España se percibe a sí misma como un país dividido. No es una impresión surgida de las tertulias televisivas, las sesiones parlamentarias o la conversación en las redes sociales, a pesar de lo que muchas personas puedan pensar.
Una encuesta de More in Common España, realizada entre el 24 y el 28 de agosto de 2026 entre 2.144 personas, señala que el 70% de los españoles considera que el país está dividido o muy dividido, el porcentaje más elevado registrado por la organización desde 2021. Conviene detenerse en una palabra: percibe. El dato no significa que siete de cada diez ciudadanos estén enfrentados entre sí, sino que existe una sensación social de fractura extraordinariamente extendida.
El lenguaje político parece desenvolverse cómodamente en ese escenario. Pedro Sánchez ha definido este año al PP como una “oposición marrullera” y contrapuesto el avance de su proyecto al supuesto retroceso que representarían “la derecha y la ultraderecha”. Alberto Núñez Feijóo y el PP recurren de manera habitual al concepto “sanchismo”, utilizado para englobar bajo una misma categoría al presidente, su Gobierno y determinadas políticas o formas de ejercer el poder, o “delincuencia de Estado”, referido a la forma de actuar del Gobierno.
Santiago Abascal, líder de la formación VOX, fue todavía más lejos al iniciar el curso político el pasado 31 de agosto afirmando que “España está en peligro” y hablando de una “mafia” y una “traición” dirigida desde la Presidencia del Gobierno. Además de estos sonantes ejemplos, podemos encontrar otros casos en la mayoría de las opciones políticas actuales. Son discursos diferentes, con intensidades, contenidos y contextos distintos, pero permiten observar un mecanismo común: la construcción de campos políticos enfrentados y fácilmente reconocibles.

Por ello hoy nos realizamos una pregunta: ¿Puede resultar útil políticamente que los ciudadanos perciban la competición electoral como una confrontación entre dos bloques cada vez más incompatibles? Analicémoslo.
No todo desacuerdo es polarización
Una democracia sin confrontación sería difícilmente reconocible como democracia. Los partidos existen precisamente porque representan intereses, ideologías y proyectos diferentes. Defender impuestos más altos o más bajos, una determinada política migratoria, diferentes modelos territoriales o posiciones enfrentadas sobre derechos sociales no constituye por sí mismo una anomalía democrática. El desacuerdo forma parte del pluralismo, y aceptarlo, enriquece.
Por eso resulta necesario diferenciar conceptos. Existe una polarización ideológica, que mide la distancia entre posiciones políticas; una polarización afectiva, relacionada con la simpatía hacia el grupo propio y el rechazo hacia quienes pertenecen al contrario; y una dimensión discursiva, que aparece cuando esas diferencias son construidas comunicativamente mediante una lógica de “nosotros” frente a “ellos”.
Una revisión sistemática publicada en mayo de 2026 en Estudios sobre el Mensaje Periodístico, elaborada por Javier Durá Martínez de la Peña y Alexandre López-Borrull, analizó 25 investigaciones académicas publicadas entre 2020 y 2025 sobre la polarización española. Su conclusión dibuja un fenómeno complejo e intrincado en el que interactúan factores ideológicos y afectivos y donde intervienen actores políticos, medios de comunicación y plataformas digitales. Es decir, no existe una única causa ni puede atribuirse el fenómeno exclusivamente a un partido, una red social o un cambio social concreto.
La frontera relevante se vislumbra cuando el adversario deja de ser presentado como alguien que propone soluciones equivocadas y comienza a ser descrito como una amenaza para el propio grupo, para determinados derechos o incluso para el futuro del país. En ese momento, la discrepancia política adquiere una dimensión emocional.
Del adversario al antagonista: La construcción del “nosotros” y el “ellos”
La comunicación polarizadora tiene una ventaja evidente: simplifica. Frente a una realidad política compuesta por presupuestos, competencias administrativas, leyes, negociaciones parlamentarias, conflictos territoriales y multitud de intereses económicos y sociales, la división entre dos campos ofrece al ciudadano un relato mucho más sencillo.
El investigador Juan Antonio Marín-Albaladejo describe precisamente la polarización discursiva como ‘una estrategia de comunicación basada, entre otros mecanismos, en la simplificación dicotómica, la presentación positiva del grupo propio, la caracterización negativa del contrario, la victimización y la creación de antagonismos’. El adversario político puede quedar así integrado dentro de una categoría mayor y más reconocible que permite interpretar acontecimientos diferentes mediante un mismo marco.
