Nota del Dia: La tierra que nos hizo manchegos
Nuestra identidad no comenzó con los molinos ni termina en el Quijote: La Mancha es el resultado de siglos de pueblos, caminos, ausencias y memoria

Mirando con ellos / #Tintamanchega

by | Sep 11, 2026 | #ATinta

La identidad manchega nace de siglos de historia, paisaje, memoria y ausencias: una tierra de muchas raíces que aún permanecen en nosotros.

Hay preguntas que parecen sencillas hasta que uno intenta responderlas. ¿De dónde venimos los manchegos? No dónde nacimos ni en qué pueblo crecieron nuestros abuelos. La pregunta es más íntima: En qué momento empezó a existir eso que llamamos identidad manchega y qué queda todavía de quienes habitaron esta tierra antes que nosotros.

Quizá una parte de esa identidad empezó a escribirse en el paisaje. En una tierra extensa, de horizontes vagos, veranos abrasadores y agua que nunca podía darse completamente por segura. Un espacio donde las distancias importaban y donde durante generaciones sobrevivir significó aprender a administrar lo disponible.

Durante mucho tiempo, el paisaje fue una condición de existencia, no un mero decorado. Determinaba lo que podía cultivarse, cuándo se trabajaba y cuándo llegaban los meses difíciles. El cereal, la vid, el olivo y el ganado crearon una economía, pero también una relación con el tiempo. Había un momento para sembrar, otro para recoger, otro para vendimiar y otro para esperar. La tierra imponía sus propios calendarios. Y luego estaba marcharse.

Durante buena parte del siglo XX, miles de manchegos y manchegas abandonaron sus pueblos buscando una oportunidad que aquí no encontraban. Muchos regresaban en verano. Otros volvían para las fiestas. Algunos levantaron una casa pensando en una jubilación futura. Los hijos crecieron lejos y los nietos aprendieron que existía un pueblo al que pertenecían aunque solamente estuvieran allí unas semanas al año. Porque hay algo profundamente manchego en descubrir lo que somos cuando dejamos de tenerlo alrededor.

Fuera desaparecen las referencias del día a día. Ya no todo el mundo conoce determinadas palabras, comidas, expresiones o costumbres. Entonces aquello que parecía corriente comienza a adquirir valor. La identidad aparece por contraste. Y también por nostalgia.

La Mancha de hoy tiene poco que ver con aquella sociedad rural. Las generaciones jóvenes estudian fuera, trabajan desde un ordenador y construyen identidades mucho más complejas que las de sus antepasados. Y, sin embargo, algo permanece.

Permanece en las palabras que utilizamos sin saber que fuera apenas se escuchan. En las comidas, las fiestas de los pueblos. Aquellos veranos interminables. En una conversación con los abuelos. Esos septiembres cuando llegan las vendimias. En el silencio de algunas carreteras secundarias. En esa línea perfectamente horizontal donde la tierra parece tocar el cielo sin necesidad de montañas.

Permanece incluso en aquello que estamos perdiendo. Cada vez que desaparece una palabra, una receta, una historia familiar o una costumbre que nadie se preocupó de transmitir, desaparece una pequeña parte de nuestra memoria colectiva.

Por eso ser manchego o manchega consiste en algo muy sencillo: Saber que, antes de nosotros, hubo otros mirando este mismo horizonte. Y comprender que, de alguna manera, todavía seguimos mirando con ellos.

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