La desrealización y despersonalización. Dos palabras largas, algo intimidantes, que muchas personas escuchan por primera vez cuando ya llevan tiempo conviviendo con sensaciones difíciles de explicar. Las dos forman parte de los trastornos disociativos, y comprenderlas puede marcar una inmensa diferencia en cómo vivimos lo que nos ocurre.
La despersonalización es la sensación de extrañeza hacia uno mismo. La persona puede sentirse desconectada de su cuerpo, de sus emociones, de sus pensamientos o de su identidad. Puede vivirse como si uno se viese desde fuera, como si estuviese en piloto automático o como si hubiera una distancia interna difícil de expresar en palabras. No es dejar de ser quien eres; es no sentirte dentro de ti.
La desrealización, por su parte, es la sensación de extrañeza hacia el entorno. El mundo puede sentirse artificial, plano, lejano o como detrás de un cristal. Los sitios, las personas y los sonidos siguen estando ahí, pero se sienten diferentes, irreales o amortiguados.
En una, lo que se siente raro es uno mismo. En la otra, lo que se siente raro es el entorno. Algunas personas viven las dos a la vez; otras solo una de ellas. No existe una única forma de experimentar este tipo de disociación.
Estas experiencias están relacionadas con la manera en que el sistema nervioso responde ante un estrés intenso, la ansiedad o el trauma. Cuando la carga emocional supera la capacidad de regularse, el organismo activa un mecanismo de defensa que reduce la intensidad de la vivencia consciente. No es un fallo del cerebro, sino una estrategia de supervivencia.
Dejadme aclarar algo que suele generar mucho miedo: ni la despersonalización ni la desrealización implican perder el contacto con la realidad o “volverse loco”. No son psicosis. La persona conserva el juicio de realidad, aunque la experiencia subjetiva sea extraña, inquietante o agobiante.
En mi caso, convivo con episodios de despersonalización, pero no con la desrealización. Puedo sentirme desconectado de mí mismo, verme como desde fuera, notar esa distancia interna que es tan difícil de explicar.
Sin embargo, el mundo sigue siendo real para mí. Las calles no se vuelven irreales, las personas no me parecen decorados, la realidad externa se mantiene coherente.
Este matiz es importante porque demuestra que la disociación no es una experiencia uniforme: cada sistema nervioso encuentra su forma de proteger.
Muchas personas sufren más por el significado que le dan a estas sensaciones que por la sensación en sí. El miedo a estar rotos, a no recuperarse, a perder el control. Ese miedo mantiene al cuerpo en alerta y puede hacer más intenso el malestar.
Suele ayudar entender qué está pasando, ponerle un nombre, normalizar la experiencia y aprender estrategias de autoregulación: anclaje corporal, respiración, movimiento, conexión con los sentidos y una relación menos combativa con la sensación. Es muy recomendable, en la medida de lo posible, contar con acompañamiento profesional con formación en trauma y disociación.
Lo que no suele ayudar es vigilarse constantemente, buscar explicaciones sin descanso, la información alarmista o exigirse volver rápidamente a una normalidad que no tiene porqué existir.
Hablar de despersonalización y desrealización es hablar de cómo la mente intenta proteger cuando algo se le hace imposible.
Poner palabras a estas experiencias reduce el miedo, rebaja el estigma y nos permite mirarnos con más comprensión.
