DivagArte: Mi (real) movida madrileña (y las demás). Parte 1Qué fue la Movida madrileña, qué no... en dónde influyó y qué quedó de ese impulso cultural tan nombrado y admirado

DivagArte: Mi (real) movida madrileña (y las demás). Parte 1
Qué fue la Movida madrileña, qué no... en dónde influyó y qué quedó de ese impulso cultural tan nombrado y admirado

Estaba tardando yo en hablar de la Movida madrileña. Después de contenerme durante dieciocho entregas de esta columna de DivagArte, no me queda más remedio –es que el cuerpo me lo pide– que echar una visual a esa época de mi vida y de quienes vivían a mi par. Sobre ese movimiento cultural que ayudó a forjar la España que conocemos hoy.

Mis coetáneos y paisanos con memoria recordarán que lo que se dice de aquello llamado “La Movida madrileña” se queda corto. Porque se salta lo de antes. Alaska no fue el principio, ni de lejos, ni de coña, ni por asomo.

A finales de los años setenta este país salía de una larguísima noche de fascismo, dictadura y oscurantismo. Quizás –no lo sé– en Madrid se produjeron los primeros avances, pero los ecos y su influencia afectaron al resto del Estado y tuvieron repercusión en toda Europa. Numerosos cancilleres extranjeros, presidentes y presidentas de gobiernos, agregados culturales, emisarios políticos y personajes públicos de la cultura que llegaban al aeropuerto de Barajas preguntaban nada más bajarse del avión: “¿qué es eso de la Movida?”.

La Gran vía de Madrid en los últimos años setenta, durante la movida, Foto de Paolo Monti-Ser-vizio fotografico con licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International

De las ganas que teníamos de descubrir el mundo en aquellos años ya os he hablado en otras entregas de esta columna de DivagArte, en la que escribo de mis recuerdos de vida, de otra manera de enfrentarse al mundo y de la reacción a la explosión natural de la cultura –que siempre se produce– para abrirse camino, se pongan como se pongan los dictadores y sus adláteres nefastos.

He titulado esta columna como “Mi (real) movida madrileña” porque la viví yo in situ… por eso digo que es mía también. Y porque es lo que realmente sucedió… por eso digo que es real.

Luego, hubo mucha literatura al respecto, pero llegó tarde. En aquellos tiempos no había ni redes sociales digitales ni la inmediatez informativa era tan automática. En aquél entonces, la prensa tardaba mucho más en reaccionar a fenómenos socioculturales. En aquellos años, los reguetoneros como Bad Bunny no se habrían comido ni una rosca porque esa manera que tienen de cantar, como bostezando, no habría tenido ni la exposición pública ni el eco que han tenido en los últimos tiempos.

El cine San Pol, sede del Cinestudio Griffith, es hoy un teatro infantil

En mi artículo sobre el Cinestudio Griffith podéis comprobar que la escena cultural alternativa al régimen franquista se manifestaba en Madrid desde finales de los sesenta, durante todos los setenta… y sí, claro, ¡cómo no…!, también llegó hasta los ochenta. Y bastante deprisa. Había iniciativas culturales alternativas y rompedoras en cada barrio y, si me apuráis, en cada calle de los Madriles. Pero ya os digo que esto no se centra solo en Madrid. En Barcelona nació la “moguda” (traducción literal de “movida”) y en otras partes (Valencia, Sevilla, Bilbao, Málaga…) surgían iniciativas de todo tipo al amparo y bajo el paraguas de la Movida de mi ciudad.

El caso es que este país se llenó de una efervescencia cultural maravillosa que nos hizo disfrutar de otra mirada y otra manera de vivir. ¡Gloria a eso…!

Lo del golpe de Estado y sus consecuencias

Me incorporé a la “mili” a finales de 1980. Fui soldado, por obligación, durante 1981. Entonces ni existía ni se estilaba eso que luego se llamó la “objeción de conciencia”. Me tocó el golpe de Estado de Tejero de manera directa porque el cuartel donde yo estaba era golpista por pertenecer a la Séptima Región Militar que manda­ba el teniente general Ángel Campano López, que parece ser que fue socio del teniente coronel Tejero y del general Armada en el pronunciamiento militar contra la democracia. Durante ese período militar, mi padre desarrolló un cáncer de pulmón y terminó sus días de mala manera, sufriendo mucho.

