Nota del Día: Cuando el frío reúne a la gente alrededor del fuego
Platos humildes nacidos del campo, las gachas y las migas manchegas siguen reuniendo a generaciones enteras alrededor de un 'perolo' humeante

Un perolo, pan partido y tiempo en común / #Tintamanchega

by | Dic 14, 2025 | Sin categoría

Platos humildes nacidos del campo, las gachas y las migas manchegas representan una forma de estar juntos, de conversar, de desconectar y de mantener viva una tradición que convierte la comida en celebración y comunidad.

Hay platos que no se miden en gramos ni en tiempos de cocción, sino en recuerdos. En La Mancha, cuando el frío empieza a colarse por las rendijas de las casas y los días se acortan, las gachas y las migas manchegas regresan como lo han hecho siempre: Despacio, humeantes y pensadas para compartir. No son solo recetas tradicionales; son una forma de reunirse, de hablar y de sentirse parte de algo común.

Las gachas manchegas nacieron como comida humilde, ligada a la supervivencia de pastores y jornaleros. Con pocos ingredientes; harina de almortas, ajo, aceite y agua; se conseguía un plato caliente y contundente, capaz de alimentar a muchos. A su alrededor, lo que hubiera: Torreznos, chorizo, panceta, setas, incluso algún pimiento seco. Nada se desperdiciaba. El ‘perolo’ se colocaba en el centro con un buen pan de pueblo, y todos comían del mismo sitio, cuchara en mano o sin ella, sin jerarquías ni protocolos. Ese gesto, sencillo y antiguo, dice mucho de la manera de vivir manchega.

Hoy las gachas ya no responden a la necesidad, pero conservan su espíritu. Siguen preparándose en patios, cocheras, casas de campo o en celebraciones populares. El momento en que el ajo empieza a dorarse en el aceite, cuando la harina se va integrando poco a poco y el olor lo invade todo, marca un tiempo distinto. Se para el reloj. Alguien remueve, otro vigila el fuego, y siempre hay quien cuenta cómo las hacía su padre o su abuela, porque en La Mancha cada casa tiene su manera y todas son “la auténtica”.

Las migas manchegas comparten ese mismo origen humilde y comunitario. Surgieron como una solución ingeniosa para aprovechar el pan duro, especialmente en días de lluvia o cuando el trabajo en el campo llamaba a la hora de comer. Pan, ajo y aceite bastaban para levantar un plato que, bien hecho, se convertía en un auténtico manjar. Luego llegaron los acompañamientos: Uvas en temporada, sardinas saladas, chorizo, tocino… lo que hubiera a mano. Las migas no entienden de lujo, entienden de ingenio.

Preparar migas es casi un ritual y como buen rito, cada casa tiene el suyo. Primero se impregnaba el ambiente con olor a ajo, carne o setitas fritas. El pan se humedece con cuidado y se deja reposar, o se humedece a ‘manotazos’, dependiendo de la mano, y se va trabajando poco a poco en la sartén o el caldero, con paciencia. No se pueden hacer con prisas. Mientras se remueven, la conversación fluye: Del tiempo, del campo, de la familia, de lo que fue y de lo que es. Las migas, como las gachas, se comen mejor cuando hay ruido de fondo, cuando nadie mira el móvil y todos están pendientes del mismo centro de la mesa.

Desde que levanta el otoño, y ahora en Navidad con el pleno invierno, estos platos cobran un significado especial. Son días de reencuentros, de casas llenas, de volver al pueblo o de recibir a quienes llegan de fuera. En ese contexto, las gachas y las migas funcionan casi como un lenguaje común. No importa la edad ni de dónde venga cada uno: Todos saben cómo se comen y qué representan. Son un puente entre generaciones, una manera de transmitir memoria sin necesidad de explicarla.

Además, son platos que hablan de nuestra forma de entender la vida: La del compartir. Comer del mismo perol, esperar el turno, alargar la sobremesa al calor de la lumbre. En una época marcada por la prisa y las individualidades, estas comidas recuerdan que hubo, y aún hay, otra manera de sentarse a la mesa, más lenta y más humana.

Por eso, cuando en estos días fríos alguien propone hacer gachas o migas, en realidad está proponiendo algo más: Parar, reunirse, recordar. Está invitando a revivir una tradición que no necesita adornos ni modernidades para seguir teniendo sentido. Basta un fuego, un perol y buena compañía.

Porque en La Mancha, un plato caliente compartido es una forma de celebrar la vida.

NOTICIAS DESTACADAS

Social Media Auto Publish Powered By : XYZScripts.com