Rudolf Höss, comandante de Auschwitz: confesiones antes de ser ejecutado
Condenado a muerte en 1947, Rudolf Höss dejó por escrito unas confesiones que revelan cómo los verdugos justificaron sus crímenes

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by | Dic 17, 2025 | #Manchacultura

Ejecutado en el mismo campo que dirigió, Rudolf Höss dejó por escrito una confesión sin culpa. Este artículo aborda Auschwitz, Núremberg y la escritura del verdugo frente a la memoria de las víctimas.

Imaginad al comandante de Auschwitz detenido, sabiendo que muchos de los suyos se dirigen hacia la libertad escondidos o protegidos, mientras que otros ya están muertos. Él, en cambio, sabe que será ejecutado en la horca.

Y, sin embargo, Rudolf Höss no confesó por arrepentimiento. Nada en sus palabras apunta a una asunción moral del crimen. Confesó cuando ya no tenía nada que perder, cuando él caía y sabía que otros no lo harían.

Los juicios de Núremberg

El 20 de noviembre de 1945 comenzaron en la ciudad bávara de Núremberg los juicios por los crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad que habían cometido los nazis.

Banquillo de los acusados de los Juicios de Núremberg / Fotografía de elaboración propia. ©Memorial de los Juicios de Núremberg

Los grandes líderes no estaban allí, ni lo estarían nunca. Hitler, Goebbels y Himmler se habían suicidado. Otros lograron huir, y es posible que muchos consiguieran vivir hasta la vejez bajo identidades falsas.

Algunos incluso fueron reclutados por las fuerzas de los países victoriosos para trabajar con ellos, como por ejemplo Reinhard Gehlen, antiguo jefe de inteligencia militar del Tercer Reich, o Klaus Barbie, miembro de la Gestapo —policía alemana nazi—.

Los que sí fueron juzgados trataron de defenderse acusándose entre sí y alegando, como ha quedado grabado para la posteridad, que solo “estaban siguiendo órdenes”. Finalmente, solo una parte de los implicados pagaría por sus crímenes, siendo condenados a muerte y ejecutados.

Uno de ellos fue Adolf Eichmann —responsable de la Solución Final—. Aunque quince años más tarde, una operación del servicio secreto israelí lo capturóen Buenos Aires, donde había vivido escondido bajo la identidad falsa de Ricardo Klement.

La autobiografía de Rudolf Höss

Tras ser detenido por las fuerzas británicas al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Rudolf Höss fue encarcelado y obligado a escribir sus memorias, que más tarde se publicarían como el libro Yo, comandante de Auschwitz.

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No parece que la tarea le resultara especialmente difícil. Höss escribe con fluidez y sin grandes resistencias, quizá porque para entonces intuía que ya no tendría que seguir obedeciendo órdenes: el régimen había caído y sus superiores ya no estaban.

Ante las matanzas —incluidas las de niños—, Höss intenta justificar su papel asegurando que “habría preferido desaparecer”, pero que no se le permitía ni siquiera mostrar compasión. Dado que nadie lo obligó a aceptar el cargo de comandante, este tipo de afirmaciones suenan más a un intento de autoexpiación que a una asunción real de responsabilidad.

No es difícil detectar en sus palabras un esfuerzo constante por despertar la compasión y el entendimiento del lector. Sus memorias se abren con una evocación de su infancia y del respeto que sus padres le inculcaron “hacia los adultos, en especial hacia las personas ancianas, independientemente de su condición social”.

Incluso alguien que había visto con sus propios ojos —y ordenado— asesinatos en masa, negó las cifras del exterminio. Para Höss, dos millones y medio de víctimas era una exageración, pues la capacidad de exterminio “tenía sus límites”, atribuyendo esas cifras a las “fantasías” de los antiguos reclusos.

Del mismo modo, se mostraba tranquilo ante el uso del gas, al considerar que evitaba los “baños de sangre” de los fusilamientos y que, según él, ahorraba “la angustia hasta el último momento”.

Yo, comandante de Auschwitz

Las memorias de Höss no revelan demasiados hechos desconocidos. Más bien construyen una justificación constante de su propia conducta. “El Führer siempre tenía razón”, escribe, dejando claro que obedecer era su modus operandi.

Höss se presenta como una pieza más del engranaje, alguien para quien salir del sistema una vez dentro era casi imposible. Cualquier iniciativa personal que se desviara de las órdenes “de arriba”, asegura, no estaba bien vista.

Resulta especialmente revelador el modo en que expresa su supuesto arrepentimiento por haberse unido a las SS. No lo lamenta por las consecuencias de sus actos, sino porque su vida y la de su familia habrían podido ser más sencillas y satisfactorias, aunque menos lujosas.

Según él, su ideología nacionalsocialista le hacía ver necesarios los campos de concentración, aunque afirma haber estado en desacuerdo con el trato a los prisioneros, con quienes dice poder empatizar. Una empatía y preocupación que, sin embargo, nunca se tradujo en desobediencia.

En conjunto, Höss intenta presentarse como un gestor absorbido por cuestiones logísticas, casi ajeno a los asesinatos, atrapado entre órdenes superiores y la indisciplina de quienes debía mandar.

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Leer las memorias de Rudolf Höss es una experiencia tan exasperante como reveladora. No porque permitan comprender o justificar lo ocurrido, sino porque muestran hasta qué punto los verdugos llegaron a creerse sus propios argumentos. Y cómo, incluso después de la derrota, la escritura podía servir no para asumir la culpa, sino para distorsionarla.

Un crimen sin justicia

Ni las (pocas) condenas, ni las indemnizaciones, ni el proceso de desnazificación de Alemania fueron un final justo. No lo fue, sobre todo, para las víctimas y los supervivientes.

El superviviente Elie Wiesel asegura que, cuando los campos de concentración fueron liberados, la mayoría solo pensaba en “el pan”. Y añade que, incluso tras saciar el hambre y las necesidades básicas de las que habían sido privados durante tanto tiempo, “nadie pensó en la venganza”.

Sin embargo, otros supervivientes como Jean Améry, sí que consideraron la “satisfacción” de ver presos a sus verdugos, o de que pagaran por sus crímenes. Para el superviviente Eddy de Wind solo había un final posible para ellos: la muerte, ya que nunca se arrepentirían de forma sincera.


“Como el llanto de los niños que arrojáis vivos a las llamas, así la verdad os golpeará”, escribió Charlotte Delbo.


La mayoría de los supervivientes terminaron por “vengarse”, pero a su manera. Lo hicieron escribiendo lo que habían vivido para que el mundo conociera la verdad de los hechos.

Una verdad que muchos de los acusados intentaron tergiversar y negar de forma sistemática durante los juicios.

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