El orden de las letras en LGTBIQ+ parece, a simple vista, una cuestión menor. Una convención gráfica. Una forma práctica de reunir identidades distintas bajo un mismo paraguas. Sin embargo, las siglas del movimiento han cambiado con el tiempo porque también ha cambiado la manera de nombrar la diversidad sexual y de género.
Antes de que el acrónimo se popularizara en los años noventa, muchas realidades quedaban absorbidas bajo la palabra “gay”, utilizada durante décadas como término general, aunque con una fuerte lectura masculina. Amnistía Internacional recuerda habitualmente que el uso de LGBTIQ+ se fue consolidando precisamente para representar una pluralidad más amplia de identidades y orientaciones.
La L de lesbianas en primer lugar responde a esa evolución. El orden actual recoge distintos procesos: la necesidad de visibilizar a las mujeres lesbianas, la influencia del feminismo dentro del activismo sexual, el reconocimiento de los cuidados durante la crisis del sida y la propia reorganización política del movimiento. Las siglas, en este sentido, funcionan como una pequeña cronología de conquistas, debates y correcciones internas.
Del “movimiento gay” a una comunidad más amplia
Tras los disturbios de Stonewall en 1969 y las primeras marchas del Orgullo en 1970, el movimiento de liberación sexual ganó presencia pública, sobre todo en Estados Unidos. La Biblioteca del Congreso de EEUU señala Stonewall como un punto de inflexión para el movimiento de liberación gay y recuerda que las primeras celebraciones del Orgullo nacieron en torno a aquella memoria.
Pero aquel impulso también arrastró una tensión: muchas veces lo “gay” se identificaba con lo masculino. Las lesbianas participaban, organizaban, escribían, sostenían espacios y abrían debates, pero sus demandas quedaban frecuentemente subordinadas. En ese contexto, colocar la L por delante de la G fue una forma de corregir una inercia histórica. Nombrar primero a las lesbianas significaba reconocer una presencia que ya estaba ahí, aunque no siempre ocupase el centro del relato.

El caso español muestra bien que las siglas nunca han sido estáticas. La actual FELGTBI+ nació en 1992 como Federación Estatal de Gais y Lesbianas, impulsada por entidades como COGAM, CRECUL o Casal Lambda. Más tarde incorporó nuevas letras y sensibilidades: primero la T (Personas Trans), después la B (Bisexuales) en 2007, hasta llegar a fórmulas más amplias con la I de intersexual y la Q de queer. La historia de la propia federación refleja que cada letra añadida responde a debates políticos concretos a los que la comunidad se enfrenta, no a un mero gesto decorativo o solo de representación.
La crisis del sida y el valor político del cuidado
La explicación más conocida sobre la posición de la L está relacionada con la crisis del sida en los años ochenta. En aquellos primeros años, el VIH golpeó con especial dureza a hombres gais y bisexuales en un clima de pánico social, prejuicio sanitario y abandono institucional. En 1983, en Estados Unidos, los hombres que tenían sexo con hombres fueron excluidos de la donación de sangre. Al mismo tiempo, muchos pacientes con VIH necesitaban transfusiones frecuentes. La Biblioteca de Yale documenta cómo grupos de lesbianas, entre ellos las San Diego Blood Sisters, organizaron campañas de donación para pacientes con VIH/sida.
Ese episodio tuvo una enorme carga simbólica. Muchas mujeres lesbianas acompañaron a enfermos, participaron en redes de apoyo, se implicaron en campañas de salud pública y contribuyeron al activismo contra la indiferencia política. El cuidado dejó de ser una tarea privada y se convirtió en una forma de intervención pública. En un momento de rechazo, miedo y soledad, una parte del movimiento fue sostenida por quienes también habían sufrido invisibilidad dentro del propio colectivo.
Entre los nombres documentados en la memoria del colectivo aparece Flick Thorley, enfermera abiertamente lesbiana nacida en Nueva Zelanda, que se trasladó al Reino Unido en 1989 y trabajó en la atención a personas con VIH en el London Lighthouse, uno de los centros de referencia en Londres. Después ejerció como enfermera de enlace psiquiátrico especializada en VIH en el Chelsea and Westminster Hospital hasta 2011.
También destaca Maggie Snyder, enfermera registrada y asistente médica, que trabajó junto a la doctora Kristen Ries en Salt Lake City. The Body las recoge como una pareja de mujeres lesbianas que cuidó a algunos de los primeros pacientes con sida en Utah durante el punto álgido de la epidemia. Snyder llegó a la consulta de Ries en 1987, en un momento en el que muy pocos profesionales aceptaban tratar a personas con VIH/sida. Juntas atendieron a miles de pacientes en Utah.
A esa memoria se suman las San Diego Blood Sisters, grupo de lesbianas organizado en 1983 tras la exclusión de los hombres que tenían sexo con hombres de la donación de sangre en Estados Unidos. Su primera campaña, celebrada el 16 de julio de 1983 en Hillcrest, reunió a cerca de 200 voluntarias y logró alrededor de 130 donaciones para pacientes con sida.
Una letra contra la invisibilidad
La posición de la L también habla de feminismo. Las lesbianas han padecido una doble forma de discriminación: por ser mujeres y por su orientación sexual. Amnistía Internacional subraya esa doble exposición al estigma, la violencia, la persecución y la falta de reconocimiento.

Por eso, la primera letra no debe leerse como una jerarquía entre identidades. Tiene más sentido entenderla como una marca de memoria. Recuerda que la historia LGTBIQ+ no se ha construido solo en manifestaciones multitudinarias o debates legales, sino también en espacios menos visibles: asociaciones, hospitales, casas compartidas, redes de apoyo, librerías, archivos, colectivos feministas y campañas de salud.
Las siglas seguirán cambiando. En algunos contextos se usa LGBT, en otros LGTBI, LGBTQ+, LGTBIQ+ o LGBTQIA+. Stonewall recoge precisamente esa variedad y define LGBTIQ+ como un acrónimo común para lesbianas, gais, bisexuales, trans, intersexuales, queer, questioning, ace y otras identidades que en otro momento abordaremos.
Que la L vaya primero no resuelve toda la historia del movimiento, pero ayuda a leerla mejor. En esa letra se cruzan memoria, deuda, visibilidad y política. Y también una idea esencial: a veces, el orden de una palabra revela quién tuvo que pelear mucho tiempo para ser nombrado.







