Poco después de aquél repaso de la entrega anterior de esta serie, y ya en 1979, apareció El Víbora (y su «línea chunga»), que merece una mirada especial. Y por eso comenzamos aquí esta entrega y continuamos esta excitante caminata por la historia del comi(x) subterráneo «e(x)pañol».
Si repasamos un poco de historia, la cronología de estas publicaciones en España fue la siguiente: revista Star; desde 1975 a 1980; Totem, desde 1977 hasta 1994; 1984 (luego Zona84), desde 1978 a 1983; Bésame Mucho, desde de 1979 hasta 1982; Cimoc, de 1979 a 1995; ElVíbora, de 1979 a 2005 y Cairo, entre 1981 y 1991.
Si tengo que ser estricto, me parece que realmente lo underground se manifestó en Star, Bésame mucho y El Víbora. Las demás eran revistas que estaban a mitad de camino entre comic adulto y el comic subterráneo. Tenían parte de ambas facetas, pero me parece que las puras fueron estas tres.
En estas revistas se publicaban creadores que provenían de Barcelona, como Isá, Mariscal, Max, Montesol, Nazario, Onliyú, Pàmies o Roger. Y también los que provenían de Madrid, como Agust, Ceesepe, El Hortelano, Iñaki, Montxo, Pejo, o Santana.
Totem, underground madrileño
Hubo otras revistas alternativas en Madrid. Recuerdo las revistas Madriz, la Luna de Madrid o Madrid me mata. Pero unas eran institucionales, otras se dedicaban a la cultura en general y otras no tocaban el cómic más que de pasada. Por eso nos centramos en Totem.
Totem formó parte del llamado boom del cómic adulto en España y difundió sobre todo material extranjero, en especial francés e italiano de la segunda mitad de los años 60 y primeros 70, que estaba inédito en el país en los Ochenta, y que agradecíamos mucho, pero quedaban un pelín pasados de fecha porque estábamos finalizando los 70, aunque con el tiempo también publicaron obras contemporáneas de autores españoles.



Al principio, TOTEM buscaba la absoluta prioridad al comic “serio”, pero no fue óbice ni cortapisa para que presentase también obras cómicas de Jacovitti, Altan (que ya había publicado en Bésame mucho) o Claire Bretécher –autora maravillosa– aunque no todas fueron bien recibidas por los lectores porque parecía que en una revista «comiquera undergrúm» sobraban las notas de humor. Tontería absoluta. Más tarde Totem empezó a publicar números especiales, como un “Especial Crepax” o el “Especial Moebius”.
En plena crisis del cómic, la revista Totem se fusionó con Comix Internacional –una revista vasca– aprovechando para finalizar las series de la primera. También aumentó el erotismo de sus páginas, que contaban con autores como Guido Crepax (con la serie «Valentina») o Milo Manara –este último autor tenía una carga erótica muy importante que rallaba en algo más que lo erótico y se apoyaba en un dibujo tan exquisito que realmente provocaba una sensación de realismo que acrecentaba el poderío sexual que relataba en sus páginas–. Pero, a pesar de sus muchos aciertos y, desgraciadamente, Totem desaparecería en 1994.

…Y luego, lo de El Víbora, que ya fue lo más de lo plus.
No sé si estábamos preparados para El Víbora, pero su irrupción fue tan celebrada y necesitada, que nadie dudó de su oportunidad. Esa era la línea castiza que necesitábamos. Ni belgas ni franceses, ni yanquis ni hostias. Aquí estaba nuestra más genuina y pura expresión del Comix subterráneo castizo.
La primera portada de El víbora fue censurada… ¡o autocensurada…! porque se iba a llamar «Goma 3». Y es que en esos años, ETA usaba el explosivo llamado Goma 2 para perpetrar sus atentados… y, claro, una revista que se llamaba «Goma 3» era un poco un insulto a la convivencia. Pero era un anuncio de por dónde iría esa revista iconoclasta y revolucionaria.

La «línea clara»
Se le llamó Línea clara a un estilo de dibujo. No tenía nada que ver con los guiones de las historias. Esta corriente se creó y desarrolló principalmente en Bélgica y en Francia (es que son casi primos hermanos). Este estilo propone dos características principales: un alejamiento del acento dramático de los altos contrastes entre luces y sombras y, por tanto, una suavidad de contrastes. Las sombras, necesarias en una historia gráfica moderna, se resolvían con medios tonos de grises, a través de un recurso técnico gráfico de imprenta que son las llamadas «tramas de fotomecánica». Otra característica es que los contornos del dibujo son bien definidos y homogéneos y muy cercanos a la realidad, siempre dentro de que estamos hablando de comic, claro.
La línea oscura o línea dramática es lo opuesto. Es el acento en el contraste, en la fuerza de las sombras y el drama, en la necesidad de que la luz se abra paso entre las sombras, siempre y cuando haya camino. Aquí abajo os dejo una muestra de la diferencia de estos dos estilos.


