Nota del Día: La cultura que se escribió sin ellas
Otra historia más de una periodista que escribió sobre derechos, educación y modernidad antes de que se aceptara a las mujeres como autoridad

Carmen de Burgos / Archivo de Bibliotecas de Madrid

by | Dic 28, 2025 | #Manchacultura

Carmen de Burgos, o Colombine entre otros pseudónimos, escribió, publicó y abrió debates sobre derechos, divorcio o sufragio femenino cuando a las mujeres se les negaba el legado. La historia la leyó y luego decidió olvidarla.

La historia cultural no es un territorio neutral. No se limita a registrar lo ocurrido, sino que selecciona, jerarquiza y decide qué merece ser recordado. En ese proceso, muchas mujeres autoras y periodistas no fueron silenciadas de manera abrupta, sino algo más eficaz: Fueron desdibujadas. No se les negó la palabra en su tiempo; se les negó la permanencia.

El caso de Carmen de Burgos (1867 – 1932) es especialmente revelador porque desmonta una de las coartadas más habituales del olvido cultural: La supuesta falta de producción, influencia o reconocimiento contemporáneo.

Carmen de Burgos fue una periodista y escritora, además de ser la primera mujer corresponsal de guerra. Escribió mucho, publicó de forma constante, tuvo lectores, generó polémica y participó activamente en los debates públicos de su época. Lo hizo en prensa nacional, en revistas culturales y en libros que abordaban desde la narrativa hasta el ensayo social.

Firmó novelas como La rampa (1917), Los inadaptados (1909) o El artículo 438 (1921), además de ensayos y manuales divulgativos como La mujer moderna y sus derechos (1927) o miles de artículos. No fue una figura marginal ni una autora ocasional, sus textos penetraron incluso en el discurso y debate de la Segunda República. Fue una profesional de la palabra, algo que resultaba incómodo si quien firmaba era una mujer.

Publicó, además, bajo seudónimo. Colombine, el más conocido, no fue una anécdota literaria, sino una estrategia de supervivencia en un sistema que aceptaba mejor la autoría femenina cuando parecía despersonalizada. Escribió antes de que la autoría femenina pudiera sostenerse sin disfraces.

Su trayectoria evidencia una paradoja recurrente: Se permitió a ciertas mujeres escribir siempre que no pusieran en cuestión la arquitectura simbólica del poder cultural. Mientras sus textos podían ser leídos como costumbrismo, pedagogía o literatura menor, eran tolerados. Cuando abordaban asuntos como el divorcio, la educación femenina, la autonomía económica o la hipocresía moral de su tiempo, empezaban a incomodar. Y la incomodidad, en la historia cultural, suele resolverse con el borrado.

Carmen de Burgos escribió antes de que la sociedad estuviera preparada para reconocer plenamente a mujeres que pensaban en público. Y cuando lo hizo, se activaron mecanismos bien conocidos: Su obra fue fragmentada, su figura reducida a episodios personales, su nombre subordinado al de hombres más jóvenes o más aceptables para el canon. No se la discutió en igualdad; se la archivó.

Uno de esos mecanismos fue el uso interesado de su vida privada. Su relación con Ramón Gómez de la Serna fue utilizada durante décadas como una forma de reducirla, presentándola como figura secundaria o sentimental. Se obvió deliberadamente que Carmen de Burgos era mayor que él, que ya tenía una carrera consolidada cuando se conocieron y que fue ella quien lo apoyó, lo impulsó y lo sostuvo en los inicios. La historia cultural prefirió convertirla en nota biográfica antes que en referencia intelectual.

Este patrón no es excepcional. Muchas mujeres periodistas y escritoras del cambio de siglo ocuparon espacios reales en periódicos, revistas y editoriales. Firmaron columnas, crónicas, novelas, traducciones y ensayos. Influyeron en lectores, modelaron opinión y contribuyeron a la modernización cultural. Sin embargo, al construir el relato posterior, fueron tratadas como anomalías, como figuras circunstanciales o, directamente, como notas al margen.

Durante décadas, la historiografía literaria y periodística repitió ese esquema. Se canonizó a los hombres como pilares de la modernidad y se relegó a las mujeres a la categoría de precursoras difusas, musas, acompañantes o excepciones. Incluso cuando se las mencionaba, se hacía desde el recorte: Se hablaba de su vida privada más que de su obra, de sus relaciones más que de sus ideas, de su carácter más que de su pensamiento.

El franquismo terminó de sellar ese proceso. Todo aquello que representaba modernidad, autonomía femenina y pensamiento crítico fue deliberadamente borrado del espacio público. Pero el problema no acaba ahí. Incluso en democracia, la recuperación ha sido lenta, parcial y muchas veces superficial. Se rescatan nombres, pero no siempre se incorporan de verdad al relato central. Se las celebra en efemérides, pero no se las estudia con la misma seriedad que a sus contemporáneos masculinos.

Releer hoy a Carmen de Burgos no debería ser un acto nostálgico ni un ejercicio de reparación simbólica. Es una forma de interrogar el sistema que decidió que su obra no merecía continuidad. Es preguntarse cuántas autoras más quedaron fuera no por falta de mérito, sino por exceso de incomodidad. Y es asumir que el canon no es una lista natural, sino una construcción política y cultural.

Mientras sigamos hablando de rescates femeninos como si fueran anomalías, seguiremos perpetuando el mismo desequilibrio. La pregunta no es por qué estas mujeres desaparecieron, sino por qué tardamos tanto en admitir que nunca debieron hacerlo.

La historia cultural no las olvidó por descuido. Las olvidó porque no supo o no quiso aceptar que habían escrito, pensado y vivido antes de que se les concediera el derecho a ser memoria.

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