Ese mecanismo puede encontrarse, con características diferentes, en la comunicación política española. “La derecha y la ultraderecha”, “el sanchismo”, “la mafia” o determinadas apelaciones a quienes supuestamente «amenazan España» funcionan como categorías que agrupan actores diversos dentro de una misma identidad política adversaria. Todas esas expresiones no son equivalentes, ni responden al mismo grado de confrontación. Pero sí comparten una función: reducir la complejidad del campo político y delimitar quién pertenece al espacio propio y quién queda enfrente.
Un estudio publicado en 2025 por Marín-Albaladejo y Marián Navarro-Beltrá analizó 685 publicaciones en X de PSOE, PP, Vox y Sumar durante la campaña de las elecciones generales de 2023. Las estrategias de polarización aparecieron en el 57,8% del conjunto de los mensajes analizados, aunque con diferencias entre formaciones: Vox las utilizó en el 67,6% de sus publicaciones, el PSOE en el 63,3%, el PP en el 52,8% y Sumar en el 50,7%.

Las críticas hacia los rivales también tuvieron una presencia elevada: aparecieron en el 66,5% de los mensajes del PSOE, el 65,9% de Vox, el 56% del PP y el 49,3% de Sumar. Más pronunciada fue la diferencia en el contenido considerado tóxico, que incluía insultos, burlas o incitaciones al abucheo: estuvo presente en el 21,8% de los mensajes de Vox, frente al 6,4% del PP, el 6,3% de Sumar y el 4,4% del PSOE. El matiz resulta revelador: la existencia de mecanismos comunes no implica una utilización idéntica por todos los partidos.
No necesito que me quieras: Puede bastar con que rechaces al contrario
Aquí aparece uno de los conceptos más útiles para comprender la comunicación política contemporánea: el partidismo negativo. Durante décadas, la lógica electoral se explicó fundamentalmente mediante la identificación positiva. Una persona votaba porque se sentía representada por unas siglas, un dirigente o una ideología. Pero existe otra motivación posible: votar no tanto para que gane alguien como para impedir que gane otro.
José Miguel Rojo-Martínez analizó en la Revista Española de Ciencia Política los datos de la III Encuesta Nacional de Polarización Política del CEMOP, realizada durante la campaña de las generales de 2023. El 69,8% de los entrevistados mostraba un fuerte rechazo hacia Vox, frente al 35,4% hacia el PSOE. Entre quienes se identificaban positivamente con los socialistas, además, el 91,3% rechazaba intensamente a Vox; entre los identificados con Vox, el 79,7% hacía lo propio con el PSOE. El antagonismo era elevado en ambas direcciones, aunque no completamente simétrico.
El estudio encontró además que el rechazo hacia Vox incrementó significativamente la probabilidad de votar al PSOE, incluso al introducir otras variables políticas y sociodemográficas. El efecto contrario no apareció con la misma claridad: el rechazo al PSOE no explicaba estadísticamente por sí solo el voto a Vox. En aquella campaña, por tanto, presentar la entrada de Vox en el Gobierno como una posibilidad que debía evitarse pudo aportar al PSOE una motivación adicional de movilización.
Sin embargo, los procesos electorales posteriores obligan, sin embargo, a ampliar esa fotografía. El rédito del rechazo no tiene por qué producirse únicamente mediante un cambio directo de voto. También puede aparecer cuando el adversario pierde capacidad de retener fidelidad, aumenta la indecisión o parte de su electorado se abstiene. En las elecciones extremeñas de diciembre de 2025, la participación cayó del 72,6% al 62,7%, mientras el PSOE descendió del 39,9% al 25,7%. La caída de la participación fue además mucho mayor en sus antiguos feudos. Antes de votar, 40dB calculaba que los socialistas conservaban solo al 58,6% de sus votantes de 2023, mientras cerca de un 11% se inclinaba por el PP, alrededor de un 3% por Vox y otro 10% permanecía indeciso.
Estos resultados no permiten atribuir automáticamente la desmovilización al rechazo hacia Pedro Sánchez, pero sí permiten introducir una segunda dimensión de la polarización negativa: una estrategia de antagonismo puede resultar políticamente útil tanto si moviliza a los propios como si contribuye a debilitar el vínculo del contrario con una parte de su electorado a través del desgaste. La comunicación deja entonces de responder únicamente a “¿por qué deberías votarme?” y empieza a explotar otra pregunta: “¿qué podría ocurrir si gana el contrario?”. El adversario pasa así de ser un competidor electoral a convertirse también en parte de la propia argumentación de voto.
La política emocional: Miedo, enfado e identidad
La utilidad comunicativa de ese mecanismo difícilmente puede entenderse sin las emociones. Los programas electorales contienen centenares de medidas, pero las identidades políticas permiten organizar una cantidad enorme de información mediante asociaciones mucho más rápidas: quiénes somos, quiénes son ellos, qué defendemos y qué creemos que está amenazado.
