Al caer la tarde del Miércoles de Ceniza, las plazas manchegas se llenan de negro riguroso y sonrisas apenas contenidas. Las plañideras avanzan entre bromas, alguna lágrima fingida y comentarios sobre lo que ha dado de sí el Carnaval.
En el centro del cortejo, la sardina espera su destino. Hay niños que la miran con curiosidad, mayores que recuerdan otros entierros y una sensación compartida de despedida amable. El humo sube despacio y el invierno todavía se nota en el aire.
En la provincia de Ciudad Real, el Entierro de la Sardina forma parte del calendario festivo como un punto de inflexión. Se celebra porque ‘siempre se ha celebrado’. Sin embargo, la pregunta aparece cada año entre conversación y conversación: ¿Desde cuándo se hace esto aquí?

La respuesta lleva a cruzar crónicas del siglo XIX, relatos transmitidos de generación en generación y estudios sobre el sentido profundo del Carnaval. La sardina que arde en la plaza conecta a la tierra manchega con una tradición más amplia, moldeada con el paso del tiempo por cada pueblo.
Un origen entre la memoria y la crónica
La explicación más repetida sitúa el inicio en tiempos de Carlos III. Se cuenta que un cargamento de sardinas destinado a Madrid llegó en mal estado y que, para evitar problemas, se decidió enterrarlo. La anécdota circuló, se adornó y terminó asociada al final del Carnaval. Forma parte de ese tipo de historias que sobreviven porque resultan fáciles de imaginar y porque encajan con el tono burlón de estas fechas.
Más allá del relato popular, las crónicas del siglo XIX ya hablan del Entierro de la Sardina como costumbre asentada en Madrid. Escritores como Ramón de Mesonero Romanos describieron el ambiente carnavalesco en sus páginas, y el rito aparece recogido en obras de carácter enciclopédico de la época.
A comienzos de ese mismo siglo, Francisco de Goya pintó El entierro de la sardina, una escena en la que máscaras y figuras populares rodean el estandarte del pez en un ambiente festivo y algo irreverente. El cuadro demuestra que la imagen del entierro resultaba reconocible para sus contemporáneos.

Ciudad Real mantuvo durante siglos una relación estrecha con la capital, tanto en lo administrativo como en lo cultural. Las costumbres viajaban con facilidad por caminos y diligencias, y el Carnaval no fue una excepción. Posiblemente, a lo largo del siglo XIX, la tradición fue encontrando su lugar en distintos municipios manchegos, adaptándose al ritmo local y a la forma de entender la fiesta en cada plaza.
El sentido del rito en la cultura manchega
Para comprender el significado del Entierro de la Sardina conviene mirar más allá del pescado. El antropólogo Julio Caro Baroja estudió las fiestas de Carnaval y explicó cómo muchas de ellas marcan el paso a la Cuaresma mediante símbolos de despedida. Enterrar o quemar algo representa el cierre de un periodo de abundancia y licencia antes de semanas de recogimiento.
En el mundo rural, ese tránsito coincidía con un calendario muy presente en la vida cotidiana. El invierno avanzaba hacia la primavera, los trabajos del campo seguían su curso y la religión marcaba tiempos de ayuno y reflexión.
La ceremonia del entierro encajaba con esa lógica anual. El gesto de despedir al Carnaval adoptaba formas variadas según el lugar: En algunos puntos se hablaba de enterrar la carne; en otros, la sardina ocupó el centro del ritual.

En los pueblos de la llanura manchega, el rito fue tomando un carácter propio. Las viudas exageran su luto, los vecinos participan con comentarios satíricos y el ambiente combina humor y costumbre. Cada generación ha aprendido cómo vestirse, cómo acompañar el cortejo y cuándo guardar silencio ante la quema final. La escena forma parte de una cultura compartida que se ha transmitido sin necesidad de grandes explicaciones.
Una tradición que se hizo propia
Hoy, el Entierro de la Sardina se vive con especial intensidad en distintos puntos de la provincia. En pueblos y ciudades de la Mancha ciudadrealeña, la despedida del Carnaval convoca a vecinos de varias generaciones y convierte la plaza en escenario compartido.
En Miguelturra, donde el Carnaval forma parte de la identidad local, el entierro se ha consolidado como uno de los momentos más esperados. Las peñas preparan disfraces, organizan el recorrido y sostienen una tradición que mezcla herencia y creatividad. También en Herencia, Puertollano, Villanueva de los Infantes, Alcázar de San Juan o en la propia Ciudad Real, el cortejo recorre las calles entre música y comentarios que repasan lo sucedido durante los días festivos.
En cada municipio, el rito adopta matices propios, aunque el gesto final es compartido: La quema simbólica que marca el cierre del calendario carnavalesco y deja paso a otra etapa del año.

El siglo XX trajo interrupciones y cambios en la forma de celebrar el Carnaval en toda España. Con el tiempo, la recuperación de las fiestas populares devolvió protagonismo a costumbres que habían permanecido en segundo plano.
En La Mancha, el Entierro de la Sardina reapareció con fuerza renovada, incorporando elementos contemporáneos sin perder su esencia. Las fotografías antiguas conviven hoy con vídeos compartidos en redes sociales; las plañideras conversan con malabaristas o bailarines, y los niños y niñas que acompañan el cortejo serán quienes organicen la comitiva dentro de unos años.
La sardina que arde cada febrero resume esa continuidad. El gesto se repite, el humo asciende y la plaza vuelve a llenarse de conversación. La tradición permanece porque ha sabido adaptarse al presente y porque forma parte del modo en que la provincia entiende su calendario festivo.
Las brasas se apagan y la noche avanza sobre la llanura. Queda la sensación de haber cumplido con una cita conocida. La tierra manchega, sobria y abierta, guarda una costumbre que enlaza pasado y actualidad sin necesidad de estridencias, sostenida por la participación de quienes la celebran año tras año.