Bueno… dejo esto aquí, porque me duele. Pero lo cuento porque sí que refleja la inmediatez de los aconteci­mientos que se produjeron en unos pocos años. Pasamos, en tan solo un lustro, del franquismo –y de los obstinados esfuerzos por revivirlo– a la incipiente democracia. De esa democracia balbuceante y tímida, al golpe de Tejero. Y del golpe militar a la consagración de la Movida… aunque había nacido años antes y se veía que la sociedad española iba por un lado muy diferente al de las élites gobernantes. Quizás por eso también se aceleró el golpe de Tejero. Porque se veía desde años antes que se avecinaban cambios en la sociedad.

Y, como os cuento, para ese momento la Movida madrileña ya se había manifestado con claridad unos años antes. Como podéis comprobar en mi entrada del Cinestudio Griffith y tantísimas otras iniciativas cultura­les, la Movida se venía pergeñando desde lejos –los años setenta– en un caldo de cultivo alternativo que eclosionaba y explosionaba bajo las mismísimas barbas del franquismo residual que aún campaba por sus respetos en esta pobre España tan maltratada.

Pero claro, la actualidad estaba muy mediatizada por los medios –permitidme la redundancia– de comunica­ción. Y cuando estos se quisieron dar cuenta, el movimiento ya existía desde lejos. Había cientos de locales en Malasaña, en Lavapiés, en Vallekas, en Villaverde o en Carabanchel. Y en el barrio de Prosperidad –la famosa y mítica “Prospe”–, en la Elipa o en Hortaleza… que ofrecían espacios para la música, para la literatu­ra, el teatro, y para la discusión y el debate…

Y sí, es verdad… Alaska y los Pegamoides, Alaska y Dinarama y sus otras versiones estuvieron bien. Son autores de canciones icónicas y su frontwoman o leadsinger (cantante principal) Alaska merece reconoci­miento por amadrinar la sala Rock-Ola.

Alaska, durante los 80

Pero yo nunca estuve en el Rock-Ola. Jamás. Ni un puto día. Ni un ratito. Y mi círculo o mi entorno, tampo­co. Y éramos tan miembros de la Movida como cualquier otro. La prensa decidió centrarse en Alaska y su entorno más circular, y parece que lo demás no existió. Pero eso fue a causa de la torpe inmediatez mediática de la época. Era más fácil centrarse en una persona o un grupo que en todo un movimiento social que iba a obligar a la prensa a bucear y escudriñar en los entresijos de ese fenómeno cultural de tantísimo recorrido y amplitud, y que nos va a obligar a cercenar este tema en dos entregas, para abarcar todo lo que significó.

Como no quiero que se me tache de enemigo de Alaska, voy a citar algunas de sus canciones que me encantaron y que, todavía hoy, me siguen haciendo mover el pie, cuando las escucho, aunque yo no soy de su cuerda. Yo soy de rock progresivo (como pudisteis comprobar en esta serie de mis artículos), de psicodelia y de hard rock, ya lo sabéis. Pero aún así, reconozco el poder de enganche con la gente de canciones como «Rey del Glam», «Ni tú ni nadie», «A quién le importa», que se convirtieron en himnos.

Es verdad que detrás de todo eso había alguien apellidado “Berlanga” que componía las canciones. Pero eso es otra historia. Cantar, lo que se dice cantar, me parece a mi que Alaska no ha cantado nunca jamás. Pero ni falta que le hacía. Conectaba con la peña y con eso bastaba. Con esa voz grave y ese movimiento de su pierna derecha, que era el único adorno físico a lo que cantaba. Lo que vino después con su besuqueo y apoyo a la derechona rancia… pues me ahorro el comentario.

Un poquitín de historia (rápida): la noche madrileña desde el siglo XVIII

Las noches de Madrid han sido destacadas por su actividad y bullicioso calor desde antiguo. De hecho, la calle Cuchilleros de Madrid, muy cerquita de la Plaza Mayor, alberga al restaurante más antiguo del mundo, Casa Botín. Se abrió en 1725 para dar de comer y cenar a los madrileños y madrileñas que salían a darse un garbeo por el centro de la ciudad para pasar una buena noche.

Por otra parte, el insigne maestro y compositor musical barroco Luigi Boccherini (1743-1805) se trasladaba a España en 1768, con tan solo 25 añitos, bajo la protección del jovencísimo rey Carlos III y el mecenazgo de la Duquesa de Osuna. Y no abandonó esta ciudad hasta su muerte. Aquí desarrolló toda su magnífica carrera.

Luigi Boccherini y la duquesa de Osuna y condesa de Benavente, mecenas y protectora cultural, pintada por Goya. Imagen libre de derechos

Coincidió (no en el tiempo, pero si en la ciudad de Madrid) con mi tocayo Carlo Farinelli, el cantante castra­do (“castrato”) que interpretaba piezas musicales con voz femenina… por lo adolescente de su edad al ser castrado y no experimentar el crecimiento hormonal masculino que nos hace cambiar la voz en la pubertad a los machos humanos.