Los datos del CEMOP ayudan a contextualizar ese clima. Su V Encuesta Nacional de Polarización Política, publicada en diciembre de 2025, señalaba que el 70,1% de los entrevistados consideraba que la crispación política había aumentado durante el año anterior. Sin embargo, el mismo estudio encontró que la polarización afectiva agregada (cuánto más positivamente valoran los ciudadanos a su propio grupo político y cuánto más negativamente perciben a los grupos rivales) había descendido ligeramente, de 5,20 puntos en 2024 a 4,94 en 2025, debido principalmente a una pérdida de adhesión hacia los propios partidos. Percepción de crispación y polarización afectiva, por tanto, tampoco son exactamente lo mismo.

La encuesta ofrece otro dato especialmente significativo para la comunicación. El enfado era la emoción predominante provocada por la prensa para el 30% de sus lectores, mientras que la distancia media entre la posición ideológica del ciudadano y la del periódico que elegía como referencia era de apenas 1,7 puntos. Además, un 63,3% reconocía informarse repasando fundamentalmente titulares.
En un ecosistema de atención limitada, el mensaje emocional posee una capacidad considerable para imponerse. Indignación, temor, agravio o pertenencia permiten comprimir cuestiones complejas dentro de narrativas fácilmente reconocibles. La polarización puede convertirse así no solamente en una posición política, sino en una forma de ordenar la realidad.
Redes, medios y Parlamento: Una máquina de amplificación
Sería tentador encontrar un culpable sencillo y señalar al algoritmo. Sin embargo, las investigaciones disponibles nosobligan a ser bastante más prudentes. Las redes sociales pueden favorecer la viralización de determinados mensajes, premiar la confrontación y crear entornos de exposición selectiva, pero no existe evidencia suficiente para afirmar que sean por sí mismas la causa de la polarización española.
La confrontación, además, precede al mensaje que termina circulando en las plataformas. Un estudio publicado en julio de 2026 en Historia y Comunicación Social examinó 83 discursos pronunciados en debates de investidura entre 2000 y 2023. Sus autores, Aurken Sierra, Jordi Rodríguez-Virgili y Clara González-Tosat, detectaron un aumento sostenido de la distancia ideológica y de la hostilidad emocional, especialmente a partir de 2015, acompañado por un lenguaje más confrontativo, una mayor apelación a la unidad del grupo propio y una reducción de las expresiones conciliadoras y de las llamadas al acuerdo.
Las redes, por tanto, no inventan necesariamente el conflicto. Pueden acelerarlo, amplificarlo y hacerlo permanentemente visible. El político produce el mensaje, los medios lo seleccionan, las plataformas lo distribuyen y los ciudadanos reaccionan. La polarización acaba funcionando dentro de un circuito en el que actores diferentes pueden obtener incentivos distintos de una misma confrontación.
Entonces, ¿la polarización da rédito político?
La respuesta necesita dos tiempos. Sí, la polarización puede utilizarse como herramienta de comunicación política. Permite construir identidades reconocibles, simplificar el escenario electoral, cohesionar al grupo propio, convertir al adversario en elemento central del mensaje y, en determinados contextos, movilizar o desmovilizar mediante el rechazo.
Pero sería incorrecto dar el siguiente salto y concluir que toda la polarización que existe en España responde a una estrategia deliberadamente diseñada desde los partidos. Parte procede de diferencias ideológicas reales, de transformaciones sociales, del sistema multipartidista, de conflictos territoriales, de cuestiones culturales y de un ecosistema mediático profundamente fragmentado.
Tampoco estamos ante una dinámica irreversible. El Atlas de la Polarización 2025 de More in Common España encontraba que seis de cada diez ciudadanos consideran que las diferencias existentes en el país siguen siendo salvables. La mayoría mantiene relaciones con personas que piensan de manera diferente y la convivencia cotidiana parece resistir mejor que la capacidad de acuerdo que los ciudadanos atribuyen al sistema político.

La polarización puede funcionar como una herramienta de comunicación política cuando transforma las diferencias existentes en identidades enfrentadas, refuerza la pertenencia al propio bloque y convierte al adversario en una referencia constante del discurso.
Su posible rentabilidad aparece en la movilización de los afines, la fidelización del voto y también en la erosión del vínculo entre el rival y parte de su electorado. El resultado es una política en la que el conflicto deja de ser únicamente una consecuencia de la competición electoral y pasa a formar parte de la manera en que esa competición se explica, se ordena y se comunica.

