Puestos ya en perspectiva histórica con la primera entrega de esta serie, sabemos que los artistas y editores de cómic adulto españoles tenían, además de sus homólogos europeos, una clara referencia cultural de lo que se cocía en la gran máquina de tendencias que es la cultura estadounidense.
El underground españolito
En España, mientras, asistíamos al salto desde el «tebeo» tradicional para niños y adolescentes imbuidos de la casposa y rancia España de la época al cómic subterráneo, transgresor y gamberro. En nuestra infancia leíamos los llamados «tebeos», llamados así por la cabecera de esta revista publicada desde principios del siglo XX (1917), que aglutinaba a diferentes autores infantiles.

Además de TBO también se publicaban otras revistas como Tio vivo, Pulgarcito, DDT, Jaimito… donde aparecían personajes como Mortadelo y Filemón, Carpanta, El botones Sacarino, Zipi y Zape y otros muchos.

Igual que en Estados Unidos, estas revistas infantiles fueron la antesala al cómic adulto hispano, capitaneado por cuatro revistas: Totem, 1984 (que pasó a llamarse más adelante Zona 84) y Cimoc. En esas páginas los españolitos descubrimos autores consagrados de nivel internacional de la importancia de Moebius (con su maravillosa serie Arzak), Hugo Pratt (Corto Maltés), Guido Crepax (Valentina), Richard Corben (Den) o Milo Manara (Las aventuras de Giuseppe Bergman)… Y también estaba Cairo, que publicaba autores más de la tierra, más castizos de aquí. De estos autores y de estas revistas hablaré más despacio en la próxima entrega de esta miniserie.
Pero me quiero centrar en el cómic patrio más hundido y subterráneo. La primera revista seria de cómic underground español con todas la letras fue Star, que fue una revolución en el ámbito de la cultural popular subterránea desde el año 1974 (con Franco aún vivo, ojo al dato). Tengo una pequeña colección desde el número 1 hasta el 57, desde 1974 hasta entrado 1980… ¡Seis añitos comprando Star cada mes en el quiosco!

El comienzo de Star fue muy pedestre, muy de andar por casa. Parecía un «fanzine» (contracción de fan: aficionado, y magazine: revista… es decir, revista de aficionados) que eran revistillas editadas con mucho amor, pero con pocos o ningún medio y que incluso se imprimían en fotocopia, con las primeras copisterías que se abrían en Madrid, Barcelona y otras pocas ciudades. Los fancines publicaban dibujos de los colegas y escritos de cuando, de noche en la intimidad de tu cuarto, escribías un folio a mano influido por el porro que habías conseguido esconder a tus coleguis en el parque…
Star salía a la calle con dibujantes de mediana calidad aún y con un fondo argumental que no sabía bien por dónde moverse. Luego sí… luego se hizo un revistón de calidad, pero comenzó siendo poco más que un fanzine. Y es que era aún demasiado temprano y la cosa no sabía por dónde tirar en esa España extraña, donde la dictadura flaqueaba porque su líder –el «generalísimo Franco»– estaba ya con un pie en la tumba.
Por cierto, esa sí que fue una dictadura de verdad y no lo que algunos y algunas influencers del negacionismo, de las fake news y de la conspiranioa quieren hacernos ver que nos rodea hoy día. Se habla de dictadura muy ligeramente, sin un mínimo conocimiento ni cultura, y siempre por parte de niñatos y niñatas que no han vivido una. De hecho, en 1975, después de que Star ya estuviera en los quioscos, el dictador Franco mandó fusilar a los últimos cinco condenados a muerte de la dictadura. Con un pie en la tumba, aún le quedaban fuerzas al dictador para firmar sentencias de muerte.
La democracia llegó a este país no solo de la mano de las instituciones que empujaban con muchísima timidez sin saber si aquello iba a triunfar o, por el contrario, volvería la oscuridad dictadora… pero, sobretodo, por el impulso social del pueblo, por la sed de cambio, por la necesidad de sacar la cabeza del fango y respirar aire puro y limpio. Y en ese impulso colectivo de la sociedad española el comix underground aportó su granito de arena, como lo hizo el primitivo feminismo de postguerra y la transición, o los deseos y reivindicaciones de libertad y de derechos sociales, culturales y políticos, tras liberarse de esa pesada bota del Estado totalitario.

Las primeras páginas de Star eran muy naïf, muy inocentes como veis aquí arriba, producto de la ignorancia de lo que nos esperaba, pero con la clara vocación de hacer cambiar las cosas, aunque fuera poquito a poquito.
Y esas páginas eran así de simples e inocentes como os las he mostrado más arriba para, solo unos años después, evolucionar a una revista ya sí de muy gran nivel. Fijaos en la diferencia entre los dibujos y argumentos tan pobres en las fotos de los primeros tres números a lo evolucionado, complicado, elaborado y profesional de los tres últimos:

Solapado solo un año –pero en la realidad del quiosco, después de Star– nació la revista Bésame mucho, que fue una evolución lógica de la primera y que formaba parte de la misma fábrica editorial. Tengo una pequeña colección desde el número 1 de 1980, hasta el número 30, de 1982. Con esa cabecera tan sugerente y sexy, Bésame mucho fue un paso adelante de los antiguos editores de Star.

En Bésame Mucho creí ver un retorcer el brazo a Star. Me parecía una apuesta por lo más hundido del underground, fue para mi una alegría de descubrimiento de autores como Altan, o Petillon. Autores italianos y franceses que venían a apoyar esta aventura española de comix underground, como luego lo hicieron autores estadounidenses como Gilbert Shelton.



Tengo que decir que estas revistas no solo publicaban comix. Sino crítica literaria o musical… Os ofrezco esta última foto para que veáis –en la parte inferior– que en Bésame mucho había muchas páginas de letras y letras… Porque estaban ofreciendo, tanto Star como Bésame mucho, ambas dos, un modo diferente de abordar la cultura de otras artes que nos interesaban a todas. A todas esas personas que necesitábamos insinuaciones de por dónde había qué escuchar, dónde mirar, o dónde leer. Así funcionaba el comix under
ground e(x)pañol, desde los setenta hasta su final. Luego, a finales de la década, todo cambió. Por la falta de ayudas a la cultura para ir a contracorriente.

Y muy poco después, en 1979, apareció El Víbora (y su «línea chunga»), que merece una entrada especial. Y por eso terminamos aquí esta entrega y os emplazamos a continuar esta excitante mirada por la historia del comix subterráneo en la próxima visión del Comix Underground Expañol.