Y es que, en toda Europa, a los jovencitos que tenían una buena voz se acostumbraba a castrarlos en la puber­tad para que nunca abandonaran ese tono agudo maravilloso que los hacía únicos y que tantos éxitos recaudaba a costa de esa terrible tara provocada cruel y artificialmente por la cultura de la época. No quiero ni imaginar cómo se castraba a un hombrecito de voz angelical antes del desarrollo pleno de la anestesia… ¡Se me arruga el ombligo solo de pensarlo!

Aunque no coincidieron en sus círculos cortesanos –porque Farinelli se marchó de Madrid antes de que llegara Boccherini– este último sí que fue informado de las actividades de su compatriota en la corte de Felipe V, cuando el castrado recorría el río Manzanares en una barcaza cantando, apoyado por una orquestina, canciones maravillosas para entretenimiento de los y las madrileñas que se arremolinaban en la orillas del río en las noches de verano.

Lascia ch’io pianga es un aria de Georg Friedrich Händel (1685-1759) compuesta originalmente para su ópera Almira, reina de Castilla y después trasplantada a su ópera Rinaldo, que perfectamente podría haber cantado el castrado Farinelli, en su barcaza sobre el Manzanares, para animar las noches madrileñas.

Y si no fue esta –porque yo no estuve allí– sería alguna pieza de similar poderío. Esta versión de Heandel que os ofrezco está cantada por Philippe Jaroussky, que no es un castrato –¡para su bien, alegría e integridad física!–, sino alguien que ha conservado milagrosamente ese tono de voz.

Imaginad el efecto que ejercía en los madrileños y madrileñas que, sentados en las praderas de las riberas del río del Manzanares, iluminadas por antorchas durante ese siglo XVIII, escuchaban esas voces pasar en una barcaza bajando el curso del río, creando un clima maravilloso y mágico. Se trata de una cortita canción de suplica de libertad. Nada más hermoso. La traducción podría ser algo así (disculpad mi torpe traducción del italiano):

Déjame llorar mi rudo destino

¡Y que suspire la libertad!

¡Y que suspire!, ¡y que suspire…

…la libertad!

Déjame llorar mi destino rudo

¡Y que suspire libertad!…

…el dolor de estos retorcidos márgenes de mis mártires,

¡solo por compasión!

Dando un pequeño saltito, y viendo que las noches madrileñas erupcionaban de bullicio y alegría, Luigi Boccherini compuso esta maravillosa pieza (cortita, a modo de canción) que tituló “La música nocturna de  Madrid”. Fijáos que “españolaza” suena, ¡viniendo de un italiano…! Se diría compuesta un siglo después por Falla o Albéniz… pero no: fue escrita cien años antes por un genio del Barroco, influido por las noches del Madrid de su tiempo.

Así que la movida nocturna madrileña tiene sus raíces bastante profundas. Trescientos años hace que esta ciudad comenzara a vibrar de emociones y placeres culturales.

También hay que recordar los primeros años del siglo XX, hasta la Guerra Civil española. Y la Residencia de Estudiantes con elementos asiduos en estancias, actividades y encuentros como García Lorca, Dalí, Buñuel, Alberti, Falla, Unamuno… La Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de señoritas, las Sinsombrero, El Ateneo de Madrid, las vanguardias cubistas o surrealistas…

Pero toda esta libertad creativa y creadora de cultura y la ebullición del pensamiento quedó cercenada con la Guerra Civil.

Y lo que vino después del franquismo lo vamos a pausar aquí, en esta entrega, que bastantes alegrías y place­res nos ha aportado, y ya nos centraremos en la Movida que vivimos en nuestro tiempo, en la siguiente entrega de DivagArte.

DivagArte: El rock progresivo o rock sinfónico de los setenta. Parte 2.Una nueva manera de resolver la música popular a través de músicos clásicos de primera magnitud

DivagArte: El rock progresivo o rock sinfónico de los setenta. Parte 2.
Una nueva manera de resolver la música popular a través de músicos clásicos de primera magnitud

Como leísteis en la primera entrega del Rock progresivo británico, los ingleses abrieron este camino. Pero como la música en general y el rock en particular nunca han conocido fronteras, esta corriente influyó a un buen puñado de grupos en nuestro país que se mostraba sin timidez, con descaro y cierto buen hacer al público españolito.

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