Hablar hoy de tradición en La Mancha exige una delicadeza que no siempre acompaña al debate público. Con demasiada frecuencia, el término aparece reducido a imagen, a superficie, a un conjunto de signos repetidos en fechas señaladas y luego devueltos al almacén del olvido. Sin embargo, la tradición no es un objeto que se exhibe ni una herencia que se acepta a ciegas. Es, ante todo, una forma de conocimiento: Un saber acumulado que explica cómo una comunidad ha aprendido a habitar un territorio, a nombrarlo y a reconocerse en él.
En La Mancha, ese saber no vive únicamente en los archivos ni en los museos etnográficos. Persiste en los gestos cotidianos, en la manera de celebrar y de trabajar, en los silencios compartidos y en los relatos transmitidos sin solemnidad. Conocerlo resulta imprescindible para quien quiera vivir la identidad manchega con honestidad intelectual, incluso cuando no se está de acuerdo con todo lo heredado. No hay distanciamiento crítico posible sin conocimiento previo, ni revisión legítima sin memoria.
La tradición no reclama obediencia, pero sí atención. Ignorarla empobrece el presente; idealizarla lo vuelve irrespirable. Entre ambos extremos se abre un espacio fértil donde la cultura popular puede seguir cumpliendo su función más profunda: Ofrecer continuidad sin negar el cambio. Porque ninguna tradición auténtica ha permanecido intacta. Lo que hoy se presenta como inmutable fue, en su origen, una respuesta concreta a un tiempo concreto. Comprender ese proceso histórico permite discernir qué elementos conservan sentido y cuáles pertenecen a un contexto que ya no existe.
La identidad manchega no es un catálogo cerrado. Se construye en diálogo constante entre generaciones, en una negociación silenciosa entre lo que permanece y lo que se transforma. Conocer la tradición permite participar en ese diálogo sin estridencias ni rupturas artificiales. También permite asumir que no todo lo heredado debe ocupar el mismo lugar en el presente. Hay prácticas, símbolos y relatos que cumplen hoy una función distinta a la que tuvieron; otros han dejado de tenerla. Reconocerlo forma parte de una madurez cultural necesaria.
Resulta significativo que buena parte del imaginario manchego siga orbitando en torno a una imagen fijada hace siglos. La sombra de Don Quijote de la Mancha, omnipresente y necesaria, ha contribuido a dotar al territorio de una proyección universal, pero también ha congelado ciertos rasgos en una estampa repetida. La Mancha real, la que se vive hoy, es más compleja y menos literaria, y precisamente por eso merece un relato que no la reduzca a símbolo ni la aparte del tiempo presente.
Actualizar la narrativa de la tradición no implica sustituirla por otra más cómoda o más rentable. Implica permitir que dialogue con las personas que hoy habitan este territorio, con sus preguntas, sus contradicciones y sus formas de vida. La cultura popular no se sostiene solo en la repetición, sino en la transmisión significativa. Allí donde no hay continuidad vital, donde los pueblos se vacían, donde las condiciones de vida se precarizan, la tradición corre el riesgo de convertirse en una representación sin comunidad.
En este sentido, la defensa de la tradición pasa también por la defensa del lugar. La identidad manchega no puede desvincularse de las condiciones materiales que hacen posible su existencia. La cultura no flota en el aire: Necesita tiempo, convivencia, arraigo. Sin personas que vivan y trabajen en el territorio, sin vínculos intergeneracionales, cualquier manifestación cultural acaba perdiendo densidad, por muy bien organizada que esté. La tradición sobrevive cuando forma parte de la vida cotidiana, no cuando se limita a ocupar un espacio en el calendario.
Hablar de tradición hoy exige, además, ampliar la mirada. La Mancha contemporánea está habitada por personas diversas, con trayectorias distintas, que se incorporan a una cultura que no siempre les resulta familiar. La tradición que se encierra sobre sí misma termina debilitándose; la que se comparte y se explica encuentra nuevas formas de continuidad. En ese proceso, la pedagogía cultural resulta tan importante como la celebración.
En el marco de Castilla-La Mancha, pensar la tradición como conocimiento compartido y no como dogma ofrece una vía para reconciliar pasado y presente sin dramatismos. Conocer lo antiguo permite habitar la identidad con conciencia, incluso cuando se decide tomar distancia de ciertos aspectos. Saber de dónde venimos no obliga a permanecer allí, pero sí a comprender el camino recorrido.
La tradición no necesita ser salvada, sino comprendida. Solo así puede seguir cumpliendo su función más valiosa: Ofrecer un lenguaje común desde el que pensar quiénes somos, no como repetición del ayer, sino como continuidad consciente en el tiempo.






