Estaba yo terminando de escribir la última entrega de los «malditos franceses» para esta revista y, en medio de un recargar de pilas, con una litrona de Mahou en la mano, recordé las tardes de verano en el cine San Pol de Madrid, allá con mis cándidos dieciséis y diecisiete añitos… y los botellones —antes de que se llamaran así— que organizábamos fuera, con algunas (pocas) litronas.
La sala de cine de la que hablo estaba regentada por un impulso y una marca llamada «Cinestudio Griffith» —llamado así por uno de los padres históricos del cine americano— y todo dios lo llamábamos así: «Cinestudio Griffith», aunque tuviera su sede en la sala San Pol, en la plaza de San Pol de Mar.

Era un cine que ahora es teatro y me alegro de que no se haya convertido en un Zara, un McDonalds o un Starbucks, que son empresas devoradoras de locales urbanos. Y, además, es que se trata de un teatro —único en España, creo— dedicado exclusivamente a obras infantiles. Pero en aquellos tiempos era un cine y no uno cualquiera. Y recordé tantas noches de verano y tardes de invierno…
Y me acordé de mi amigo/hermano José Valentín Ortega Muñoz. Aunque llevemos distintos apellidos y naciéramos en diferentes familias, Pepe y yo somos hermanos. No de sangre, pero de alma. Nos conocimos con quince años y hasta hoy, aunque con pausas —alguna demasiado larga— por eso de que la vida nos atro-pella a veces. Somos tan hermanos que se me ha venido a vivir a Malagón, donde he vivido yo algunos años y donde lo tengo tan cerquita, a tan solo veinticuatro kilómetros de mi estudio en Ciudad Real.
No era un cine cualquiera
Pues bien, decidí llamarlo para comentar cosas, porque mi memoria está débil y la suya es vigoréxica perdida. A continuación, nuestra charla.
Yo: —¿Te acuerdas del cinestudio Griffith, socio?
Pepe: —Sí… por desgracia recuerdo mi última visita al Griffith con algo de tristeza, dado que fue en los últimos tiempos, cuando se trasladó a la calle Santa Engracia. Era una época de mi vida en la que ya no tenía colegas con los que ir al cine y en la que empezaba a transitar por la vida en soledad. —me dijo Pepe con un giro de voz rayano en el dolor.

—Eso fue, quizá, cuando nos separamos la primera vez, que fue demasiado tiempo. —respondí sin querer recordarlo mucho, porque a ambos nos dolió demasiado.
—Fui a ver Quadrophenia porque en su momento no la vi y me apetecía recordar viejos tiempos, pero allí había un cine que no era el que recordaba y la gente que iba a la sala de antaño no rondaba por allí. Algunos chicos iban vestidos como los protagonistas de la película, con parcas verdes tres o cuatro tallas mayores y emblemas de la RAF(Fuerzas Aéreas Británicas) y de los Who. Definitivamente ya no era lo mismo. Tiempos nuevos, edades diferentes…
—Tempus fugit, colega. —asentí.
—Pero sí hay cosas que recuerdo. Los largos paseos que dábamos nuestro grupo desde la estación del me-tro de Norte, parando en alguna ocasión, cuando había dinero, para tomar una birra en Casa Mingo.
—Y qué pedazo de sidras servían en Casa Mingo, y qué pollos asados…
—Sí… Y después del refrigerio caminábamos unos metros más, cruzando el Manzanares sobre el puente de la Reina Victoria, hasta la Plaza de San Pol de Mar. También recuerdo las hojas que se regalaban en la entrada del cine con el programa de las películas que se exhibirán en el mes siguiente —me dijo con una cadencia en la voz que identifiqué como una sonrisa.

—Esos programas los regalaban en el cine, pero yo recuerdo que solicité que me los enviaran a casa –de mis padres, claro– y me llegaban al buzón, cómodamente, para planear las sesiones a las que acudir en el mes siguiente— recordé.
—La sala era solamente un patio de butacas, ajado, oscuro y con olor a tabaco. No había acomodador alguno porque no lo necesitábamos para encontrar un asiento y ver la película.

—Joder, pues yo recuerdo que… —no siempre—, pero tengo en la memoria a un acomodador del Cinestudio Griffith vestido de capitán general, parecido a esos porteros de hoteles yanquis de lujo que se ven en las películas con frac rojo y chistera… solo que lucía una melena negra y rizada hasta el codo. Era muy gracioso ver alguien vestido de almirante y con un melenón que para sí lo quisiera Robert Plant (cantante de Led Zeppelin, el grupo británico de Heavy Metal). También recuerdo fumarme un cigarro en la sala y que me mandaran apagarlo, muy amablemente, eso sí.

—En realidad estaba prohibido fumar, pero hacían la vista gorda. Recuerdo haber visto «Muerte en Venecia», película que nunca he vuelto a ver. Quizá el recuerdo triste que tengo de ella nunca me ha animado a verla de nuevo. Y Woody Allen… y directores, títulos y actores y actrices… que se entremez-clan en mis recuerdos. Pero siempre me viene a la mente las salidas de la sala, ya de noche. Noches inver-nales con una humedad procedente del río Manzanares y un frío de cojones. Tal vez influenciado por una escena de “La Mano Negra” de Fernando Colomo que para mí describe a la perfección la idea que intento transmitir.
—Pues no he visto esa peli de Colomo, y me pierdo esa escena que ya me contarás, pero en verano allí hacía un calor de cojones también, porque recuerda que no había aire acondicionado. Y ahora la gente se queja del frío en los cines en verano con un aire acondicionado enchufado a lo bestia, pero el caloraco de aquellos días era inso-portable. Me acuerdo que tanto hombres como mujeres nos quitábamos las camisetas, camisas y blusas y era muy gracioso ver un patio de butacas lleno de tías en sujetador, y alguna en teta viva…— reí.
—Es que era una sola sala en un edificio de una sola planta, expuesto al sol todo el día, y los aislamientos entonces no eran muy buenos. Más el calor humano de los que nos juntábamos allí… También recuerdo la vuelta en grupo. Sin pelas para tomar algo y cada cual agarrado a su chica… o alguno imaginando lo que debía ser aquello, por no tener novia.
—Entonces yo tampoco tenía novia. Menudos pardillos éramos, Pepe.

