Entrar en una red social, detenerse un segundo en un mensaje, deslizar y seguir scrolleando se ha convertido en un gesto automático. En ese flujo constante aparecen una y otra vez los mismos temas: Inmigración, política, justicia. La impresión es la de una conversación pública intensa, vibrante, incluso omnipresente. Sin embargo, los datos recientes sobre desinformación en X obligan a hacerse una pregunta incómoda: ¿Estamos ante un debate público o ante otra cosa?
El estudio de Fad Juventud «Entre el ruido y los datos. Una mirada a las temáticas donde se concentra la desinformación que afecta a la juventud en redes sociales«, señala que una parte significativa de los mensajes que circulan en esta red social contiene información falsa o manipulada. No se trata solo de errores puntuales o exageraciones aisladas, sino de una dinámica persistente que afecta a ámbitos centrales de la vida democrática.
Cuando una conversación se sostiene sobre una probabilidad elevada de falsedad, deja de cumplir su función básica, ayudar a comprender la realidad, y empieza a cumplir otras: Movilizar emociones, reforzar identidades o alimentar el conflicto.
La inmigración como conversación imposible
El dato más llamativo del estudio es también el más revelador: La mitad de los mensajes relacionados con la inmigración contienen información falsa o manipulada. Con un punto de partida así, resulta difícil seguir hablando de “debate”. No porque no existan desacuerdos legítimos sobre políticas migratorias, sino porque la base informativa está profundamente erosionada.

La investigación señala patrones claros: Generalización de hechos aislados, uso de datos inventados o desactualizados y construcción de relatos de amenaza cultural o criminal sin respaldo empírico o con datos manipulado.
En ese contexto, la inmigración deja de ser un fenómeno social complejo para convertirse en un símbolo. Importa menos lo que ocurre que lo que el tema permite expresar: Miedo, enfado, sensación de pérdida o afirmación identitaria.
Cuando la mitad del material de partida es falso o engañoso, el intercambio de argumentos se vuelve casi imposible. No se discuten propuestas ni se contrastan diagnósticos; se escenifica un conflicto permanente. La inmigración funciona así como un atajo emocional dentro de la conversación digital, un terreno especialmente fértil para la polarización.
Manipular funciona mejor que mentir
Otro de los hallazgos clave del estudio es que la mayor parte de la desinformación no adopta la forma de la mentira burda. El 58,9% de los contenidos analizados se clasifica como “engaño”: Mensajes que parten de hechos reales, pero los sacan de contexto, los exageran o los combinan de forma interesada.

Esta distinción es crucial. La falsedad absoluta suele ser más fácil de detectar y, en muchos casos, de desmentir. El engaño, en cambio, se mueve en una zona gris. Apela a fragmentos de realidad reconocibles y construye sobre ellos un relato que resulta verosímil a primera vista. En un entorno de consumo rápido, los mensajes se leen de pasada y se comparten sin demasiada reflexión. Allí, este tipo de manipulación tiene una enorme eficacia.
El problema ya no es distinguir entre verdad y mentira, sino identificar la intención que hay detrás del mensaje. Y esa tarea exige tiempo, atención y contexto: Justo los recursos que escasean en las dinámicas de las redes sociales. La desinformación más influyente no es la que se inventa, sino la que parece creíble.
Cuando el ruido se vuelve estructural
En el conjunto de los mensajes analizados, el 18,5% contiene algún tipo de desinformación. No es una mayoría, pero tampoco una anomalía marginal. Ese porcentaje sitúa el problema en un punto especialmente problemático: Lo suficientemente alto como para contaminar la conversación, pero no tanto como para resultar evidente a simple vista.
La desinformación actúa así como un ruido constante de fondo. Obliga al lector a desconfiar, no solo de los mensajes engañosos, sino también de los que podrían ser veraces. El resultado es una erosión generalizada de la confianza. No hace falta que todo sea falso para que nada resulte plenamente fiable.
Este efecto se vuelve especialmente grave en ámbitos como la justicia. Según el estudio, el 47% de las menciones sobre procesos judiciales tergiversa hechos, cuestiona sin pruebas la imparcialidad de jueces o alimenta la sospecha sobre el sistema judicial.

En estos casos, la desinformación no solo confunde: Debilita la legitimidad de las instituciones y normaliza la idea de que toda decisión responde a intereses ocultos.
Política, asimetría y anonimato
La política ocupa un lugar central en la conversación de X: Uno de cada cuatro mensajes gira en torno a este ámbito. También es uno de los más contaminados. El 29% de los tuits políticos contiene información falsa o engañosa. No se trata de un fenómeno accidental, sino de una dinámica que responde a la propia lógica de la plataforma.
El estudio muestra que una parte significativa de la desinformación procede de perfiles influyentes: 100 de los 300 analizados difundieron contenidos engañosos al menos una vez. Predominan las cuentas anónimas, lo que apunta a un cambio profundo en los mecanismos de autoridad. La influencia ya no se construye sobre la reputación o la responsabilidad, sino sobre la capacidad de generar impacto inmediato.
A esto se suma una asimetría ideológica que conviene señalar con precisión. El 45% de los mensajes desinformadores se alinea con la extrema derecha, aunque el fenómeno atraviesa todo el espectro político. El dato no exonera a otros actores, pero sí sugiere que ciertos marcos narrativos encuentran menos fricción y mayor amplificación.

Las emociones intensas, rabia, indignación, miedo, funcionan como un acelerador algorítmico, y algunos relatos se adaptan mejor que otros a esa lógica.
La consecuencia es una conversación política orientada al enfrentamiento, donde la viralidad sustituye a la credibilidad como criterio de autoridad.
Una conversación que fragmenta
El estudio de Fad Juventud subraya que la desinformación no solo afecta a lo que pensamos, sino a cómo nos relacionamos. Alimenta la polarización, favorece la radicalización y refuerza los discursos de odio. El daño principal no es estrictamente cognitivo, sino social.
Cuando la conversación pública se construye sobre falsedades, manipulaciones y sospechas permanentes, se vuelve cada vez más difícil sostener un espacio común. La desinformación no necesita convencer a todos; le basta con dividir, erosionar y enfrentar. En ese contexto, la responsabilidad no recae únicamente en quienes producen o amplifican estos mensajes, sino también en quienes los consumen sin cuestionarlos.
La pregunta final no es solo cómo corregir los datos, sino qué tipo de conversación estamos dispuestos a aceptar como normal. Porque una conversación degradada no solo informa peor: También convive peor.
