DivagArte: Walt Whitman. Hojas de hierba malditas
La gran referencia de la poesía norteamericana, en exclusiva para vuestro disfrute, como yo lo disfruté en su momento

Whitman y Lorca en una reconstrucción por IA

by | Oct 17, 2026 | #Manchacultura

En el siglo XIX, Whitman se peleó con editores sin gran éxito. Él tuvo que autopublicarse sus escritos hasta que fue reconocido como el gran poeta yanqui que es.

En mis entregas de esta columna de DivagArte sobre los poetas y escritores malditos, que podéis recordar aquí: (Malditos 1, Malditos 2, Malditos 3 y Malditos 4) –salteados desde diciembre de 2025 hasta marzo de este año–, hablé de ese grupo de escritores que lo pasaron de regular a mal, hasta que se les reconocieron sus méritos literarios. Pues bien, Walt Whitman es otro digno miembro de este singular grupo.

Infancia y juventud difícil

Walter «Walt» Whitman (1819-892) fue un escritor controvertido en su época, en especial su poemario de 1855, Hojas de hierba, –se lo financió con su propio dinero y alcanzó gran popularidad– que algunos describieron como “obscena” por su manifiesta sensualidad y sus abiertas referencias a la homosexualidad.

Sus padres eran cuáqueros, una estricta comunidad religiosa que persigue revivir el primitivo cristianismo. Vivió en la ciudad de Brooklyn durante casi toda de su vida, y su niñez fue un tiempo de escasez e infelicidad por las dificultades económicas de la familia.

A los 11 años, abandonó la escuela para trabajar y ayudar a la familia como “botones” en un bufete de abogados y más tarde pasó a ser aprendiz en el semanario de Long Island The Patriot, y allí comenzó a desarrollar su tímida faceta literaria como periodista, alternando la redacción con trabajos de imprenta y tipografía para el periódico. Pero su vida en los años sucesivos fue convulsa y llena de cambios laborales y de ciudad.

Walt Whitman en una de sus últimas fotos en 1887, con 67 años
Walt Whitman en una de sus últimas fotos en 1887, con 67 años

Del periódico The Patriot pasó al también semanario Star, mientras se pluriempleaba como encargado en una librería de su ciudad, pero pronto abandonaría también este periódico, buscando nuevos horizontes.

Brooklyn no se integró como barrio de La Gran Manzana hasta final del siglo, de modo que el traslado de Whitman a la ciudad Nueva York a la edad de dieciséis años, en mayo de 1835, todavía significaba una auténtica mudanza y un mundo nuevo para él. Allí trabajó de maestro durante tres años. Volvió a Long Island y en octubre de 1838, con tan solo 18 años, fundó su propio periódico, The Long Islander donde simultaneaba tareas de editor, impresor, periodista y distribuidor, llegando incluso a repartir personalmente la publicación. Pero a los diez meses lo vendió por la complejidad de asumir él solo tanta carga de trabajo.

A partir de ese momento alternó tareas de tipográfo –en la publicación Long Island Democrat, que también abandonó– con tareas de maestro en escuelas religiosas que le abrían las puertas por el pasado cuáquero de su familia. Era un culo de mal asiento, como decía mi abuelo.

Pero en una de esas escuelas religiosas fue el centro de un escándalo de tinte homosexual que casi le cuesta su integridad física a manos de un tumulto de gente, azuzada por un pastor presbiteriano que observó cierto comportamiento de Whitman demasiado cercano a un estudiante. Tuvo que volver a Nueva York, para poner tierra de por medio. Allí hizo una sustitución en el periódico New World. De allí saltó a diversas otras publicaciones hasta que aterrizó en 1842, con 23 años, en The New York Aurora hasta 1846, y entonces volvió a saltar y se empleó durante dos años en el Brooklyn Eagle, hasta 1848.

Walt en 1848, con 28 años; en 1862 con 42 años y en 1889, con 49
Walt en 1848, con 28 años; en 1862 con 42 años y en 1889, con 49

Una docena de trabajos en periódicos en solo 14 años. Casi a trabajo por año. ¿Culo de mal asiento, o no? Para contar con veintipocos años, había acumulado un experiencia periodística envidiable, pero su inquietud pasaba por la poesía, y en 1850 comenzó a escribir la que sería su opera prima, pero al mismo tiempo, sería el trabajo que lo hizo inmortal y que, por fin, le daría notoriedad como poeta.

Hojas de hierba

Comenzó a escribir la primera versión de Hojas de Hierba con 30 años y la publicó con 35 en 1855 sin el nombre del editor ni el suyo propio. Constaba de doce poemas. Al año siguiente apareció la segunda edición que incluía una carta-saluda de Ralph W. Emerson, poeta y ensayista que se felicitaba por el libro: “Os saludo al comienzo de una gran carrera”.

Pero, como buen miembro de mi adorado “club de los malditos”, la cosa no podía ser tan fácil. La editorial –Fowler & Wells–se arrepintió de la publicación y declinó toda responsabilidad por lo que Whitman tuvo

que figurar como editor. Para remate, Ralph W. Emerson, que tanto se enorgullecía de la excelencia de Hojas de Hierba, argumentó que su carta no la había escrito para que se publicara en la segunda edición, sino que era una carta privada. Parecía que los tintes homoeróticos de Whitman acababan de destaparse y todo el mundo se ponía de lado y con la espalda en la pared.

