El 10 de septiembre, Día Internacional para la Prevención del Suicidio, volvimos a hablar de suicidio. Durante un día hablamos de prevención, de pedir ayuda, de acompañar, de estar atentos a las señales. Durante un día parece que recordamos que hay personas que están sufriendo hasta llegar a pensar que no quieren seguir viviendo.
Y ahora llega septiembre. Vuelven los colegios y los institutos. Vuelven las mochilas, los horarios, los recreos, los profesores y los compañeros. Pero también pueden volver los insultos, las burlas, las humillaciones y el aislamiento para muchos niños y adolescentes.
Porque para algunos volver a clase no significa volver a aprender ni reencontrarse con sus amigos. Significa volver al lugar donde llevan meses sufriendo.
Y seguimos llamándolo demasiadas veces «cosas de niños», y no son cosas de niños. Es acoso, es violencia y puede hacer muchísimo daño.
Qué fácil es decirle a un niño que ignore a quien le molesta, que sea fuerte, que no le dé importancia o que aprenda a defenderse, qué fácil es decirlo cuando no eres tú quien tiene que cruzar cada mañana la puerta del colegio sabiendo perfectamente lo que te espera dentro.
Pero hay algo de lo que hablamos mucho menos: del entorno.
Porque quien acosa tiene una responsabilidad, por supuesto, pero también la tiene quien sabe lo que está pasando y no hace nada. La tiene el profesor que ve que un alumno está siendo apartado y decide no intervenir y la tiene el centro que conoce una situación y prefiere minimizarla para evitar problemas. La tienen los adultos que escuchan a un niño decir que no quiere volver a clase y le responden que tiene que aprender a defenderse y también la tienen quienes ven lo que ocurre todos los días y deciden mirar hacia otro lado.
Después llega el «no sabíamos que era para tanto».
¿Para cuánto tenía que ser? ¿Para que dejara de querer ir al colegio? ¿Para que empezara a encerrarse en su habitación? ¿Para que dejara de relacionarse? ¿Para que empezara a hacerse daño? ¿Para que dijera que no quería seguir viviendo?
¿Ese es el momento en el que por fin entendemos que era para tanto?
Porque el sufrimiento de un niño no empieza cuando aparece una autolesión o un pensamiento suicida. Empieza mucho antes, empieza cuando tiene miedo de ir a clase, cuando empieza a inventarse excusas para quedarse en casa, cuando cambia su forma de comportarse, cuando deja de hablar de lo que le pasa porque ha aprendido que nadie le va a escuchar.
Y mientras tanto, el entorno espera, espera a que pase, espera a que madure, espera a que aprenda a defenderse, espera a que sea él quien cambie. Y así pueden pasar meses.
Luego, cuando la situación explota, llegan las preguntas. ¿Cómo no nos dimos cuenta? ¿Por qué no pidió ayuda? ¿Cómo pudo llegar hasta ese punto?
A veces sí había señales y estaban delante. Lo que faltó no fue necesariamente una señal. Lo que faltó fue que alguien quisiera verla y hacer algo con ella.
Por eso hablar de prevención del suicidio el 10 de septiembre y olvidarnos de todo lo demás durante el resto del año sirve de muy poco. Prevenir también es esto. Es escuchar cuando un niño dice que no quiere volver a clase, es creerle, es intervenir, e protegerle y es no devolverlo cada mañana al mismo lugar que le está haciendo daño esperando que aguante un poco más.
Porque pedir ayuda y que después nadie haga nada también puede terminar destruyendo a una persona.
Y aquí los adultos tenemos una responsabilidad que no podemos esconder. No podemos evitar todos los conflictos, pero sí podemos decidir qué hacemos cuando sabemos que un niño está sufriendo. Podemos intervenir o mirar hacia otro lado. Podemos creerle o poner en duda lo que cuenta. Podemos protegerle o pedirle que aguante.
Y cada una de esas decisiones tiene consecuencias.
El bullying no termina cuando suena el timbre, se lo llevan a casa, se lo llevan a su habitación, se lo llevan a la cama y muchas veces también se lo llevan dentro durante años.
Este septiembre muchos niños volverán al colegio con ilusión. Otros volverán con miedo. Y algunos estarán deseando que llegue la hora de volver a casa desde el mismo momento en que entren por la puerta.
No deberíamos necesitar que un niño llegue al límite para empezar a preocuparnos por él.
Porque prevenir el suicidio también significa mirar antes, escuchar antes y actuar antes. Y sobre todo significa dejar de mirar hacia otro lado cuando todavía estamos a tiempo.







