Nota del Día: España ante su propia cosecha
La recogida de la uva vuelve a transformar La Mancha mientras el país afronta sus propias cosechas: Crispación, impaciencia, vivienda, despoblación y una política incapaz de esperar

España también recoge lo que ha sembrado / #Tintamanchega

by | Sep 3, 2026 | #Manchactual

La vendimia recuerda que nada madura de inmediato. Entre viñedos, bodegas y memoria, España también debería preguntarse qué ha cultivado durante años y qué está recogiendo ahora.

Septiembre en nuestra provincia tenía un olor. Olía a mosto, a tierra levantada, a remolque cargado y a uva recién cortada. Antes de que las estaciones comenzaran a difuminarse y el calendario agrícola tuviera que aprender también el lenguaje del cambio climático, había señales que anunciaban el final del verano con una precisión casi doméstica. Una de ellas era la vendimia.

En los pueblos de La Mancha no hacía falta consultar demasiado. Llegaban los tractores, aparecían las cuadrillas, las bodegas recuperaban su bullicio y las manos comenzaban a teñirse con ese color oscuro que dejaba la uva tinta. Había madrugones, bocadillos envueltos con pocas ceremonias, conversaciones entre cepas y jornadas que la memoria, siempre tramposa, ha terminado suavizando. Porque conviene no convertir aquello en una estampa de calendario.

La vendimia era también cansancio, incertidumbre y economía familiar. Había años buenos y años malos. Había pedrisco, sequía, precios insuficientes y cuentas que debían cuadrarse después de doce meses mirando al cielo.

La nostalgia tiene la mala costumbre de quitarle el sudor al pasado. Pero incluso admitiendo esa corrección necesaria, había en aquella vendimia algo que resulta difícil encontrar hoy: la conciencia del tiempo. El agricultor podía intervenir, podar, proteger, observar y trabajar, pero existía una frontera que ni el dinero ni la impaciencia podían franquear: la uva necesitaba madurar.

Y quizá España haya olvidado precisamente eso.

Un país que quiere vendimiar antes de sembrar

La vendimia de 2026 ha vuelto a adelantarse en distintos territorios. En Castilla-La Mancha, las variedades más tempranas comenzaron a entrar en las bodegas durante agosto y localidades como Valdepeñas celebran ahora sus tradicionales fiestas cuando la recogida se encuentra ya avanzada. El clima está modificando incluso uno de nuestros calendarios culturales más antiguos.

Es difícil encontrar una metáfora más apropiada para nuestro tiempo. Vivimos también en una España adelantada a sí misma, obsesionada con recoger antes de que las cosas hayan tenido tiempo de crecer. Queremos resultados políticos inmediatos, éxitos empresariales inmediatos, reconocimiento inmediato, respuestas inmediatas. Las redes sociales han reducido el pensamiento a unos segundos y buena parte de la conversación pública funciona con la misma lógica: primero reaccionamos y después, cuando queda tiempo, pensamos.

También la política parece sometida a una vendimia permanente. Cada declaración debe producir un titular, cada conflicto necesita un vencedor y un derrotado, cada discrepancia acaba convertida en una prueba de pertenencia. Nos hemos acostumbrado a discutir España como si fuera necesario elegir constantemente entre dos viñedos enemigos. Y un país no debería construirse así.

Porque una nación necesita algo más lento que una campaña electoral continua y bastante más profundo que una tendencia en redes sociales.

Lo que hemos cultivado

La vendimia contiene una lección, que quizá incomode a algunos: Cuando llega septiembre ya es demasiado tarde para corregir muchas cosas. La cantidad y la calidad de la uva dependen de decisiones tomadas meses antes, algunas incluso años atrás. Cuando los remolques llegan a la bodega únicamente puede recogerse aquello que previamente se cultivó.

Los países funcionan de manera parecida. Durante años hemos tolerado que demasiados jóvenes contemplen la vivienda como una frontera económica. Hemos permitido que buena parte del mundo rural envejezca mientras proclamábamos solemnemente nuestra preocupación por la despoblación. Hemos convertido demasiados debates complejos en una sucesión de consignas y hemos acostumbrado a la ciudadanía a contemplar la política como una competición en la que importa menos resolver un problema que demostrar que la culpa pertenece siempre al campo de enfrente.

Después nos extraña la cosecha. Nos preocupa la desafección institucional, la crispación, el cansancio colectivo y la dificultad para imaginar proyectos comunes, pero ninguna de esas cosas apareció espontáneamente. También son fruto de una siembra. De años premiando el ruido. De años confundiendo firmeza con agresividad. De años en los que escuchar al adversario empezó a parecer una forma de debilidad y rectificar una humillación.

Una cepa mal cuidada tampoco se vuelve excelente porque septiembre aparezca en el calendario.

La vieja sabiduría de saber esperar

Por eso sigue emocionando contemplar una vendimia. Hay algo profundamente civilizado en recoger aquello que necesitó meses para existir. Las tijeras cortando el racimo, el fruto acumulándose lentamente, los remolques entrando en las cooperativas, el olor dulzón del mosto comenzando a extenderse por los alrededores de las bodegas. Todo recuerda que existen procesos que no pueden acelerarse indefinidamente sin pagar un precio.

Después vendrá todavía otra espera. Porque recoger la uva tampoco significa tener vino. Queda prensar, fermentar, trasegar, conservar. Queda permitir que el tiempo vuelva a hacer su trabajo. Esa es la parte de la metáfora que más necesita escuchar la España contemporánea.

No todo problema exige una respuesta inmediata. No toda discrepancia necesita convertirse en una guerra cultural. No toda noticia merece una sentencia pronunciada cinco minutos después de conocerla. No toda política pública puede juzgarse antes de que produzca efectos. La democracia también necesita tiempo.

Tiempo para negociar, para equivocarse, para corregir y para construir consensos que nunca serán tan satisfactorios como una victoria absoluta, precisamente porque una sociedad plural no puede gobernarse como si media sociedad tuviera que desaparecer para que la otra mitad pudiera sentirse cómoda.

Por eso estos días, mientras los remolques vuelven a recorrer carreteras secundarias y La Mancha recupera ese olor antiguo a uva, polvo y mosto, convendría mirar algo más que las cepas. Conviene mirarnos. Preguntarnos qué estamos cultivando cuando hablamos, cuando votamos, cuando gobernamos, cuando informamos, cuando discutimos y cuando enseñamos a quienes vienen detrás qué significa convivir con alguien diferente.

Porque los países, igual que los viñedos, viven de ciclos mucho más largos que nuestros enfados. Y tarde o temprano llega septiembre. Entonces ya no sirven los discursos, ni los argumentarios, ni las promesas apresuradas.

Entonces solo queda salir al campo y recoger lo que hemos sembrado.

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