Hoy, como cada 10 de octubre, se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Un día para hablar de pedir ayuda, romper estigmas y cuidar nuestra salud mental.
Todo eso es necesario, pero cada año se repiten muchas palabras que después no siempre se convierten en hechos.
Hablar de salud mental es fácil. Lo difícil es escuchar cuando alguien cercano dice que no está bien, acompañarlo cuando la situación se alarga y entender que no todo se soluciona rápidamente.
Ahí el entorno tiene una responsabilidad enorme.
No hace falta entender perfectamente lo que le ocurre a alguien para tratarlo con respeto. Hace falta escuchar, tener paciencia y preocuparse de verdad, porque es muy fácil decir «aquí estoy para lo que necesites». Lo complicado es estar cuando realmente hace falta.
También es fácil hablar de empatía mientras cuestionamos lo que siente otra persona, minimizamos su sufrimiento, le decimos que tiene que «poner de su parte», o directamente lo negamos e invalidamos. Una persona que atraviesa un problema de salud mental no necesita más culpa ni incomprensión.
Pero tampoco podemos dejar toda la responsabilidad en el entorno. Las instituciones y los políticos tienen mucho que hacer.
Cada 10 de octubre aparecen campañas y mensajes sobre la importancia de la salud mental. Pero cuando alguien pide ayuda puede encontrarse con listas de espera, falta de profesionales o recursos que no responden a sus necesidades.
Y hay una realidad que merece mucha más atención: hay personas que convivimos con trastornos crónicos y complejos y necesitamos seguimiento especializado.
No todos los problemas de salud mental son episodios puntuales. Hay muchos trastornos que forman parte de la vida de las personas y requieren profesionales con conocimientos específicos. Sin embargo, muchas veces esos especialistas no están disponibles, especialmente dentro de los recursos públicos.
No debería ocurrir que alguien tenga que buscar por su cuenta dónde pueden atenderle, convertirse en experto en su propio trastorno o desplazarse cientos de kilómetros para encontrar un profesional que conozca su situación.
Si los políticos dicen que la salud mental es una prioridad, tienen que demostrarlo con decisiones y recursos: más profesionales, atención especializada, prevención y menos barreras para acceder a una atención adecuada.
Y esa atención no debería depender del dinero que tenga una persona ni del lugar donde viva.
Porque detrás de una lista de espera hay una persona. Detrás de una familia que no sabe dónde acudir también.
No necesitamos que el 10 de octubre nos recuerden que la salud mental importa. Necesitamos que se note durante los otros 364 días del año.
Y como sociedad también tenemos mucho que revisar. Seguimos juzgando aquello que no entendemos, diciendo que alguien exagera, que tiene que ser más fuerte o que «hay gente que está peor».
Comparar el sufrimiento nunca ayuda.
Este 10 de octubre deberíamos mirar más allá de los mensajes bonitos y preguntarnos qué estamos haciendo realmente: qué hacen nuestros políticos, qué hacen las instituciones y cómo respondemos nosotros cuando alguien cercano nos dice que no está bien.
La salud mental necesita recursos, profesionales, respeto y empatía.
Porque cuando alguien dice «no estoy bien», no debería tener que demostrar que su sufrimiento es suficientemente grave para que lo tomemos en serio.
Deberíamos escucharle la primera vez.

