DivagArte: Mis malditos favoritos. Cuarta y última parte: el españolEn esta cuarta y última entrega quiero declarar mi amor hacia Leopoldo María Panero. Un auténtico maldito en todos los sentidos, mariquita y perdido, desgraciadamente para él

DivagArte: Mis malditos favoritos. Cuarta y última parte: el español
En esta cuarta y última entrega quiero declarar mi amor hacia Leopoldo María Panero. Un auténtico maldito en todos los sentidos, mariquita y perdido, desgraciadamente para él

Leopoldo María Panero, madrileño como yo, es un poeta con muchas mayúsculas. Pero sufrió muchísimo en su vida. ¿Quiere esto decir que su obra poética no sería igual sin su pesada carga de malditismo? Pues probablemente no sería igual, pero habría sido otra obra poética de igual valor literario. Habría escrito poemas distintos, pero preñados de la misma genialidad.

Hay más poetas «malditos» españoles. Recuerdo a Eduardo Haro Ibars, pero no lo tengo leído como a Panero. Eduardo Haro Ibars era hijo del afamado y respetadísimo crítico de teatro en el diario El País durante más de diez años, Eduardo Haro Tecglen.

Hubo una historia entre Eduardo Haro (hijo) y Leopoldo María (hijo). No sé si fue solo sexual o más allá, amorosa… pero Eduardo y Leopoldo María se amaron a ratos.

Los Panero… agarraos bien al asiento

Leopoldo María Panero es una figura excelsa del poemario español. Lo que pasa es que también es el objeto de la diana del malditismo patrio. Y es cierto por un lado… pero es injusto por otro. Aquí voy a abrir un paréntesis en la fascinación que nos puedan producir los malditos. Y me pongo muy serio.

Leopoldo María Panero hereda una carga intelectual enorme. Fue hijo, hermano, sobrino y primo de poetas… ¡ahí queda eso!… ¿La genialidad es genéticamente hereditaria?, me pregunto asombrado.

Su padre, Leopoldo Panero, fue un conocido republicano izquierdista en los años treinta, pero por truculencias de la época y por cómo evolucionaba la guerra civil, acabó afiliándose a Falange y ya quedó encuadrado en el bando sublevado, ostentando cargos de importancia cultural en el ámbito franquista.

El ambiente en el que vivió Lepopoldo María era ambivalente. Por un lado, las visitas de las autoridades franquistas utilizando a su padre como intelectual oficial del régimen –algo de lo que no andaban sobradas– y por otro, las visitas de los amigos poetas y escritores de su padre. En ese caldo de cultivo, extraño, Leopoldo María se resbalaba hacia el lado de la izquierda desde joven –ayudado por su hermano mayor José Luis, también poeta, que militó en el Partido Comunista de España–. Y Leopoldo María acabó por ingresar en prisión por sus actividades izquierdistas.

1 Panero en el documental de Chávarri de 1976 y en 2013 en Las Palmas de Gran canaria. Bajo licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 4.0 International

Con poco más de veinte años ya era un reconocido poeta –encuadrado en el grupo de los «Novísimos»– y jugueteó con las maneras «hippies» de vivir de la época, incluidas las drogas y el alcohol. Y dicen que ese cóctel y cúmulo de circunstancias hizo que Leopoldo María fuera diagnosticado de esquizofrenia e ingresado en un psiquiátrico, que terminó por ser su hábitat permanente hasta su muerte. Parece ser que esos brotes de esquizofrenia aparecieron por primera vez después de su estancia en la cárcel, aunque no me consta que esté documentado.

Abandonó la cárcel en los Setenta, pero no los psiquiátricos. Al principio entraba y salía, pero a partir de los finales de los Ochenta, con solo 40 años, se ingresó permanentemente en el psiquiátrico de Arrasate/Mondragón (Gipuzkoa). Sin embrago, fue un autor prolífico, escribiendo una gran cantidad de poesía y ensayo.

En 1976 el productor cinematográfico Elías Querejeta y el director de cine Jaime Chávarri (Las bicicletas son para el verano, Las cosas del querer…) filmaron un documental sobre la familia Panero tras la muerte del padre. En ese documental participaban Leopoldo María; su madre, Felicidad Blanc y sus hermanos José Luis y Moisés –«Michi»– y desde el comienzo se puede observar cómo la familia Panero era una familia de personalidades fuertes, excéntricas y muy críticas con cada uno de sus miembros. Casi todos contra todos –solo se atisba cierta cercanía entre los hermanos Leopoldo María y Michi–.

[El documental El desencanto de Jaime Chávarri se puede ver en Amazon Prime Video, con suscripción].

Abundan los reproches de los hijos contra su madre, y de su madre contra sus hijos, agrias discusiones entre hermanos… alusiones a relaciones bisexuales del padre de los Panero con ciertos amigos que se reunían en la casa y en donde la madre tenía prohibida la entrada… Todo enmarcado en un cargado ambiente sombrío y triste en torno a la tétrica casa familiar en Astorga (León) donde la oscuridad de esos enormes muebles castellanos en habitaciones inmensas y frías no hacían sino encerrar a sus habitantes en un círculo vicioso de languidez y depresión.

