Hay libros que se planifican y libros que se escriben porque no queda otra salida. Rompe etiquetas, Despliega alas. Un puente entre mi vida y la tuya, la autobiografía de la multifacética Mireya Coromoto, pertenece al segundo grupo.
Esta historia, que se presentará próximamente, no surgió como una aspiración literaria ni como una estrategia editorial, sino como una necesidad personal de ordenar una vida marcada por rupturas, desplazamientos y reconstrucciones sucesivas.
“Yo no pensaba escribir ningún libro”, repite entre sonrisas cuando habla del proceso. Las primeras páginas fueron apenas un desahogo tras un momento de gran derrumbe emocional. Dos hojas que llevaba dobladas en el bolso y que una amiga leyó casi por casualidad. El impulso necesario para continuar.

Durante meses aquellas páginas viajaron con ella. “Siempre llevaba esas dos hojas conmigo”, recuerda. Su amiga insistía en que siguiera escribiendo, revisaba los textos y le animaba. “Me decía: Aquí falta algo, aquí repites mucho, sigue contando”. Durante más de un año y medio el manuscrito creció sin intención de publicarse.
Era, sobre todo, una manera de entender lo vivido. Solo más tarde comprendió que aquello que estaba escribiendo tenía sentido más allá de sí misma.
El proceso de escritura estuvo siempre acompañado por conversaciones con esa amiga que la animaba a seguir. “Ella me preguntaba: ¿qué sientes ahora?”, recuerda Mireya. “Y yo empezaba a escribir otra vez”.
De esta forma tan sencilla, la autobiografía se convertiría en un recorrido vital narrado con honestidad. “No soy escritora famosa ni personaje público”, aclara. “Soy una persona normal que decidió contar su historia”.
Contar lo que fue
El libro reconstruye su vida desde la infancia en Venezuela hasta su presente en España. Antes incluso de entrar en esa historia, su propio nombre habla de su origen. “Coromoto es la patrona de Venezuela”, explica. “Muchas madres venezolanas ponían ese segundo nombre”.
En sus páginas aparecen los primeros años, la figura de su abuela, la adolescencia, el matrimonio temprano y la maternidad. También los episodios de violencia sufrida desde la niñez, narrados desde las mismas entrañas.
La decisión de incluir esos capítulos no fue sencilla. Hubo momentos en los que escribir significaba volver a atravesar experiencias que había intentado dejar atrás. Sin embargo, entendió que silenciarlas habría sido traicionar el sentido mismo del proyecto. “Si vas a contar tu vida, la cuentas completa”.
En ese recorrido por la infancia aparecen también recuerdos familiares que dan forma al relato. Su abuela ocupa un lugar especial en esas páginas. “Mi abuela fue una persona muy importante para mí”, recuerda. “Hay recuerdos de la infancia que te acompañan siempre”.
La presencia de su madre es otro de los ejes emocionales de esa etapa. Fue una mujer que vivió noventa años y cuya muerte marcaría más tarde una de las decisiones más difíciles de su vida.
Pero el libro no evita las zonas más duras de la memoria. Mireya relata que cuando tenía cinco años fue víctima de una agresión sexual. “Eso ocurrió cuando yo era muy pequeña”, explica. “Y aunque uno intente seguir adelante, son cosas que forman parte de tu historia”.
Ese episodio es una experiencia que atraviesa muchas de las reflexiones posteriores sobre el miedo, el silencio y la forma en que la violencia puede normalizarse en determinados contextos.
Más adelante, en su vida adulta, esa conciencia volvería a aparecer cuando se enfrentó a otras situaciones de abuso. “A veces uno tarda muchos años en entender ciertas cosas”, explica.
Matrimonio, maternidad y aprendizajes
La adolescencia da paso a decisiones tempranas. Mireya se casa con apenas veinte años, en una época en la que ese camino parecía el más natural para muchas mujeres. “En aquel momento era lo que se esperaba”, recuerda.
El matrimonio, sin embargo, no fue el espacio de estabilidad que imaginaba. En la autobiografía describe una relación marcada por situaciones que hoy identifica como dinámicas de abuso.