En 1876 aparece la sexta edición de Hojas de Hierba ampliada ya a dos tomos –de los 12 poemas de la primera edición, la sexta cargaba ya con 166– pero el esfuerzo de producción de nuestro amado maldito, esta edición daba forma definitiva a los poemas escritos con anterioridad, se topó con un proceso judicial por “inmoralidad” que salvó gracias al apoyo financiero y literario desde el Reino Unido, liderada por intelectuales británicos. Pero no fue la única traba a las Hojas de hierba malditas, sino que en 1881 y 1882, el fiscal Oliver Stivens de Boston declaró “obscena” la séptima edición de las Hojas de Hierba y amenazó con emprender acciones legales si no se censuraban y desaparecían poemas enteros. La editorial, presionada, conminó al poeta a autocensurarse, pero Whitman se negó. Como experimentado en imprenta, recuperó las planchas de su libro y lo imprimió en Filadelfia, con una ley más permisiva, y la reimpresión se agotó en una sola tarde.

Ser marica siempre ha sido difícil. Pero ser marica y brillar como el sol es un pecado que la moralidad de la época no podía tolerar –de aquella época y hasta nuestros días, la verdad sea dicha–. Si eres marica y brillas, te las llevas todas (la hostias, digo).

Whitman frente a su casa de Camdem, Nueva Jersey. Imagen asistida por IA
Whitman frente a su casa de Camdem, Nueva Jersey. Imagen asistida por IA

Desde 1855 hasta 1889 Whitman publicó ocho ediciones, añadiendo material literario a su obra más grande, mientras publicaba otros trabajos. Hay que recordar que, entre medias, estalló la guerra civil o Guerra de Secesión (1861-1865), en la que participó nuestro Walt en retaguardia, atendiendo a los heridos y en tareas administrativas de las que fue fulminantemente despedido justo al finalizar la guerra y olvidándose de sus servicios, porque las autoridades consideraban que los escritos de Whitman eran “indecentes”. A continuación, os transcribo algunos de los versos “indecentes” y “escandalosos” de Whitman. Yo solo leo amor en ellos.

NOTA: Os transcribo los poemas con los versos separados por barras porque si lo hago con cada verso en una línea aparte se me va esta columna a seis páginas y no debería pasar de tres. Lo digo porque Whitman escribía a mitad de camino entre verso y prosa y no guardaba una métrica constreñida:

Una vez pasé por una ciudad populosa, imprimiendo en mi mente, para uso futuro, espectáculos, arquitectura, costumbres, tradiciones./ Sin embargo, ahora, de toda esa ciudad, sólo recuerdo al hombre que paseaba conmigo, allí, porque me amaba. / Día tras día y noche tras noche estuvimos juntos. Todo lo demás lo he olvidado hace
mucho
tiempo.

O este otro:

Nosotros, dos muchachos, abrazándonos, mutuamente, /Sin separarnos jamás uno del otro, /Recorriendo juntos los caminos, realizando excursiones de norte a sur, /Complaciéndonos en el vigor, ensanchando los codos, apretando los dedos, /Armados y sin temor, comiendo, bebiendo, durmiendo, amando, /Sin admitir más ley que la nuestra, navegando, soldadescos, robando, amenazando, /Alarmando a los avaros, serviles y sacerdotes, tomando aire, bebiendo agua, y bailando en los prados o en las playas, /Inquietando las ciudades, desdeñando la quietud, mofándonos de las estatuas, disipando la debilidad, /Colmando nuestra historia.

Recuerdos

Tras estas “escandalosas” declaraciones de amor tengo que decir que esa maravilla ha calado muy dentro de numerosos estudiosos de la literatura norteamericana y universal. Hay cientos de reacciones admiradas por su libertad y su belleza. Pero me quedo con solo dos, por aquello del espacio que me queda: Federico García Lorca y Jorge Luis Borges. ¿Dos mindundis?

Lorca escribió en Poeta en Nueva York una Oda a Walt Whitman de la que solo puedo transcribir un par de estrofas, porque es un poema muy largo. Podéis leer el poema Oda a Walt Whitman de García Lorca completo aquí. También os lo publico separando cada verso por una barra por cuestiones de espacio:

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, /he dejado de ver tu barba llena de mariposas, /ni tus hombros de pana gastados por la luna, /ni tus muslos de Apolo virginal, /ni tu voz como una columna de ceniza; /anciano hermoso como la niebla /que gemías igual que un pájaro /con el sexo atravesado por una aguja, / enemigo del sátiro, /enemigo de la vid, /y amante de los cuerpos bajo la burda tela.

[…]

Ni un sólo momento, Adán de sangre, Macho, /hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman, /porque por las azoteas, /agrupados en los bares, /saliendo en racimos de las alcantarillas, /temblando entre las piernas de los chauffeurs /o girando en las plataformas del ajenjo, /los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

Y Borges se derrama de admiración tanto… que en estas líneas que se declara “yo fui Walt Whitman”:

El olor del café y de los periódicos. /El domingo y su tedio. La mañana /y en la entrevista página esa vana/ publicación de versos alegóricos /de un colega feliz. El hombre viejo /está postrado y blanco en su decente / habitación de pobre. Ociosamente /mira su cara en el cansado espejo. /Piensa, ya sin asombro, que esa cara /es él. La distraída mano toca /la turbia barba y la saqueada boca. /No está lejos el fin. Su voz declara: /casi no soy, pero mis versos ritman/ la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.

Whitman sufrió un accidente cerebral y quedó semiparalizado. Se arrastraría preparando una novena edición a la que llamó “Del lecho de muerte”, que completó justo antes de morir el 26 de marzo de 1892.

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