Nota del Día: Y volaste libre. Hasta siempre.
"Quisiera que tu voz fuera tan fuerte", que abriera las puertas de los sitios aún cerrados

La libertad que cantó sigue pidiendo espacio para volar / #Tintamanchega

by | Dic 11, 2025 | #Manchacultura

Mientras se apagan voces irrepetibles, también se apagan salas, cafés y espacios donde podría nacer la siguiente. El adiós de Robe Iniesta vuelve a recordarnos algo urgente: No dejar cerrarse lo que da vida.

La muerte reciente de dos figuras del rock español; Jorge Martínez, líder de Ilegales, y Robe Iniesta, voz y pluma en Extremoduro; ha sacudido a varias generaciones que crecieron con sus voces, sus guitarras y su manera especial de decir las cosas.

No hacía falta ser fan para sentir respeto y admiración; bastaba con reconocer que su música formaba parte del paisaje emocional del país.

Para mí, como en muchos casos, hemos cantado alguna vez un verso de Extremoduro, incluso sin sabernos la discografía entera. Estaba ahí: En un bar, en un coche, en una noche cualquiera. Era parte de nosotros.

Y hoy, con la pérdida que suponen para el mundo de la cultura, vuelve a resonar en los medios, entre palabras y recuerdos, algo que Robe dijo hace ya más de una década, cuando recogió la Medalla de Extremadura.

No pidió homenajes, ni halagos, ni un monumento. Pidió «lo que le tocaba», algo tan simple y tan difícil como más locales de ensayo, más salas de conciertos, más espacios donde los jóvenes pudieran crear. “No voy a pedir una utopía”, dijo entonces. Y, sin embargo, en España seguimos tratándolo como si lo fuera.

La verdad es incómoda: En demasiadas ciudades no hay un solo espacio digno y accesible donde un grupo pueda ensayar sin molestar al vecindario, ni donde un cantautor pueda probar repertorio, ni donde un adolescente pueda descubrir si la música será su refugio o su destino.

Vivimos en un país que presume de festivales internacionales, pero ignora el semillero. Admiramos a los artistas cuando ya han triunfado, pero les damos la espalda cuando más nos necesitan: Al principio.

Mientras tanto, los pueblos y las ciudades, especialmente las medianas y pequeñas, ven marcharse a su talento joven porque para crear hay que irse a Madrid, a Barcelona, a Valencia o a cualquier sitio donde todavía queden locales abiertos y salas que programen sin miedo.

La cultura se concentra donde ya existe, mientras el resto del territorio se resigna a sobrevivir con fiestas puntuales y programaciones esporádicas, sin un tejido continuo que permita crecer a nadie.

Eso es lo que Robe Iniesta vio con claridad. Por eso pidió lo que pidió. Y quizá su despedida sea precisamente el momento para volver a escucharlo.

Un local de ensayo no es solo un cuarto con paredes acolchadas o con una doble altura, o un espacio que prestarle a un ‘grupo de motivados para que se entretengan un rato’. Es un laboratorio de identidad, un refugio emocional, un espacio donde se equivocan los futuros músicos del país.

Una sala de conciertos, o de lo que sea, no es solo un escenario. Es un punto de encuentro, una escuela de ciudadanía, un escaparate para quienes no tienen otro. Y la cultura no es solo ocio. Es arraigo, oportunidades, dignidad y horizonte.

Al igual que la voz de Extremoduro pedía para su región, Ciudad Real y el resto de España necesitan una política cultural que no se limite a cortar cintas ni a inaugurar “macroeventos”, sino que apueste por lo invisible: Por los grupos que aún no existen, por los que están empezando, por los que nunca serán famosos pero dan vida a sus barrios.

Necesitamos municipios que habiliten espacios públicos para ensayar, que cedan edificios infrautilizados, que apoyen (y no dejen cerrar) a las salas que resisten, que comprendan que la música, las artes, la cultura, son un servicio público tanto como una biblioteca o un polideportivo.

Quizá ese sea el mejor homenaje que podamos hacer. No una estatua, ni un documental, ni una placa conmemorativa. El legado de Robe y el de tantos músicos y artistas que nos han acompañado debería ser convertir su petición en realidad: Que nadie tenga que dejar de crear por falta de sitio donde hacerlo.

Porque las artes, como la vida, empiezan en un cuarto pequeño donde alguien se atreve a hacer ruido. Y si queremos que haya nuevas voces, nuevos himnos y nuevas maneras de contarnos, debemos asegurarnos de que ese cuarto exista.

Ese es el homenaje que importa. Ese es el homenaje que todavía está por hacer.

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