La tarde del 16 de enero, cuando el invierno aprieta y la luz se va pronto de las calles, la plaza de Santiago vuelve a llenarse de humo, brasas y gente. La hoguera de San Antón no es solo fuego: Es un punto de encuentro. Vecinos que se saludan, conversaciones al calor de las llamas, torreznos, limoná y la sensación, cada vez más rara, de que el barrio vuelve a ser un espacio compartido. No hace falta creer para estar. Basta con acercarse y compartir.
Mañana, como ocurre desde hace siglos, Ciudad Real celebrará a San Antonio Abad. Según la tradición antoniana, es el santo protector de los animales; según la historia de la ciudad, ha sido durante generaciones el eje en torno al cual se organizó una de sus fiestas más populares. Durante unas horas, la hoguera de las 20 horas convierte la plaza en algo poco frecuente: Un lugar donde quedarse.
Gracias a la Hermandad de San Antonio Abad de Ciudad Real por abrirnos sus puertas para realizar este reportaje. Toda la información está basada en entrevistas a la Hermandad, y los datos del libro «Historia de una Devoción» de Rafael Cantero Muñoz.
Una hermandad con ocho siglos de historia
La Hermandad de San Antonio Abad de Ciudad Real no nace como una asociación festiva, sino como una institución ligada a la vida material de la ciudad. Su origen se remonta al siglo XIII, cuando en 1262 se funda en Ciudad Real un convento-hospital de la Orden Antoniana, una congregación dedicada a la atención de los enfermos y a la asistencia a los más necesitados.

En torno a ese espacio se articuló durante siglos una devoción que combinaba religión, sanidad y organización social, en una época en la que la frontera entre lo espiritual y lo cotidiano era difusa.
San Antonio Abad, según la tradición cristiana, es el santo protector de los animales y un referente de vida ascética. Esa creencia explica su arraigo en una sociedad fundamentalmente agrícola y ganadera, donde la salud del ganado era una cuestión de supervivencia. La ciudad incorporó así al santo a su calendario y a su espacio urbano, primero en el convento antoniano y, tras la extinción de la orden a finales del siglo XVIII, en la parroquia de Santiago Apóstol, que desde entonces se convirtió en sede canónica de la hermandad.
La desaparición de la Orden Antoniana, ordenada en 1787 y ejecutada definitivamente en 1790, no supuso el fin de la devoción. El convento fue abandonado y acabó desapareciendo, pero la imagen del santo, sus ritos y su fiesta se integraron en el corazón de la vida parroquial y vecinal del barrio del Perchel.

Esa continuidad no fue siempre pacífica. En 1936, durante los primeros compases de la Guerra Civil, la imagen del santo y buena parte del patrimonio de la hermandad fueron destruidos. Solo se salvó la reliquia, un elemento pequeño en lo material, pero vital para sostener la continuidad simbólica de la devoción.
La posguerra obligó a recomponer casi todo desde cero, y no fue hasta 1944 cuando la hermandad logró reorganizarse formalmente y encargar una nueva imagen, que volvió a salir en procesión en 1945.
Aquel proceso tuvo nombres propios, como Pedro Cárdenas, primer hermano mayor de la nueva etapa, o Enrique Garrido, secretario, que participaron en la reconstrucción material y simbólica de la hermandad tras los años de ruptura.
La singularidad de la Hermandad de San Antón reside en haber sobrevivido como institución activa durante casi ocho siglos, atravesando extinciones, guerras y pérdida de usos tradicionales.
Su historia no es lineal ni idealizada: Es la de una devoción que se fue adaptando a medida que la ciudad cambiaba, conservando lo importante y dejando caer lo accesorio, hasta llegar al presente como una de las expresiones más antiguas del patrimonio cultural inmaterial religioso de Ciudad Real.
Cuando Ciudad Real paraba por San Antón
Durante buena parte del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, San Antón no fue una fiesta menor ni un acto reservado al barrio de Santiago. Aunque no figuraba como día festivo oficial, la tarde del 17 de enero el comercio de Ciudad Real cerraba de forma generalizada.
La Cámara de Comercio y la Delegación de Trabajo avalaban ese parón con comunicados que autorizaban a los establecimientos a bajar la persiana sin penalización para los trabajadores. La ciudad se desplazaba entonces hacia el Perchel para participar en una celebración que desbordaba lo estrictamente religioso.
La procesión salía a las tres de la tarde y recorría un itinerario preciso por las calles del entorno: Norte, Estrella, Audiencia, Jacinto, Ángel. No era solo un recorrido devocional, sino una manera de inscribir la festividad en el trazado urbano.