Y luego apareció en España la «línea chunga» que, ¡ojo!, no es un recurso gráfico. Ni siquiera de guión, ¡sino un chiste!, ¡una broma! Una manera de diferenciarse y de autoaplicarse un concepto mucho más subterráneo y, por supuesto, «muy chungo».
La «línea chunga»
El víbora fue una sacudida al tablero del comix underground de aquí. Un soplo de aire –pero no fresco, sino turbio y maloliente–. Divertido, eso sí… y profundo también. Es muy difícil resumir en tan poco espacio la carga cultural de esta revista.
Como afirma el crítico Jesús Cuadrado, la línea chunga se caracteriza por la defensa de manifestaciones culturales paralelas como el rock, las comunas, las drogas o el antimperialismo, atacando los principios de la sociedad establecida, describiendo de forma sincera y desgarrada situaciones aparentemente absurdas e irracionales, generalmente protagonizadas por personajes marginales, cuyo lenguaje coloquial reproducen sin escatimar menciones a la violencia, el sexo y las drogas, con un humor a menudo negro y sangriento. «Pero muy divertido», añado yo…
En El Víbora se publicaron historias de autores hispanos importantes como Ceesepe, Montesol, Pàmies, Mariscal (sí, el autor de la mascota «Cobi» de las olimpiadas de Barcelona’92) Torres, Pons, Calonge, Max, Gallardo y Mediavilla, Martí, Nazario… y tantos otros…

Pero también importantísimos autores internacionales como René Pétillon, Evert Geralds, Yoshihiro Tatsumi (un autor de Manga japonés, considerado el padre del «Gekiga», el estilo de historieta «alternativo» y subterráneo en Japón), Nicole Claveloux, Jacques Tardí, Tanino Liberatore y Stefano Tamburini, Carlos Sampayo y José Muñoz, Gilbert Shelton...

¡Ah!… y el grandísimo Art Spiegelman (del que ya hablamos en la primera entrega de esta saga como uno de los padres del underground yanqui –y mundial–, alma de la mítica revista RAW).
Y, por si esto fuera poco, además, el Víbora publicaba también al eterno Robert Crumb, del que también hablamos en la primera entrega de este tema como alma de Weirdo, una de las primeras y más importantes revistas underground en EEUU… ¡Ahí queda eso…!
Si repasáis mi primera entrega del cómic, veréis que nombré a RAW y Weirdo, como las dos principales revistas del underground yankee y mundial… ¡y publicaron para nosotras en español! Es que El Víbora era así de grande… Los dos mejores y más míticos… ¡aquí!
El Víbora era una revista irreverente, salvaje y marginal. Cada una de sus páginas perfumaba mi butaca de lectura con aromas de porros, alcohol, pis, sangre, gasolina y fluidos genitales.
[¿Qué habrá sido de esa butaquita de lectura heredada de mi abuelo? La debí perder en alguna esquina durante cualquiera de mis treinta mudanzas… ¡maldito culo inquieto el mio!]
Y no sé con qué disfrutaba más, si con las historias desternillantes de Makoki, Emo, el Cuco y sus colegas: un disparatado grupo de delincuentes urbanitas… o con el mundo inquietante de Ranxerox, un ciborg, bestia mecánica implacable y demoledora, que compaginaba su capacidad de arrancar cabezas con el brutal amor incondicional a Lubna, una niña de catorce años, más mala que el baladre.


O quizá con las aventuras sexuales de Anarcoma (de Nazario) una transexual que poseía un ciborg llamado XM2 con un miembro viril descomunal que hacía las delicias de los maricas del barrio… Y también con las movidas de Gustavo, un punkarra culto y exquisito a mi manera de ver (de Max); o las surrealistas investigaciones de Palmer, el detective de René Petillón.



Hay tantos personajes y tantas historia fabulosas, con una imaginación desbordadísima –disparatada y excéntrica a veces o intimísima otras– que me da rabia no poder enumerarlas a todas. Es que fueron 26 años de fantasía.
Así de importante fue El Víbora. La «crème de la crème», lo mejor de lo mejor… y una revista divertida como pocas. Lo mejor del mundo mundial lo teníamos aquí, al alcance de los pasos que nos separaban del quiosco de revistas.
Nota: todavía se venden colecciones completas y números sueltos de estas revistas en webs de coleccionistas (buscad la sección «cómic»). Si están en muy buenas condiciones (en fundas de plástico y tal), no son baratas – pero siempre puedes optar por las que están con «señales normales de uso», que son muchísimo más asequibles–, pero si estás interesado en sumergirte en mundos imposibles, te recomiendo un paseo por estas webs y tendrás meses de disfrute underground.
