Se han etiquetado las bellas artes en siete: pintura, escultura, arquitectura, música, literatura, danza y cine. Pero siempre hay un arte que se apunta a ser el octavo e incluso un noveno. Y estas dos plazas las ocupan la fotografía y el cómic.
Necesito hacer un poco de historia, pero poco. Desde finales de los Sesenta hasta finales de los Ochenta, el cómic underground (podemos traducirlo por «subterráneo», que era el término que se usaba en la época) fue una corriente cultural que atizó un sopapo a la sociedad norteamericana en toda la frente.
Pero no fue la única sacudida que sufrió esa sociedad porque, por sí mismo, el comic underground no habría tenido la suficiente fuerza. Fue todo un cóctel de movimientos, una ensalada con ingredientes variados pero que maridaban divinamente. Las protestas estudiantiles hippies en universidades como Berkeley (California), la puesta en valor de los derechos civiles y la fuerte oposición a la guerra del Vietnam, salpimentaron esa ensalada de sacudidas telúricas sociales. Y en el terreno puramente cultural, la música rock y el arte Pop acompañaron al cómic underground para rematar la tarea.
La influencia del cómic yanqui
El cómic adulto estadounidense irrumpió en el mercado yanqui a través de autores como Will Eisner, dibujante, que creó personajes como Spirit o Sheena; Alan Moore, guionista de Watchmen o From hell; Frank Miller, dibujante y guionista, que estaba al frente de Sin City, y 300 (sí, esa batalla de las Termópilas entre espartanos y atenienses en contra de los persas) o Jack Kirby, dibujante y guionista al cargo de Los 4 Fantásticos, Thor, Los Vengadores o X-Men.

Este tipo de cómic estaba ya pensado para el público adulto, y se publicaba en revistas especializadas o incluso en álbumes completos desarrollando una historia larga, asentando la tradición de la llamada novela gráfica. Pero el signo de los tiempos en los Sesenta, Setenta y Ochenta reclamaba una visión más crítica y ácida, y más acorde a los tremendos cambios que la sociedad norteamericana estaba experimentando, con protagonistas de historietas sin trajes entallados marcando paquete o pechuga ni superpoder alguno.
Así nace esta nueva corriente que está claramente protagonizada por revistas como Zap Comix (que sustituye la “c” final por una “x” para reflejar el carácter independiente e innovador del nuevo estilo) o Mad, que lideran el proceso, aunque no fueron las primerísimas, pero sí las más punteras.

A estas importantes revistas se le suman otras como RAW, dirigida por el genial y original Art Spiegelman o Weirdo liderada por Robert Crumb. A partir de ese momento se disparan las publicaciones y los artistas que colaboran en esta nueva cultura urbana.

Las principales revistas
Las revistas alternativas en los años sesenta y setenta en Estados Unidos fueron legión. Pero como no tenemos todo el tiempo del mundo ni esto es una tesis doctoral, nos centramos sobre las cuatro más representativas para luego entender el fenómeno de las revistas de comix –ya lo vamos a llamar así siempre para diferenciarlo del cómic adulto «no underground»– en nuestro país, con sus propias características y peculiaridades.


Voy a hablaros de las cuatro más tochas por orden de importancia, al menos para mi, aunque no se correlacionen con su tiempo de vida. Empezamos con Raw, que fue una revista editada por Art Spiegelman desde 1980 hasta 1991. Fue realmente la punta de lanza del movimiento del cómic subterráneo de los años 80 aunque tuvo una vida corta, comparada con otras de su género en Estados Unidos.

El primer número de Zap Comix saltó a los quioscos en San Francisco a principios de 1968, editado y dirigido por Robert Crumb. Zap fue la referencia más preponderante para todas las publicaciones underground.


Crumb invitó a colaborar en Zap a muchos artistas. Este grupo de autores, incluido el propio Crumb, fue el equipo habitual en las siguientes entregas de la publicación, que aparecieron muy esporádicamente dilatando su periodicidad incluso en años (su última entrega, Zap Comix nº 15, corresponde a 2005; entre esta y la anterior habían pasado seis años).

Y aquí vienen las dos más potentes. Mad fue una revista con una excelente estética basada en una crítica cruel de la cultura yanqui, satirizando y riéndose de los estadounidenses y sus productos de consumo en esa sociedad de consumo masivo.


Creada en 1952, cerró sus páginas en 2018, y esto hay que pensarlo dos veces: Mad estuvo en los quioscos nada más y nada menos que 66 años. Hala… ¡ahora vas, y lo cascas…! Y además, por si fuera poco, Mad llegó a vender algún mes cerca de dos millones de ejemplares. Si tenemos en cuenta que la revista española que más vendió fue El Víbora, que tuvo una vida de 26 años, que no está nada mal para ser España y que vendió como máximo 80.000 ejemplares en un mes… pues es que la diferencia de números es abrumadora.
Es que en ese tiempo, en Estados Unidos había –al menos los lectores de Mad, que habría muchos más de otras revistas– dos millones de personas que estaban en desacuerdo son su sistema de vida de aquellos años y pedían un cambio hacia la cultura de todas, para alejarse de los grandes proyectos macro económicos y a centrarse en la vida con calidad y no con cantidad. ¡Qué envidia…! Ya sé que los yanquis son particularmente puñeteros, pero claro… Había y hay minorías progresistas yanquis es unas magnitudes que aquí ni soñamos.

Nos quedaría hablar de Weirdo, que fue no fue una revista al uso con una tirada periódica, sino más bien recopilaciones de historietas de algún autor determinado –a modo de monográficos–, dirigida por Robert Crumb de 1981 a 1993. Con dibujantes tanto nuevos como veteranos, Weirdo sirvió como contrapunto de «arte popular» a su coetánea y más erudita e intelectual Raw, editada por el gran Art Spiegelman, reflejando los intereses de Crumb: el arte marginal y la anti propaganda.

Con el número 10 se propició la llegada de los Bad Boys (chicos malos). Crumb continuó como colaborador habitual, pero en ese número Weirdo dio entrada y oportunidad a nuevos colaboradores como Kim Deitch, Mary Fleener, John Holmstrom, Carel Moiseiwitsch y una quincena más de nuevos creadores, con una mirada más ácida y corrosiva.
En 1986 Weirdo publico una serie llamada Twisted Sisters (Hermanas retorcidas), con una veintena de creadoras femeninas como Aline Kominsky, M. K. Brown, Dame Darcy, Julie Doucet, Debbie Drechsler, Mary Fleener… Esta corriente femenina se vio fortalecida en el Weirdo de 1989 con otra decena de féminas del underground. Durante esos tres años, las «Hermanas retorcidas», tuvieron su estrado desde el que alzarse a desarrollar la mirada femenina de la historieta subterránea yanqui.
Por sus consecuentes problemas legales enfrentados a la mirada pacata y anticuada de la administración judicial estadounidense, Weirdo creó el Fondo de Defensa Legal del Cómic para proteger la libertad de expresión y creación. Buena falta nos hubiera hecho a nosotros en casos como los raperos sentenciados a penas de cárcel por «ofender a la monarquía» o aquél episodio patético de los titiriteros procesados en Madrid por «ensalzar a ETA».
El último número de Weirdo, el 28, fue publicado en 1993, tras un paréntesis de tres años, y fue un homenaje a los creadores underground europeos como Edmond Baudoin, Florence Cestac, Jean-Christophe Menu, Placid (en francés), Willem y Aleksandar Zograf.


Bueno, pues ya tenemos la perspectiva histórica necesaria para entender el Cómix subterráneo español en la próxima entrega de esta serie.