En la plazuela de Agustín Salido se concentraban los puestos, mientras que en la puerta de la parroquia de Santiago se vendían las caridades y se exponía el cerdo que tradicionalmente se sorteaba entre cofrades y devotos. La imagen del santo permanecía en besamanos desde la víspera y durante todo el día 17, convirtiendo el templo en un lugar de tránsito constante.
La relación de la fiesta con el mundo animal era entonces directa y cotidiana. A Santiago se llevaban sacos de cebada y pienso para ser bendecidos, primero en la puerta del templo y más tarde en la sacristía.
Ganaderos y vecinos acudían con yuntas, burros y caballerías para dar las conocidas vueltas del Santo: Tres circunvalaciones alrededor de la iglesia como gesto de protección frente a enfermedades, accidentes o pérdidas. Aquellos animales, ricamente enjaezados, no eran un elemento folclórico, sino parte central de una economía doméstica basada en el trabajo del campo.

Ese San Antón comenzó a transformarse a partir de la segunda mitad del siglo XX. La mecanización del campo y la desaparición progresiva de los animales de labor alteraron el sentido original de muchas prácticas.
La celebración se fue simplificando y adaptándose a una ciudad cada vez más urbana. Que ese modelo haya cambiado no invalida su importancia: Explica por qué la fiesta ha logrado atravesar los siglos y llegar hasta hoy sin perder del todo su sentido colectivo.
Fuego y pan bendito: Hogueras y caridades
La víspera de San Antón siempre se ha vivido en la calle. Al caer la tarde del 16 de enero, el barrio del Perchel se llenaba de pequeñas hogueras encendidas junto a las puertas de las casas, alimentadas con sarmientos, restos de poda y objetos inservibles que se habían ido guardando durante el año. A medida que esas lumbres se apagaban, la gente se concentraba en torno a la hoguera principal, la que ardía frente a la parroquia de Santiago y que la hermandad se encargaba de encender y mantener durante la noche. El fuego no era solo un símbolo: Era una momento para reunirse.
Alrededor de las brasas se asaban patatas, se compartían productos de la matanza y corrían las botas de vino. No había un programa ni un orden estricto, solo la ocupación espontánea del espacio público. Durante horas, la plaza funcionaba como un lugar de convivencia donde se mezclaban generaciones, vecinos y visitantes. Incluso hoy, cuando las hogueras se han reducido a una sola y las normas han cambiado, ese gesto de salir a la calle y quedarse sigue siendo el núcleo de la celebración.

Junto al fuego, otro elemento esencial de la fiesta han sido siempre las caridades. Estas piezas de repostería, a medio camino entre el polvorón y el mantecado, forman parte del patrimonio gastronómico más antiguo de la ciudad. Durante décadas, los ingresos obtenidos con las caridades sostuvieron buena parte de la actividad anual de la hermandad.
En 2026, la tradición continúa adaptada a los tiempos. Las caridades vuelven a ponerse a disposición en las panaderías Grano a Grano de la calle Feria y del Polígono Larache hasta que se agoten las hornadas, según ha confirmado la hermandad. El formato cambia, pero el sentido permanece: Un alimento sencillo que condensa historia, economía popular y memoria compartida.
San Antón en 2026: Tradición viva
En 2026, la Hermandad de San Antón sigue funcionando con reglas heredadas y ajustes contemporáneos. El número de hermanos se mantiene en 117, en homenaje a la edad del santo, siendo el Hermano Mayor actualmente Ángel Patiño. La hermandad conserva su carácter masculino y una estructura interna que se apoya en la colaboración institucional para garantizar la continuidad de su actividad.

El programa de este año mantiene los elementos esenciales de la celebración. El día 16 a las 19.00 horas se celebran las vísperas y, a las 19:30 horas, la veneración de la reliquia, y a las 20:00 horas la tradicional quema de la hoguera en la plaza de Santiago, acompañada de torreznada y limoná que cada año la hermandad encarga a una asociación de la ciudad. El 17 de enero y día de San Antón, a las 17:00, la bendición de los animales vuelve a ocupar el centro de la tarde, seguida de la función religiosa en recuerdo de los hermanos difuntos.
La bendición, hoy, tiene un carácter distinto al de otros tiempos. Según la creencia cristiana, San Antonio Abad protege a los animales; desde una mirada cultural, el acto funciona como un ritual compartido que permite a la ciudad reunirse alrededor de una tradición común.
Cuando el fuego se apaga y la plaza recupera el silencio, San Antón deja tras de sí algo más que ceniza. Durante siglos, esta fiesta marcó el calendario, ordenó la vida del barrio y dio sentido colectivo a la relación de la ciudad con sus animales, su trabajo y sus miedos. Hoy, en una ciudad muy distinta, la tradición persiste no solo por la fe, sino por lo que aún consigue generar: Encuentro, barrio, devoción, memoria compartida y conversación.

Puede que muchos ya no sepan explicar el origen de la hoguera ni el significado de las caridades, pero siguen acudiendo. Tal vez porque, más allá de creencias, San Antón sigue ofreciendo algo escaso: La posibilidad de reconocerse en la calle, alrededor del fuego, como parte de un mismo lugar. Y mientras eso ocurra, mientras alguien encienda una hoguera en enero, la tradición seguirá teniendo sentido.
