Respirar bajo amenaza: El 91% de los países supera los límites de contaminación de la OMS
Solo 13 países y territorios mantuvieron en 2025 una concentración de partículas finas dentro de los niveles considerados seguros

Cibeles / J. Carrascosa

by | Ago 20, 2026 | #Manchanoticias

La contaminación atmosférica provoca cerca de siete millones de muertes prematuras al año mientras el avance mundial hacia un aire más limpio comienza a estancarse.

Pese a algunos avances puntuales en la calidad del aire, la contaminación atmosférica sigue siendo una de las mayores amenazas para la salud pública mundial. El último informe de la firma suiza de monitorización IQAir constata que el 91% de los países analizados supera los límites de seguridad marcados por la OMS, y que la proporción de ciudades que respiran un aire limpio ha retrocedido del 17% al 14% en un solo año.

Respirar, el acto más automático e indispensable de la vida, se ha convertido para la mayor parte de la humanidad en una exposición cotidiana al riesgo. La firma suiza ha publicado su World Air Quality Report 2025, elaborado a partir de datos de 9.446 ciudades repartidas por 143 países, regiones y territorios.

Su conclusión es tan rotunda como preocupante: solo 13 países y territorios de todo el mundo registraron en 2025 una concentración media anual de partículas finas (PM2,5) dentro del límite considerado seguro por la Organización Mundial de la Salud (OMS), fijado en 5 microgramos por metro cúbico.

Junio en Madrid / J. Carrascosa

Esos 13 enclaves son, en su mayoría, territorios pequeños, insulares o escasamente poblados: Polinesia Francesa, Puerto Rico, Islas Vírgenes de Estados Unidos, Barbados, Nueva Caledonia, Islandia, Bermudas, Reunión, Andorra, Australia, Granada, Panamá y Estonia.

En Europa, apenas tres países lograron mantenerse dentro de la guía anual de la OMS: Andorra, Estonia e Islandia. El resto del continente, incluida España, respira un aire que supera los umbrales recomendados.

Un asesino invisible que cuesta 7 millones de vidas al año

La magnitud del problema no se mide solo en microgramos, sino en muertes. La OMS calcula que la contaminación del aire, tanto exterior como doméstica, provoca unos 7 millones de muertes prematuras cada año en todo el mundo.

Según estimaciones anteriores, 4,2 millones estaban ligadas a la contaminación ambiental y otros 3,8 millones a la contaminación en interiores por la combustión de leña y carbón. Ambas cifras no deben sumarse directamente, ya que las dos exposiciones se solapan y hacerlo supondría contabilizar dos veces una parte de las muertes.

Las estimaciones más recientes sitúan la cifra en 6,7 millones de muertes en 2021, lo que convierte a la contaminación atmosférica en el mayor riesgo ambiental para la salud y en responsable de aproximadamente una de cada ocho muertes anuales. El culpable principal recibe un nombre técnico, PM2,5, que oculta su peligrosidad.

Se trata de partículas de un diámetro inferior a 2,5 micras, tan diminutas que penetran profundamente en los pulmones y pasan al torrente sanguíneo, afectando a prácticamente todos los órganos. Su exposición prolongada se ha vinculado de forma causal con enfermedades cardiovasculares, respiratorias, cáncer de pulmón, accidentes cerebrovasculares, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y diabetes.

Diversos metaanálisis recientes confirman que por cada incremento de 10 µg/m³ en la exposición crónica a PM2,5 aumenta la mortalidad por cáncer de pulmón entre un 15% y un 21%, y la mortalidad cardiovascular entre un 12% y un 14%.

Madrid / J. Carrascosa

La OMS advierte además de que casi el 80% de las muertes relacionadas con las PM2,5 podría evitarse si los niveles actuales se redujeran a los umbrales recomendados.

El mapa de la asfixia

La desigualdad geográfica es abismal. Mientras Andorra o Islandia respiran un aire casi prístino, en el otro extremo del ranking los niveles de contaminación rozan lo insoportable.

Pakistán encabezó en 2025 la lista de países más contaminados con una media anual de 67,3 µg/m³, más de 13 veces el límite de la OMS, seguida de Bangladesh (66,1), Tayikistán (57,3), Chad (53,6) y la República Democrática del Congo (50,2).

