Ya está aquí la Navidad y como cada año se presenta casi como una obligación emocional. Un tiempo en el que, aparentemente, todo el mundo debería estar bien, reconciliado, acompañado y feliz. Luces, reuniones familiares, brindis, mensajes de felicidad. Pero esa imagen no es neutra, ni universal.
Para muchas personas con trastornos mentales, la Navidad no es descanso: es presión.
Durante estas fechas se intensifica una idea peligrosa: que sentirse mal es un fallo. Que no disfrutar, no querer o poder participar o seguir el ritmo social es una rareza que hay que esconder.
La pregunta no es por qué la Navidad resulta difícil para algunas personas, sino por qué seguimos fingiendo que no lo es.
Las fiestas implican cambios bruscos de rutinas, exceso de estímulos, expectativas familiares y una sobreexposición emocional constante. Para personas con depresión, ansiedad, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos del estado de ánimo, trastornos de personalidad o trastornos relacionados con el trauma, todo esto se puede convertir en un detonante. No porque “no quieran”, sino porque sus sistemas nerviosos están ya sobrecargados el resto del año.
Además, la Navidad parece que solo se puede ver bajo el siguiente prisma: la familia como refugio, la infancia como recuerdo feliz, el hogar como lugar seguro. Pero esta narrativa deja fuera a muchas realidades. Hay personas cuya familia fue —o sigue siendo— el origen del trauma.
Para personas que han aprendido a sobrevivir precisamente alejándose de ciertos vínculos, volver, reunirse o simplemente escuchar determinados discursos puede ser muy desestabilizador.
Aun así, se les pide que hagan el esfuerzo. Que entiendan. Que no estropeen la fiesta. El mensaje oculto es claro: tu malestar, molesta.
La consecuencia de todo esto no es solo tristeza. Es culpa. Culpa por no poder estar bien. Culpa por necesitar poner límites. Culpa por no responder a las expectativas del entorno. Y esa culpa empeora cualquier trastorno mental. Porque no hay nada bueno en fingir estar bien.
Hay personas que pasarán la Navidad solas, y eso no es fracasar. Hay personas que decidirán no ir a ninguna comida familiar, y eso es autocuidado. Hay personas que no pueden celebrar porque su energía está puesta en simplemente no hundirse. La salud mental no entiende de festividades.
Dentro de los trastornos relacionados con el trauma, como el Trastorno de Identidad Disociativo (TID) y la amnesia disociativa, estas fechas pueden resultar especialmente complicadas. En mi caso —y en el de muchas otras personas con TID— no siempre hay recuerdos que expliquen lo que ocurre. Pero el cuerpo recuerda incluso cuando la memoria no es capaz.
Cuando se acerca Navidad, puedo notar cómo aumenta la desorganización interna, cómo las disociaciones se vuelven más frecuentes o cómo aparece un cansancio extremo difícil de explicar. Hay momentos de confusión, de sensación de peligro, de no saber muy bien qué está pasando, pero sí de saber que algo no va bien.
Siento una desconexión emocional que desde fuera se interpreta como frialdad, pasotismo o falta de implicación. Pero no lo es. Es un mecanismo de supervivencia que se activa cuando la situación se vuelve demasiado.
Esto no significa que la Navidad sea imposible para mí ni para otras personas con TID o cualquier otro trastorno. Significa que necesitamos adaptaciones, límites claros y, sobre todo, comprensión. No es falta de ganas. No es mala actitud. Es la consecuencia lógica de un sistema interno que sobrevive.
Hablar de esto no es arruinar la Navidad. Es humanizarla. Es recordar que la salud mental no se coge vacaciones y que el bienestar no se impone por decreto.
Es probable que, para muchas personas, este año la Navidad no se parezca a la de los anuncios. Puede que no haya grandes celebraciones ni sonrisas constantes. Y aun así, es completamente válida. Es suficiente. Tiene que ser, simplemente, lo que cada persona pueda sostener.
Ojalá aprendamos a desear una Navidad más realista, más respetuosa y menos exigente. Una en la que no haga falta justificar el dolor, ni esconder un trastorno o enfermedad de salud mental.
A quienes leéis estas líneas y habéis llegado hasta aquí: celebréis o no, estéis acompañados o no, estéis bien o sobreviviendo, os deseo una Navidad lo más amable posible con vuestra salud mental. Que sea a vuestra manera. Que sea, al menos, un poco más ligera.
