El 15 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Democracia. Se celebra porque conviene recordar las cosas que uno cree seguras, y la democracia es una de ellas. La gente vota, protesta, insulta al adversario, cambia de canal, escribe barbaridades en internet y vuelve a casa pensando que todo eso ‘viene de serie’. No viene de serie.
La democracia cuesta. Cuesta dinero, tiempo, paciencia y disgustos. Hay que soportar al adversario. Que escuchar al necio. Hay que admitir que alguien vote justo lo contrario que uno. Esperar a que hablen los jueces, a que discuta el Parlamento y a que las leyes hagan su camino. La democracia es lenta. Y también es incómoda.
Por eso, cuando llegan tiempos difíciles, siempre aparece alguien ofreciendo un atajo.
El mundo anda revuelto. Hay guerras, miedo, fronteras tensas, terrorismo, delincuencia, inflación, incertidumbre, propaganda y una sensación bastante extendida de que ‘nadie’ controla del todo lo que ocurre. La ciudadanía mira alrededor y pide seguridad. Es lógico. El miedo no necesita demasiadas explicaciones.
Entonces aparece la oferta.
Un poco menos de libertad a cambio de un poco más de orden. Un poco menos de privacidad para vigilar mejor. Un poco menos de garantías para detener antes. Un poco menos de Parlamento para decidir deprisa. Un poco menos de prensa molesta. Un poco menos de protesta. Siempre es un poco. Al principio.
El negocio parece bueno. No lo es.
La historia demuestra que el poder acepta de buen grado casi todas las facultades que se le conceden. Devolverlas ya le cuesta más. Los gobiernos pasan. El poder tiene mejor memoria que los ciudadanos. Recuerda cada excepción, cada precedente y cada puerta que una vez consiguió abrir.
La democracia tampoco merece una defensa ingenua. Tiene defectos. Muchos. Produce políticos mediocres, instituciones torpes, burocracias desesperantes y debates que a veces parecen escritos por gente empeñada en que nadie los escuche. Hay corrupción. Hay incompetencia. Y hay una ciudadanía que lleva años esperando soluciones que nunca llegan. Conviene decirlo.
Defender la democracia no consiste en fingir que funciona siempre bien. Consiste en saber qué ocurre cuando deja de funcionar. Un régimen autoritario puede ser rápido. También un tren sin frenos lo es.
La seguridad importa. Por supuesto que importa. Un Estado que no protege a sus ciudadanos acaba perdiendo legitimidad. Tiene que proteger las fronteras, perseguir el delito, combatir el terrorismo, garantizar el orden y hacer cumplir la ley. Para eso está.
Pero proteger al ciudadano no significa convertirlo en súbdito. La diferencia parece pequeña hasta que deja de serlo.
Hoy resulta fácil pensar que determinados derechos pertenecen a otra época, que ciertas garantías estorban o que quizá necesitamos gobernantes menos preocupados por las formas. Es una idea vieja. Suele regresar cuando las cosas se ponen feas. Viene bien vestida, habla de eficacia y promete tranquilidad. Después pasa la factura.
Las libertades no suelen desaparecer todas juntas. Se van perdiendo de una en una, con razones que en aquel momento parecen sensatas. Una emergencia, una amenaza o una necesidad. Siempre hay una explicación.
Por eso existe este día. No para felicitar a la democracia. La democracia no necesita felicitaciones. Necesita vigilancia.
Porque conquistar un derecho puede costar décadas. Perderlo cuesta una firma.







