, tiene un nombre que no necesita demasiadas notas a pie de página.
Quizá el problema no sea jurídico sino cultural. Tal vez seguimos siendo ese país que tolera la fanfarronada violenta como parte del paisaje, como si el machito airado, muy estoico y con la sensibilidad de un chipirón, fuese una figura pintoresca y no un síntoma.
Nos reímos del bruto, lo caricaturizamos, lo convertimos en meme, pero cuando toca señalar que su bravata es el eslabón visible de una cadena más larga, la de la humillación cotidiana, el miedo, la amenaza latente, preferimos hablar de matices. Siempre hay matices en España, sobre todo cuando incomodan.
Y así, entre recursos y autos, entre artículos y apartados, el mensaje que flota es delicado, casi vaporoso: No todo lo que huele a odio es odio, no todo lo que promete violencia es discriminación.
Hay que probarlo mejor. Hay que afinar más. Y, sobre todo, hay que demostrar que el golpe no iba solo al cuerpo. Que también iba a la condición. Como si el cuerpo y la condición no viajasen juntos.
España es un país tan fino que uno puede anunciar la reconversión heterosexual a base de guantazo ilustrado y acabar protegido por la duda razonable. Tan fino que convierte la amenaza en exabrupto, el desprecio en malentendido y la dignidad en cuestión técnica.
Y, mientras discutimos si el odio fue suficientemente odio, el muchacho, y con él muchos otros, aprendemos una lección menos literaria y más cruda: Que hay frases que no condena la ley, pero que pesan igual que un puño cerrado. Y, a veces, dejan el mismo moratón, aunque no figure en el Código Penal.
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ElDIARIO.ES: La Justicia confirma la absolución del hombre que amenazó con “hacer heterosexual a hostias” a un joven en el Orgullo