“En ese momento muchas cosas se normalizaban”, explica. “Con los años entiendes que no era normal”.
Esa etapa también está marcada por la maternidad. Mireya tuvo dos hijos y la crianza se convierte en uno de los ejes fundamentales de su vida. Sacarlos adelante, acompañarlos en su crecimiento y protegerlos en un entorno cada vez más complicado se transforma en una prioridad.
“Mis hijos son una de las decisiones más importantes de mi vida”, afirma.
Con el paso del tiempo llega la separación y la necesidad de reorganizar la vida familiar. La autobiografía describe esa etapa como un periodo de aprendizaje y de reconstrucción personal.
La vida en Venezuela y el deterioro del país
Durante esos años Mireya desarrolla su carrera profesional en el ámbito de la informática. Estudió técnica superior y comenzó a trabajar en una época en la que la tecnología estaba en plena transformación.
“He vivido toda la evolución de la informática”, explica. “Cuando yo empecé se programaba con tarjetas perforadas”.
En un momento de su vida dejó de ejercer durante un largo periodo. “Pasé casi quince años sin trabajar en mi profesión”, recuerda. Volver después al mundo laboral fue un desafío enorme. “Cuando regresé era como si nunca hubiera estudiado”.
Aun así, decidió actualizarse. Con el tiempo volvería a formarse, estudiar marketing y continuar vinculada al ámbito tecnológico.
A esa trayectoria profesional se suma un rasgo que Mireya menciona con cierto orgullo: Su relación constante con la tecnología, incluso décadas después de haber empezado a trabajar en el sector. “Es curioso”, dice. “Tengo más de sesenta años y sigo aprendiendo cosas nuevas de tecnología”.
Esa curiosidad por lo digital no desapareció con el paso del tiempo. Al contrario. “Ahora me interesa mucho la inteligencia artificial”, explica. “Me gusta ver cómo evoluciona todo esto”.
Esa continuidad entre el pasado y el presente es uno de los aspectos que más subraya cuando habla de su experiencia profesional. “He pasado de las tarjetas perforadas a la inteligencia artificial”, resume entre risas.

Pero mientras su trayectoria personal avanzaba, el contexto del país se volvía cada vez más complicado. La situación social y económica en Venezuela empeoraba y la crisis empezaba a afectar también a las oportunidades de sus hijos.
Uno de los puntos de inflexión fue la crisis universitaria que atravesó el país. “Mis hijos estaban estudiando en la universidad y la situación era muy difícil”, recuerda.
A ese escenario se sumó un golpe personal importante: La muerte de su madre. “Ese momento también cambió muchas cosas”.
Decidir marcharse
La decisión de emigrar fue una conversación familiar que se fue volviendo inevitable. “Mis hijos me dijeron: si tú no te vas con nosotros, nosotros no nos vamos”, recuerda.
Aquella frase terminó de inclinar la balanza. En pocos meses organizaron una salida que implicaba dejar atrás gran parte de su vida. Hubo que vender bienes, reorganizar recursos y tomar decisiones difíciles.
Vendieron los coches y la casa de su madre. El dinero se envió a un hermano que ya estaba en España para facilitar la llegada. Su propia casa en Venezuela decidió no venderla. “No quise venderla”, explica. “Allí vive ahora una amiga muy cercana”.
En medio de ese proceso ocurrió otro detalle familiar que ilustra la rapidez de los acontecimientos. Cuando la familia decidió emigrar, su yerno se apresuró a formalizar el matrimonio con su hija para poder viajar juntos. “Fue todo muy rápido”, recuerda. “Pero él quiso venir con nosotros”.
Llegar a España en plena pandemia
Mireya llegó a España en marzo de 2020. Apenas unas semanas después se decretó el estado de alarma por la pandemia.
La llegada fue complicada desde el principio. Durante un tiempo vivieron en un alojamiento temporal mientras intentaban encontrar estabilidad. Con el confinamiento, la situación se volvió aún más difícil.
La familia terminó separándose por falta de recursos. Cada uno encontró habitaciones en distintos lugares. “Mi hijo se fue a una parte, mi hija con su esposo a otra y yo me quedé sola”, recuerda.

Durante meses su vida transcurrió entre habitaciones alquiladas y centros de acogida. Pasó cerca de medio año en refugios mientras trataba de reorganizar su situación. “Yo llegué aquí con una computadora y ya”, explica. “No tenía currículum en España, no tenía nada”.
A pesar de las dificultades iniciales, la adaptación cultural fue más sencilla de lo que había imaginado. “Los venezolanos y los españoles somos muy parecidos”, comenta. “Aquí la gente es abierta, cariñosa y solidaria”.
Con el paso del tiempo empezó a sentir que aquel país en el que había llegado casi por necesidad también podía convertirse en un lugar propio. “España es parte de mi hogar”, afirma.
Reconstruir la vida
Con el tiempo llegó a Ciudad Real, donde comenzó una nueva fase de estabilidad. Allí empezó a reconstruir su vida profesional y personal. “La vida me puso en cero muchas veces”, afirma.
A pesar de las dificultades, Mireya decidió seguir formándose. En España acreditó competencias profesionales hasta nivel tres para poder trabajar.
Actualmente imparte talleres y formación en áreas relacionadas con la informática y el marketing, especialmente en Manzanares. La docencia se ha convertido en una de sus vocaciones más claras. “Si yo puedo ayudar a alguien con lo que sé, ya vale la pena”, explica.
En ese proceso de reconstrucción también fue clave la red de apoyo que encontró a su alrededor. Mireya suele hablar de ese aspecto con una reflexión muy clara: “Con los años he aprendido a escoger las personas que siguen en mi vida”.
No se refiere únicamente a la familia, sino también a amistades que aparecieron en momentos difíciles y que terminaron formando parte de su círculo más cercano. “Hay personas que te empujan hacia adelante”, explica.
El detonante de la escritura
El episodio que terminó de desencadenar la escritura del libro ocurrió mientras trabajaba en una bodega. Allí vivía mientras desempeñaba su trabajo en el área de marketing.
La experiencia fue complicada desde los inicios. “Era una persona muy tóxica”, recuerda sobre su jefe. El control constante y la desconfianza terminaron generando un ambiente muy difícil.
La situación alcanzó un punto crítico cuando presenció una agresión contra una compañera. “Le gritó que no servía y la sacó agarrándola del brazo”, recuerda. “La tiró al suelo”.
Mireya acompañó a la trabajadora a denunciar lo ocurrido. “La llevé a la policía”, explica. Ese episodio removió recuerdos muy antiguos y provocó un derrumbe emocional. “Llegué a casa y no podía salir de la habitación”.
Una amiga venezolana insistió en visitarla. Cuando finalmente abrió la puerta, rompió a llorar. “Ella me preguntó qué sentía. Y empecé a escribir”.
Escribir para entender
La escritura se convirtió entonces en una forma de ordenar su historia. Hubo momentos en los que tuvo que detenerse porque el proceso resultaba demasiado intenso. Pero volver al texto también significaba recuperar el control del relato.

