Hoy se celebra el Día Internacional del Mimo, una disciplina que construyó buena parte de su historia sobre algo que cada vez nos cuesta más: guardar silencio.
La fecha recuerda a Marcel Marceau, uno de los grandes nombres de este arte, fallecido un 22 de septiembre. Desde 2011, la jornada reivindica una forma de expresión que prescinde de la palabra y obliga al cuerpo, al gesto y a la mirada a decir aquello que normalmente confiaríamos a una frase. Resulta especialmente sugerente celebrar en un momento en que la sociedad no sabe callar, a quienes hicieron del silencio una manera de comunicarse.
Vivimos rodeados de palabras. Opinamos mientras ocurre la noticia, antes incluso de comprenderla. Comentamos una fotografía, respondemos a un titular, discutimos con desconocidos y convertimos cualquier conversación en una pequeña tribuna. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de hablar y, probablemente, nunca habíamos sentido tanta necesidad de hacerlo.
Las redes sociales han terminado por enseñarnos que permanecer callado puede parecer sospechoso. Hay que pronunciarse, reaccionar, contestar, posicionarse. Incluso el silencio necesita una explicación. Hemos confundido muchas veces tener voz con tener siempre algo que decir, cuando una de las formas más difíciles de madurez consiste precisamente en reconocer cuándo merece la pena hablar y cuándo conviene sólo observar.
El mimo plantea justo lo contrario. En un escenario vacío puede levantar una pared que no existe, sostener un peso imaginario o hacernos entender tristeza, miedo, alegría o cansancio sin pronunciar una sola sílaba. Nos recuerda que comunicar no consiste únicamente en producir palabras, sino también en mirar, escuchar, interpretar y dejar espacio al otro. Actuar.
Por ello conserva algo profundamente contemporáneo, por antiguo que resulte al siempre entendido. Nos obliga a prestar atención. Frente al ruido permanente, exige paciencia. Ante la velocidad, pausa. Contra la necesidad de explicarlo todo, confía en que un gesto pueda bastar.
No se trata de convertir el silencio en virtud, aunque elegir cuando callar sí lo sea. Hay silencios cobardes, cómodos e incluso injustos. Pero también existe un silencio necesario, ese que permite pensar antes de responder y escuchar antes de juzgar.
Por ello recordemos: A veces, callarse también es una forma de decirlo todo.

