Nota del Día: El juego del pañueloJugar al pañuelo también era aprender a esperar, decidir, perder y volver a empezar junto a los demás

Nota del Día: El juego del pañuelo
Jugar al pañuelo también era aprender a esperar, decidir, perder y volver a empezar junto a los demás

Una persona en el centro. Un pañuelo en la mano. Dos equipos frente a frente y un número que, al ser pronunciado, hacía salir corriendo a dos peques. No había música, luces, recompensas ni una pantalla marcando el ritmo. Solo cuerpos atentos, unas reglas sencillas y la voluntad de seguir jugando.

Esta misma mañana, unas buenas amigas recordaban en una obra de teatro los juegos de su juventud. Al hablar del pañuelo, apareció también una forma de infancia que hoy se siente lejana. No porque aquel tiempo fuera mejor, sino porque exigía otra manera de estar, relacionarse y llenar las horas.

El juego del pañuelo era algo muy elemental, pero no era pobre. Había que escuchar, reaccionar, calcular la distancia, engañar al contrario, correr y regresar sin ser alcanzado. También había que organizar los equipos, repartir los números, aceptar una derrota y resolver una discusión cuando alguien aseguraba que el otro había hecho trampa. Con casi nada, se ponían en movimiento muchas cosas que, posteriormente, nos convertirían en adultos.

Aquellos juegos enseñaban sin presentarse como educativos. Obligaban a esperar, negociar, improvisar y soportar la frustración. El niño o la niña no recibía una experiencia terminada: tenía que construirla con los demás. Si faltaba alguien, se cambiaban las reglas. Si el grupo se cansaba, se inventaba otra variante. Si surgía un conflicto, no había un botón para abandonar la partida sin mirar a nadie. Había que seguir allí, frente al otro.

Eso también era hacer infancia.

Hoy los niños crecen en un entorno distinto. La tecnología les ofrece conocimientos, lenguajes y posibilidades creativas que otras generaciones no tuvieron. Pueden aprender, comunicarse y crear de formas antes inimaginables. No tiene sentido presentar la pantalla como un enemigo, ni convertir el pasado en un paraíso perdido.

Hoy, cualquier espera necesita un vídeo, cualquier trayecto exige entretenimiento y cualquier momento de aburrimiento debe eliminarse de inmediato. Entonces no solo cambia el objeto con el que se juega. Cambia la relación con el tiempo, el cuerpo y los demás.

El aburrimiento tenía mala fama, pero también era un punto de partida. De una tarde sin plan podían salir una pelota, una tiza, una goma elástica o un pañuelo. Había que buscar a otros, convencerlos y decidir a qué jugar. La diversión no llegaba servida. Se inventaba.

Quizá, al dejar atrás esta forma de hacer infancia, estemos perdiendo una herramienta para aprender algunas capacidades: mantener la atención sin estímulos constantes, tolerar que no todo sea inmediato, crear una actividad con pocos recursos o resolver cara a cara conflictos de grupo.

También se pierde una forma aventurera de aprender con el cuerpo. En el pañuelo, pensar era correr. La estrategia se medía en pasos, amagos y respiraciones. El error terminaba en una caída, una carcajada o una nueva oportunidad.

No es culpa de los peques. Ellos no han diseñado ciudades con menos espacios de juego, horarios familiares más difíciles ni una industria empeñada en capturar cada segundo de su atención. La infancia cambia porque cambia el mundo que los adultos construimos alrededor de ella.

Habría que replantear socialmente si estamos entregando toda la infancia a una sola manera de pasar el tiempo, a pesar de los intentos de muchas personas de no resistirse al devenir de la tecnología. Habría que fomentar que los niños puedan ser usuarios de la tecnología sin dejar de ser autores de sus propios juegos.

Tal vez dentro de unos años recuerden mundos digitales, personajes y partidas online. Serán recuerdos legítimos y también construirán una generación. Pero convendría que, junto a esos recuerdos, conservaran alguna imagen que no necesitara contraseña: un grupo frente a otro, un pañuelo en el centro y el cuerpo entero preparado para echar a correr.

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