El Carnaval en La Mancha empieza mucho antes de que suene la primera comparsa en la plaza. Empieza cuando febrero asoma en el calendario y el frío aprieta al caer la tarde, cuando las conversaciones cambian de tono en los bares y alguien pregunta si este año la carroza entrará mejor por la calle Mayor. Empieza en los días aparentemente tranquilos, cuando el campo descansa y en los pueblos se encienden luces a deshora en naves y cocheras.
En una casa cualquiera, una pregonera repasa el texto apoyada en la mesa de la cocina. No ensaya en voz alta todavía. Lee despacio, corrige una palabra, tacha otra. Sabe que en esas hojas caben nombres propios, recuerdos, y la responsabilidad de abrir oficialmente algo que ya se respira desde hace semanas. Afuera, la noche cae limpia sobre la llanura y el aire trae ese olor a leña que acompaña los inviernos manchegos.
A las afueras, en una nave industrial, una peña trabaja alrededor de una estructura de madera. Uno sujeta, otro atornilla, una tercera persona revisa el dibujo que servirá de guía para pintar al día siguiente. La carroza aún no tiene forma definitiva, pero ya despierta discusiones sobre colores y detalles.
en los alrededores de la nave, se construye la alfombra de bailes que acompañará a estas fechas. Personas de todo tipo coordinan a tiempo la mejor de las ilusiones en horas de esfuerzo y dedicación para entregar a nuestra tierra lo mejor de sí mismas.
Más allá, en otro local, varias personas cosen lentejuelas sobre una tela que brilla bajo los fluorescentes. Las agujas avanzan mientras se comentan noticias del pueblo y se calculan las horas que quedan hasta el desfile. Es el trabajo que no se ve, el que sostiene todo lo demás.
El Carnaval también se adivina en pequeños círculos que se forman en la plaza cuando cae la tarde. En Calzada de Calatrava, las Caras vuelven a girar entre los dedos antes de lanzarse al aire. El cobre cae sobre el suelo frío, rodeado de miradas atentas.
Ese gesto repetido año tras año, ese corro que reúne a vecinos de distintas edades, recuerda que las fiestas en La Mancha siempre han tenido algo de encuentro y conversación compartida. El rostro cubierto por una máscara y la moneda lanzada al aire pertenecen a la misma costumbre de salir a la calle y reconocerse en grupo.
Cuando llega el día del pregón, la plaza empieza a llenarse. Hay niños subidos a los bancos, mayores que buscan un lugar resguardado del viento y jóvenes que ya han empezado a cubrirse el rostro. La pregonera sube al escenario y mira un mar de caras conocidas.
Nombra a quienes han mantenido viva la fiesta del Carnaval durante décadas, recuerda a los que faltan, agradece a los que se estrenan este año. El aplauso no es estruendoso, es emocional, como si marcara el paso de algo que se sabe a azúcar y miel.
A partir de ese momento, el ritmo cambia. En Miguelturra, la máscara callejera ocupa cada esquina y convierte la noche en un juego continuo. En Herencia, el Ofertorio reúne a las comparsas con el paso firme y la música marcando el compás.
En Daimiel alguien sale a recorrer las calles sin que lo reconozcan bajo el disfraz. En Villanueva de los Infantes, la Plaza Mayor, con su piedra antigua y sus soportales, abraza a su gente con un baile que se abre paso bajo la luz amarilla de las farolas. En Ciudad Real, el Domingo de Piñata prepara el cierre multitudinario.
Y el mapa se ensancha. En Malagón la calle se llena sin necesidad de demasiados anuncios. En Campo de Criptana, los disfraces avanzan bajo la silueta quieta de los molinos. En Bolaños de Calatrava las comparsas sostienen el pulso con constancia.
En Tomelloso la fiesta se abre paso entre avenidas amplias y agrupaciones que no faltan a su cita. En Argamasilla la música encuentra su eco entre barrios que se vuelcan cuando llega febrero. Son algunos de los nombres que suman, algunos de los muchos pueblos de Ciudad Real que entienden el Carnaval como parte de su identidad y tradición.
Los desfiles avanzan despacio, acompañados por metales que rebotan contra las fachadas. El confeti se pega a los abrigos y los niños y niñas intentan seguir el paso de cada carroza. Hay disfraces elaborados durante meses y otros improvisados con ingenio, pero todos forman parte de la misma corriente que recorre las calles.
Madres que sujetan estructuras, padres que vigilan que nada se descosa, abuelos y abuelas que observan desde una esquina con una mezcla de orgullo y memoria. El comercio prolonga horarios y los bares acumulan conversaciones que analizan cada actuación con detalle. Es la calle en movimiento.
Las máscaras permiten decir en voz alta lo que durante el resto del año se comenta en voz baja. La sátira se cuela en letras y disfraces, apunta a la actualidad local y provoca risas que tienen algo de reconocimiento. El humor manchego aparece en frases breves, en gestos medidos, en esa forma de ironizar sin necesidad de levantar la voz.
Después, en un suspiro, llega el momento de recoger. Las carrozas regresan a las naves, los trajes se guardan en fundas y la plaza amanece con restos de serpentinas pegadas al suelo. La pregonera atraviesa el mismo espacio donde habló días antes y escucha sus propios pasos sobre la piedra. Se cruza con alguien que ya piensa en el próximo año, en lo que se podría mejorar, en el disfraz que aún no ha tomado forma.
El Carnaval en La Mancha se repliega entonces con la misma naturalidad con la que llegó. La rutina vuelve a ocupar las calles, el frío sigue presente y las luces se apagan a su hora. Queda la sensación de haber compartido algo que va más allá del desfile y del disfraz, una manera de reunirse y reconocerse que cada febrero encuentra su lugar en la llanura.
