Recordad que en la última entrega de DivagArte dedicada a este tema de la Movida madrileña, terminaba hablando del bar El Mago, en la calle Velarde del barrio de las Maravillas, también llamado Malasaña por los de afuera (el barrio de Maravillas es un lugar donde hasta los bolardos son protagonistas de historias como se puede comprobar en el delicioso reportaje de este enlace).
Y quiero retomarlo justo en el punto de El Mago porque ese era mi lugar favorito. Pasé noches fantásticas en ese bar, rodeado de una gente estupenda, y con dos camareras maravillosas. Cuando estaba próxima la hora de cierre del local, siempre ponían la misma canción de despedida: Stay, de Jacson Browne, con este vídeo.
Stay significa en inglés «quédate» y era un aviso para los poquititos que nos quedábamos. No para los que se iban, que eran despedidos con las maravillosas sonrisas de las camareras, una rubia y otra morena y que dirigían el local sin que el encargado tuviera nada especial que hacer. Ese era el gran poder de esas dos bellezas.
Y a partir de ahí la música callaba y las camareras se iban despidiendo de los clientes… excepto de unos pocos habituales: mi compañero de piso Carmelo, quizás un par más… y yo. Cuatro, quizá tres. Porque nosotros nos quedábamos dentro y a partir de ese momento la noche se extendía un par de horas más y ocurrían cosas fantásticas. La dos camareras se olvidaban de atender a la parroquia del bar y se soltaban la melena. Cantaban, bailaban sobre la barra y nos invitaban a alguno a subir a la barra y bailar con ellas. Cinco o seis personas, con ese maravilloso teatro de fondo que era el bar El Mago, para nosotras solas.

Cada vez que oigo esta canción se me pone la carne de gallina de recordar esos “cierres” de El Mago, mi segunda casa en el barrio de Maravillas en los finales setentas. El Mago de las Maravillas era mi refugio vital, sensorial, e incluso amoroso. Porque yo estaba locamente enamorado de la camarera morena a la que le cayó un rayo –y sobrevivió– y tenía una cicatriz en la muñeca por donde le salió el rayo.
¡Cuantas noches soñé besar esa cicatriz en esa muñeca deliciosa y que nunca me atreví a decirle… La rubia también era una monada. Pero la morena del rayo en la muñeca era mi crush, mi amor secreto, bailando encima de la barra de El Mago y yo mirándola desde abajo como quien mira a una diosa deshacerse de su ancla al mundo real y levitar y sostenerse sobre el aire que le besaba los pies y la sostenía –triunfante porque sobrevivió a un rayo–sobre todas las cosas del mundo material.
Fijaos que ahora creo que yo también la gustaba a ella, por las cosas que me decía… Pero entonces, desde mi posición, veía a esa diosa tan hermosa y brillante que me apoqué. Me encogí. Me parecía inalcanzable. Y nunca le dije nada… Imbécil de mi…
En fin, que lo que quiero decir es que en aquellos finales de los setenta las calles de Madrid eran un hervidero de experiencias culturales, alimentado con vanguardias de élite, pero también vivenciales en el ámbito popular.
Y, luego, pues las Fiestas de las Vistillas, y las de San Cayetano, San Lorenzo y la Paloma, en Lavapiés, que eran una pasada de ¡tres semanas! de orgía de felicidad popular, ligoteo, risas y camaradería donde ocurría de todo, donde actuaban grupos que luego saldrían por la tele y donde las noches madrileñas se convertían en una manifestación popular que nos sacudía de los hombros la caspa del franquismo.

Vamos, que los Alaska, los Gabinete Caligari y los Radio futura; los Almodóvar, Hortelano y García Álix, estaban… ¡Claro que estaban! Pero ellos eran solo la punta el iceberg que se sustentaba porque, debajo de la línea de flotación mediática “que salía en los papeles”, existíamos un sustento gigantesco con unas ganas de vivir y de disfrutar de la vida que emergía a cada paso en cada barrio y que los fines de semana explotaba en el centro de la ciudad en forma de locura muerta de risa. Sin nosotras esa élite habría deasfallecido de aburrimiento y tristeza.
A lo que he contado en este artículo se pude sumar lo que os conté en el artículo del Cinestudio Griffith y, además de eso, lo que fue el cine Alphaville. Mítica sala donde aprendimos a ver otras formas de contar historias. Estos multicines en la calle Martín de los Heros, cerquita de Plaza de España, nos enseñaron a ver pelis en versión original subtitulada y nos abrieron la mirada a mundos insospechados y fascinantes.

El cine Alphaville nació en 1977 en la calle Martín de los Heros, fue una sala que cambió el rumbo del cine en España, según cuenta Lucía Martín en Madriddiario: «Este icónico cine de la capital fue pionero en casi todo. La versión original llegó a Madrid gracias a sus salas, que convirtieron a este espacio de la calle Martín de los Heros en el primer multicine de España». «El “día del espectador” se gestó en su taquilla y la “sesión golfa de madrugada” también le debe su nacimiento». «Con la vocación de exhibir “lo más marginal del cine comercial y lo más comercial del cine marginal”». «[…] En algunas ocasiones, se podían ver gratis cortometrajes, películas antiguas o nuevas que no habían pasado por el circuito comercial».
¡Y no se servían ni palomitas ni patatas fritas ni nada que distrajera de la película. Así era la reverencia que se le tenía al arte cinematográfico en esa sala maravillosa!
Y luego, cuando ya estábamos satisfechas de cine pero nos faltaba su poquito de música, nos acogía la tienda de discos Discoplay.
Te ofrecían un catálogo –que te enviaban a casa– y vendía en su tienda física. Esta mítica tienda estuvo originalmente en los bajos de la galería comercial Los Sótanos, situada en la Gran Vía, cerca de la plaza del Callao. Allí abrió en 1970, muy antes de la famosa Movida, y estuvo abierta y operativa hasta los dos mil. Era un lugar donde encontrar los discos que importaban del Reino Unido y de Estados Unidos. Y, claro, los que se editaban aquí también.

Era una auténtico placer pasear por esos pasillos con estanterías bajas donde se apilaban auténticos tesoros editados en el extranjero y que no llegaban al mercado masivo español –en el Corte Inglés no los encontrabas–. Solo allí podías hacerte con joyas musicales fuera de los 40 principales de la SER y lejos de las listas de éxitos españolas de Julio Iglesias o de Mocedades. Allí no encontrarías esas cosas. Todo un lujazo.

Que sí, que Andy Warhol estuvo en Madrid inaugurando una exposición suya en 1982… Y los Ramones también. Y Supertramp, y tantos otros… Pero la Movida era ya presa de la trituradora mediática y ese influjo se disipó para entrar en los terribles y peligrosos años finales de los ochenta. Fueron los años del SIDA y de la heroína inyectada en vena. Y ahí se jodió la alegría y el buen rollo.
Y todo se acabó.