—Finales de los setenta. Tal vez la mejor época de mi vida…
—¿Y eso?— pregunté curioso.
—Por que era joven, estaba lleno de ilusión y espectante de qué futuro me esperaba. Sin mayores preocu-paciones. Pero, siempre, ir al Griffith era una especie de ritual como una ceremonia en sí misma. Y sobre todo era saber que tenía unos amigos y amigas que, aunque no haya vuelto a ver, siempre los tendré en el recuerdo.
—Es que así era…— asentí.
Y parecía que la conversación había acabado ahí, pero de pronto recordé otra chorrada…
—Oye, tío— pregunté emocionado —¿te acuerdas cuando, en medio de cualquier película, la dirección de la sala cortaba cualquier escena de la peli y proyectaba un cartel en la pantalla que decía: “¡QUE VIENE LA GRÚA!” y mucha gente del patio de butacas salía corriendo del cine atropelladamente para intentar aparcar en otro lado? Es que en frente del cine había un descampado que la peña que tenía coche aprovechaba para aparcar. Pero no estaba permitido, vete a saber porqué… Y la gente que nos quedábamos dentro de la sala, que no tenía-mos coche, esperábamos pacientemente a que la gente volviera de reaparcar sus coches y entonces ¡y solo enton-ces! se reanudaba la peli… ¿te acuerdas de eso?
—No me acordaba [risas], pero ahora que lo dices sí que lo recuerdo. Y que daban un par de vueltas hasta que se iban los de la grúa y volvían a aparcar en el mismo descampado. Y los demás aprovechábamos para echar un cigarrito mientras volvían los de fuera—.
Repasaba las fotos que acompañan esta columna de DivarArte cuando me topé con algo más extraordinario aún.
—Y ¡ojo a los maratones del Griffith…!— le dije, emocionado —. Le pasé por Whastapp una foto que encontré.
En este «marathon» de cine negro que ilustro más abajo se podían ver las siguientes películas ¡en una sola sesión! Y es que empezaba después de comer y terminaba a la mañana siguiente:
- a las 16.30 h., Atlantic City, (de Louis Malle, con Burt Lancaster y Susan Sarandon);
- a las 18.10, El cartero siempre llama dos veces (con Jack Nicholson y Jessica Lange);
- a las 20.00 Chinatown (de Roman Polanski, con Jack Nicholson y Faye Dunaway);
- a las 22.15, El halcón maltés (de John Huston, con Humphrey Bogart y Mary Astor);
- a las 24.00 Fuego en el cuerpo (con Kathleen Turner y William Hurt);
- a las 2 de la madrugada, Encadenados (de Alfred Hitchcock, con Cary Grant e Ingrid Bergman);
- a las 3.40, La jungla de asfalto (de John Huston, con Sterling Hayden, Jean Hagen y Marilyn Monroe);
- a las 5.35, Retorno al pasado (con Robert Mitchum y Kirk Douglas);
- y a las 7.10 de la mañana, El sueño eterno (de Howard Hawks, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall).
NUEVE películas –¡y qué películas!, por el precio de UNA… Ojo al detalle de que a las 7.10 de la mañana proyectaban “El sueño eterno”, que a esas horas era la mejor película que se podía poner, teniendo en cuenta que el espectador llevaba sentado en el cine desde las 16.30 de la tarde anterior y se había tirado toda la madrugada viendo pelis. Jejej, menudo humor el de los programadores del Griffith…

—A ver… ¿quién podía hacer lo mismo entonces?… E incluso ¿quién podría hoy día ofrecer ese torrente de placer cinematográfico?— pregunté a Pepe mientras pensaba que esos maratones eran una auténtica fiesta sin precedentes.
—Pues nadie— respondió orgulloso.
—Pues eso…— asentí yo, no menos ufano —¡Eso que nos llevamos en su día para el cuerpo y para el alma!
El Cinestudio Griffith se inauguró en Madrid en 1967 como “Cine Alvi” en la calle Santa Engracia de Madrid. Cambió de nombre al de Cinestudio Griffith en los 70’s y se trasladó a la sala San Pol. Luego, a mediados de los 90´s, volvió a la calle Santa Engracia como “multicines Conde Duque” y finalmente cerró sus puertas, hace poquito, en julio de 2022, acabando con una historia y una tradición de cine de calidad a precios popu-lares que cumpliría 70 años el año que viene.
Era una alternativa “canalla” a la Filmoteca Nacional, que era una sala institucional –creada por el Gobierno franquista en 1953–, visitada por personal más intelectual, mientras que el Griffith era más “tirado” y popular.
José Valentín Ortega y yo fuimos asiduos al Griffith y luego nos regalábamos tertulias, comentarios y chanzas que nos duraban hasta la siguiente sesión. Eso ayudó también a reforzar esa hermandad que nos une desde los años setenta hasta hoy. ¡Larga vida al cinestuuddd…! Ah, no… “Larga vida” ya no se puede decir… Rectifi-co: ¡largo recuerdo del Cinestudio Griffith por siempre, que tanto nos enseñó!