El caso de la ciudad india de Loni, en Uttar Pradesh, ejemplifica la gravedad extrema: registró una media anual de 112,5 µg/m³, un 23% superior a la del año anterior y más de 22 veces la guía de la OMS. Las 25 ciudades más contaminadas del mundo se concentraron en India, Pakistán y China.

En el extremo opuesto, la localidad sudafricana de Nieuwoudtville ostentó el aire más limpio del planeta, con apenas 1,0 µg/m³.

Avances reales, pero insuficientes

No todo son malas noticias, y conviene no perder de vista los progresos. El informe anterior, correspondiente a 2024, había mostrado un dato esperanzador: el porcentaje de ciudades globales que cumplían la guía de la OMS subió del 9% en 2023 al 17% en 2024, el nivel más alto registrado hasta entonces.

Madrid / J. Carrascosa

Además, 75 países lograron reducir sus niveles medios de PM2,5 en 2025 frente al año anterior. Regiones como América Latina y el Caribe mostraron tendencias «mayoritariamente positivas», con 208 ciudades que mejoraron sus registros.

Sin embargo, ese impulso se ha frenado. En 2025, la proporción de ciudades con aire considerado seguro retrocedió del 17% al 14%, y por segundo año consecutivo ninguna ciudad de Asia Oriental cumplió las directrices de la OMS. La propia IQAir concluye que el progreso de la calidad del aire mundial «se está estancando».

El cambio climático, un factor que lo agrava todo

Si la contaminación de origen industrial y del tráfico sigue siendo la base del problema, el cambio climático actúa ahora como un multiplicador de la amenaza. En 2025, el humo de los incendios forestales, intensificados por el calentamiento global, fue uno de los principales responsables del deterioro de la calidad del aire.

El año fue descrito como el peor de incendios forestales registrado en la Unión Europea, con un récord en agosto y pérdidas económicas a corto plazo de al menos 43.000 millones de euros en Europa por olas de calor, inundaciones y sequías.

Los efectos se dejan sentir incluso en países habitualmente limpios. Suiza y Grecia registraron aumentos superiores al 30% en sus concentraciones de PM2,5, relacionados con el humo transfronterizo de incendios norteamericanos y con el polvo sahariano procedente de África.

En Europa, 23 países empeoraron sus registros, frente a 18 que mejoraron, con Malta como ejemplo positivo tras lograr el mayor descenso del continente, cercano al 24%, gracias a su transición energética hacia las renovables y a las políticas sobre el tráfico.

La ceguera del dato

A la amenaza sanitaria se suma otra menos visible pero igual de preocupante: la pérdida de capacidad para medirla. En marzo de 2025, la Administración estadounidense de Donald Trump puso fin al programa mundial de monitorización de la calidad del aire del Departamento de Estado, que operaba en embajadas y consulados.

Coches / J. Carrascosa

Según el Centro de Investigación en Energía y Aire Limpio (CREA), esa decisión debilitó los esfuerzos de monitorización en 44 países y dejó a seis naciones sin ningún tipo de medición de la calidad del aire.

IQAir advierte de que, sin monitorización, no es posible comprender plenamente qué contiene el aire que respira la población, y subraya la necesidad de ampliar las redes de sensores, especialmente los de bajo coste, para dar a comunidades, investigadores y gobiernos información en tiempo real que permita actuar.

Una amenaza que no se resuelve con voluntarismo

El equilibrio es claro: la tecnología existe y las soluciones son conocidas, como la transición energética, el transporte limpio, la calefacción eficiente y el control de la industria y la agricultura. Sin embargo, el planeta sigue perdiendo la batalla por un aire respirable.

El informe IQAir señala como factores principales del deterioro los incendios forestales, el cambio climático, la quema de madera, el polvo sahariano, la agricultura industrial y los combustibles fósiles.

Parque del Pinar norte, en Coslada. Madrid / J. Carrascosa

La conclusión que se impone es incómoda. No basta con celebrar avances puntuales en ciudades concretas mientras 130 de 143 países analizados, el 91%, siguen superando los límites que la propia OMS considera seguros para la salud humana.

Mientras tanto, cada minuto que se respira ese aire cargado de partículas finas, en algún lugar del mundo alguien paga con su vida una factura que, casi siempre, podría haber evitado.

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