Esta semana Ángel Nicolás, presidente de la Confederación Regional de Empresarios de Castilla-La Mancha, ha llamado «memos» a algunos jóvenes por coger bajas relacionadas con la salud mental.
Finalmente se ha disculpado. Bien por él. Pero una disculpa de un día después, llegada tras la presión de sindicatos, partidos e instituciones, no borra la idea que la motivó, y esa idea es la que de verdad me preocupa.
Porque para llamar «memo» a alguien que está de baja por salud mental primero hay que asumir que sabes lo que le ocurre y la realidad es que casi nunca lo sabemos. Sabemos muchísimo menos del sufrimiento de los demás de lo que creemos.
Cuando hablamos de salud mental existe una tendencia muy humana a pensar que aquello que no vemos no existe, o al menos no existe con la intensidad con la que nos lo cuentan, nos cuesta creer en el dolor que no podemos medir, comprender el sufrimiento que no deja marcas visibles, aceptar que alguien pueda estar librando una batalla importante mientras desde fuera parece que todo va bien.
Pero la salud mental lleva décadas enseñándonos precisamente eso: que las apariencias engañan, que hay personas que sonríen mientras se hunden y que siguen trabajando mientras atraviesan situaciones límite. Que muchas veces el sufrimiento más profundo es justo el que mejor sabe esconderse.
Por eso siempre me llama la atención cuando escucho que determinados problemas son nuevos, que antes no existían o que las generaciones actuales son más débiles que las anteriores. ¿Seguro? ¿O simplemente ahora sabemos reconocer cosas que antes pasaban desapercibidas? La ansiedad no nació hace diez años, la depresión no apareció con las redes sociales y los traumas no son un invento moderno. Ya estaban ahí. Lo que ocurre es que antes hablábamos menos, o nada, de ellos, los entendíamos peor y teníamos menos, o ninguna, herramientas para identificarlos.
De hecho, estoy convencido de que muchas de las personas que hoy cuestionan determinados problemas de salud mental convivieron durante años con alguien que los tenía, sin verlo, sin entenderlo, a veces sin que ni siquiera la propia persona supiera lo que le ocurría, pero el problema ya estaba allí.
Qué fácil es creer que algo no existe cuando no sabes reconocerlo.
Y eso no solo ocurre con los trastornos más complejos. Ocurre cada día, cuando alguien minimiza una depresión porque la persona sigue sonriendo, cuando resta importancia a una ansiedad porque quien la padece sigue trabajando, cuando interpreta el agotamiento emocional como falta de carácter. Cuando confundimos sufrimiento silencioso con fortaleza.
Durante demasiado tiempo se ha admirado a quienes aguantaban sin hablar, a quienes seguían adelante sin pedir ayuda, a quienes escondían el dolor para no incomodar a nadie. Esa capacidad de resistencia puede resultar admirable, pero no deberíamos confundirla con salud.
Una persona puede aguantar mucho y estar destrozada por dentro., puede cumplir con todas sus obligaciones y necesitar ayuda, puede parecer fuerte mientras se rompe en silencio.
Por eso me preocupa que todavía haya quien responda al sufrimiento psicológico con burlas, etiquetas o simplificaciones. No porque vaya a resolver nada, sino porque consigue exactamente lo contrario: que muchas personas vuelvan a callar, que quienes ya dudan sobre pedir ayuda se lo piensen dos veces, que el estigma siga ocupando el lugar que debería ocupar la comprensión.
No hace falta entender exactamente lo que le ocurre a una persona para respetar que le está ocurriendo. No hace falta haber vivido su experiencia para reconocer que está sufriendo y no hace falta compartir todas sus decisiones para evitar convertirla en objeto de burla.
La disculpa de Nicolás cierra el episodio. Pero el verdadero error sería quedarnos solo en la palabra y en el comunicado que la borra.
Lo importante es preguntarnos cuántas personas siguen pensando que el sufrimiento solo existe cuando son capaces de verlo.
Porque la salud mental lleva décadas enseñándonos exactamente lo contrario: que muchas de las realidades más difíciles de comprender son también las más fáciles de ignorar, y que el problema no está en quien sufre.
Está en quien mira, cree que ya lo sabe todo, y deja de intentar comprender.