En el proceso de escritura hubo momentos especialmente difíciles. Recordar determinadas experiencias significaba revivir emociones muy intensas, y en ocasiones tuvo que detenerse. Ella misma utiliza una imagen muy gráfica para describirlo. “Cuando uno vomita mucho, se le quema el esófago”, explica. “Llega un momento en que tienes que parar”.
Ese paréntesis formó parte del propio proceso de escritura. El libro avanzaba cuando podía hacerlo, respetando los límites emocionales que aparecían al recordar ciertas etapas de su vida.
El texto no se plantea como una denuncia ni como un ajuste de cuentas. Mireya insiste en que no busca culpables. En sus páginas aparece también la idea del perdón como proceso personal. “No escribí para juzgar a nadie”, explica. “Escribí para sanar”.
También lo hizo con una intención muy clara, que otras personas puedan reconocerse en su historia. “Si una persona puede tomarme de ejemplo, ya vale la pena”.
El significado del título
El título del libro resume la reflexión que atraviesa todo el relato. Rompe etiquetas, Despliega alas hace referencia a las limitaciones sociales que muchas veces condicionan la vida de las personas.
“A nuestra edad hay muchas etiquetas”, dice. “Que no puedes estudiar, que no puedes trabajar, que ya no vas a lograr lo que quieres”. La experiencia de emigrar, volver a estudiar y reconstruir su vida después de los cincuenta años le permitió cuestionar esas ideas.
El subtítulo, Un puente entre mi vida y la tuya expresa el objetivo final del libro. “Si alguien lo lee y siente que no está solo, ya valió la pena. Mi vida puede parecer muy distinta, pero muchas personas han pasado por cosas parecidas”, explica.
Por eso habla de un puente: Una manera de conectar experiencias personales con las vivencias de quienes se acerquen al libro.
Seguir viviendo
Hoy Mireya continúa dando talleres y explorando nuevas herramientas tecnológicas. Su curiosidad por el aprendizaje sigue intacta.
También celebra los nuevos vínculos familiares que han llegado en los últimos años. Entre ellos, el nacimiento de su nieta catalana y la llegada de otro nieto. “La vida sigue dando cosas buenas”, dice.
Cuando habla del libro insiste en que “Lo escribí porque necesitaba hacerlo”.

España, asegura, le dio algo que hacía tiempo no sentía. “Aquí empecé a ser yo misma”.
Y porque, como repite en varias ocasiones, perder el miedo fue una de las decisiones más importantes de su vida. “A veces el miedo es lo que nos detiene”, reflexiona. “Y cuando lo pierdes, empiezas a vivir de otra manera”.
Cuando habla del futuro del libro, Mireya no piensa únicamente en los lectores actuales. También imagina otro tipo de lectura, más íntima. “Quizá algún día mis nietos lo lean”, dice.
Esa posibilidad es parte del sentido que le da a la obra: Dejar un testimonio de lo vivido, de las decisiones tomadas y de los caminos recorridos.
Porque, como explica al final de la conversación, el libro no cierra su historia. Simplemente deja constancia de ella.
Ese es, en última instancia, el mensaje que atraviesa Rompe etiquetas, Despliega alas: la posibilidad de seguir adelante incluso cuando la vida obliga a empezar de nuevo. Un puente entre una historia personal y las muchas historias que pueden reconocerse en ella.
Ese puente del que habla el subtítulo es la invitación a reconocer que, incluso en historias muy distintas, siempre hay algo de la vida de los otros que también habla de la nuestra.

