Esta columna queda entre dos fechas que para mí tienen mucho sentido juntas, el 20 de febrero, Día Mundial de la Justicia Social, y el 5 de marzo, Día Internacional del Trastorno de Identidad Disociativa (TID).
Entre ellas hay un puente invisible que une derechos, dignidad y visibilidad, un recordatorio de que nadie debería quedarse fuera.
El 20 de febrero nos recuerda algo básico, la justicia social no son solo leyes ni políticas, es reconocer que todas las personas, con sus circunstancias, sus historias, sus retos, merecemos respeto y dignidad, siempre, y sí, eso también incluye a quienes vivimos con trastornos o enfermedades de la salud mental.
La justicia social es también mirar ahí, prestar atención, escuchar y aprender, porque cuando ignoramos a quienes viven con trastornos o enfermedades mentales, estamos dejando de lado un pedazo importante de la sociedad.
El 5 de marzo nos pone frente al TID, un trastorno que muchos todavía no entienden, o ni siquiera conocen.
Vivir con TID no es un capricho, no es debilidad y por supuesto no es ficción ni exageración, es la manera que tiene la mente de sobrevivir frente a experiencias muy difíciles, cada identidad que convive en una misma persona tiene su propia historia, sus recuerdos y su manera de sentir, hablar de TID, visibilizarlo, explicarlo, eso también es justicia social, porque todas las identidades de una persona merecen ser escuchadas y respetadas.
Si juntamos estas fechas, se ve muy claro, la justicia social y la salud mental van de la mano, defender derechos, igualdad y oportunidades no sirve si dejamos fuera a quienes vivimos con TID o con otros trastornos que la sociedad aún no comprende bien.
No ignoremos que desconocimiento, prejuicios y estigma también son formas de injusticia, y a menudo las más silenciosas, pero no por eso menos dañinas.
En el día a día, muchas personas con TID enfrentamos malentendidos, dudas y juicios que pueden ser agotadores, no es raro escuchar frases como “eso no puede ser real” o “seguro que exageras”, la sociedad suele idealizar la “normalidad”, pero la justicia social real nos recuerda algo simple, la dignidad no depende de ajustarse a un molde.
Celebrar el Día del TID es un gesto de justicia social en acción, visibilizar y comprender nuestras experiencias es un paso hacia una sociedad más justa, más humana y más empática.
Este puente entre fechas también nos invita a mirarnos a nosotros mismos, la justicia social no está solo en leyes ni discursos, se vive en cómo nos relacionamos, en cómo escuchamos, en cómo hacemos espacio a quienes pensamos que “somos distintos”, cada gesto cuenta, escuchar sin juzgar, preguntarse cómo podemos acompañar mejor, reconocer cuando nuestra ignorancia ha hecho daño, todo eso es parte de construir justicia de verdad.
Podemos llevarlo a ejemplos concretos, una persona con TID que va a la escuela, al trabajo o al médico y se encuentra con profesionales que no saben nada del trastorno, familiares o amistades que creen que “es solo teatro” y no validan sus experiencias, cada uno de esos momentos es un recordatorio de que la justicia social no puede limitarse a lo macro, también se construye en lo cotidiano.
Entre el 20 de febrero y el 5 de marzo vemos algo importante, los derechos humanos y la salud mental no están separados, reconocer y apoyar a personas con TID no es un gesto bonito, no es solo una frase políticamente correcta.
Tiene que ser un compromiso real con la igualdad y con la humanidad, cuando alguien con TID se siente comprendido, visibilizado y respetado, la justicia social se materializa en algo tangible, en vida cotidiana más digna, en oportunidades reales para aprender, trabajar, participar y relacionarse sin miedo ni estigma.
Al final, estas fechas nos dejan un mensaje claro, la justicia y la comprensión van de la mano, la verdadera justicia incluye a todos, también a quienes vivimos con Trastorno de Identidad Disociativa.
Entre estas dos fechas, el calendario deja de ser solo un marcador de días y se convierte en un recordatorio, la dignidad de todos merece ser reconocida y respetada.
Que esta columna sirva para invitar a reflexionar y actuar, para recordar que la justicia social es mucho más que un concepto abstracto, es un compromiso diario, visible en nuestros gestos, nuestras palabras y nuestra manera de relacionarnos, y que la salud mental, en toda su diversidad, forma parte indivisible de ese compromiso.