Felicidad Blanc y Michi Panero, en el documental de Chávarri del 76

En un momento del documental, Leopoldo María reconoce delante de su madre y de sus hermanos que en sus primeras estancias en los psiquiátricos practicaba felaciones a otros pacientes masculinos a cambio de un paquete de tabaco. ¿Os imagináis la reacción del resto de su familia? Pues no. No os la imagináis porque apenas hubo reacción, salvo apenas una mueca de la madre, quizá lamentando que Leopoldo María desvelara esa escena delante de una cámara, más que de dolor por el sufrimiento de su hijo.

Quizá soy demasiado duro con ella –y me disculpo si lo recuerdo de este modo y lo recuerdo de manera injusta– pero fue la sensación con la que me quedé.

Y a partir de ese momento, el aura de «maldito» de Leopoldo María se extendió a su alrededor y ya no le abandonó jamás, llegando a puntos donde el público asistía a sus conferencias con verdadera fascinación por el personaje pero no por su obra; con curiosidad morbosa y hasta con ganas de que se produjera algún altercado o salida de tono que poder contar a los amigos culturetas. Y, en verdad, se producían alguna que otra vez.

En cierta ocasión, en una conferencia, Leopoldo María salió al escenario y, mosqueado por vete a saber qué cosa, exclamo: “¡esto es una puta mierda!”. Y la reacción del público fue de alborozo, aplausos y vítores porque había presenciado –como se esperaba– una salida del tiesto del gran poeta maldito y excéntrico Leopoldo María Panero.

Lamentable.

José Luis y Michi Panero discutiendo agitadamente en el documental de Chávarri del 76

Casi veinte años después, en 1994, el director de cine Ricardo Franco (La buena estrella, Pascual Duarte…) filma el documental Después de tantos años, que viene a ser una segunda parte de El desencanto, tras la muerte de la madre, Felicidad Blanc… fue un paralelismo afortunado en el sentido de que el documental de Chávarri se filmó tras la muerte del padre. Y en esta segunda parte –la de Ricardo Franco– Leopoldo María, José Luis y Michi comentan cómo han pasado esas últimas décadas, desde la muerte del padre hasta la muerte de la madre.

En una visita a la casa familiar de Astorga se evidencia la decadencia absoluta de los Panero porque ese enorme caserón de piedra ha quedado destruido, derribado, desaparecido, reducido a la mínima expresión de unas ruinas.

Solo queda una pequeña parte del muro exterior de piedra de la casa que no levanta más de dos palmos de altura. Ha desaparecido la fachada, las habitaciones, los pasillos, los muebles, los enseres, quizá expoliados por paisanos ávidos de riqueza o por peregrinos del malditismo en busca de un «souvenir» que llevarse a casa, como quien esconde una tesela de un mosaico del palacio de Trajano en Roma. Es que ni siquiera quedan los muros interiores de ladrillo, que quizás estarán ahora prestando servicio como pared de alguna cuadra de vacas.

Después de recuerdos y lamentos –de cada uno de los hermanos por separado– se establece una cita de los tres en el cementerio de Astorga (no en un restaurante, o un bar… ¡en el cementerio!). A esa cita no acude José Luis y solo se reencuentran Leopoldo María y Michi –que fueron quienes más afinidad tenían, si es que se puede hablar de afinidad o cariño entre los Panero–. Y se reencuentran sin abrazo ni apretón de manos.

Eso sí, Leopoldo María dibuja una sonrisa extensísima en su cara, tierna, preciosa, encantadora, adorable… cuando ve a su hermanito pequeño, que ya peina canas.

Esa sonrisa de Leopoldo María no se me olvidará jamás. Solo por esa sonrisa lo amé. Me llegó tan adentro, me conmovió de tal manera que vi en esa sonrisa una redención del poeta maldito y me lo llevé en el corazón como una persona entrañable, para ofrecerle un ventrículo de mi corazón a modo de cuna, de camita, de refugio eterno, hasta que mi vida se extinga.

Michi Panero, en el documental de Chávarri del 76

Perdonadme si estas páginas quedan salpicadas y marcadas por mis lágrimas que disuelven y emborronan partes de esta #Tintamanchega con la que escribo para vosotras, las personas de corazón palpitante y cálido. Pero es que me invade la ternura, el amor, la admiración, el respeto y la cercanía hacia una figura maltratada por la vida y por la historia.

Aunque no por la literatura, porque en ese excelso mar de palabras, Leopoldo María Panero navegará con rumbó poderoso a través de los tiempos y para siempre. Esa es su venganza:

El loco

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.

Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.

Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.

He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.

Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».

He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.

He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie nunca nos absuelva.

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Ya sé que esperabais la segunda entrega de los Malditos Franceses, pero voy a ir alternando ese tema con este que abro hoy, para hacer más variada esta columna. Necesito situarme en esta primera entrega en el movimiento del comic underground estadounidense porque son los más influyentes, porque ya sabéis que el poder de expansión y contagio de la cultura yanqui es ineludible y determinante.

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