Agosto en Madrid. La ciudad se vacía de rutinas y se llena de otras luces: las de las terrazas que se alargan hasta la madrugada, las de los cines de verano en patios y azoteas, las de un cielo que, en estos días, se anuncia extraordinario. El 12 de agosto, un eclipse total de Sol recorrerá el norte de España y, mientras miles de madrileños preparan gafas homologadas y planes de escapada, hay quien se prepara para escucharlo.
Enrique Pérez Montero es astrofísico. Investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC), ha centrado buena parte de su carrera en el estudio de la formación estelar y la composición química de galaxias. También es una persona ciega. Una retinosis pigmentaria le fue diagnosticada hace años y, con ella, la certeza de que la luz se iría apagando progresivamente. Pero no así su vocación: Pérez Montero siguió investigando, publicando, analizando datos. Lo que cambió fue la forma de mirar. Y lo que cambió, también, fue la forma de acercar el cielo a los demás.
De la mano del IAA-CSIC, Pérez Montero impulsa Astroaccesible, un proyecto que traduce la astronomía a otros sentidos. Recursos sonoros, materiales adaptados, actividades inclusivas: la premisa es sencilla y, al mismo tiempo, radical. El universo no pertenece solo a quienes pueden observarlo a través de un telescopio. También puede escucharse, palparse, narrarse. En sus propias palabras, la tecnología «le ha acompañado» en todo este trayecto.
Escuchar el eclipse del 12 de agosto
Para el eclipse del 12 de agosto, Pérez Montero ha desarrollado un recurso audiovisual inclusivo que permite a las personas ciegas seguir el fenómeno mediante sonidos sincronizados. Cada variación de luz se traduce en una frecuencia: la Luna ocultando el Sol, la franja de luz que se estrecha, el momento de la totalidad y, después, el camino inverso. «Ahora la Luna sale por la derecha realizando el camino de destapar el Sol», sonará en los vídeos descriptivos durante el eclipse. El oído revela lo que una foto fija oculta: la evolución del astro en tiempo real.

Su trabajo tiene ecos literarios. En una intervención reciente, Pérez Montero citó a Virginia Woolf y confesó no solo sentirse identificado con sus palabras, sino conmovido por ellas. No es casualidad. Hay algo profundamente narrativo en su manera de entender la ciencia: los datos no son números inertes, sino historias que aguardan a ser contadas. La astronomía, en sus manos, se vuelve relato, paisaje, experiencia sensorial.
En el ámbito institucional, su labor ha trascendido fronteras. La Agencia Espacial Europea (ESA) lo ha incorporado a iniciativas de divulgación accesible en el ESAC, su centro de operaciones científicas en Villanueva de la Cañada, a las puertas de Madrid, donde coordina sesiones sobre exoplanetas y otros sistemas solares dentro del programa SpaceIN. Allí, astrofísicos y personas con discapacidad comparten un mismo cielo, demostrando que la ciencia participativa puede ser accesible para todos, independientemente del estado físico.
Quien lo haya visto en alguna de sus apariciones públicas recordará también a Roco, su perro guía, que le acompaña en charlas, entrevistas y vídeos. Juntos —astrofísico y perro— han protagonizado campañas de sensibilización sobre la salud visual y la protección ante fenómenos como los eclipses, recordando que incluso las personas con discapacidad visual deben cuidar sus ojos y no mirar el Sol sin protección homologada durante más de tres minutos seguidos.
Pero la aportación de Pérez Montero va más allá de la biografía. Con Astroaccesible ha impulsado una manera de divulgar que pone en el centro a las personas y no solo a los contenidos. Su objetivo es claro: que la astronomía pueda ser una experiencia compartida, comprensible y sensorialmente accesible para públicos diversos. Que una persona ciega pueda seguir un eclipse con la misma intensidad —aunque por otras vías— que quien lo contempla desde una loma de la Sierra de Madrid.
En tiempos en que la ciencia busca llegar a más gente y derribar barreras, la figura de Enrique Pérez Montero recuerda que el conocimiento no depende de una sola forma de percibir el mundo. A veces, para entender el universo, hace falta aprender a escucharlo. Y, en una ciudad acostumbrada a mirar escaparates, pantallas y cielos encendidos, quizá haya también belleza en eso: en aprender a escuchar la luz.

