En los dos artículos de esta miniserie de DivagArte me quiero centrar en las voces que me han sacudido por dentro. En esas canciones e intérpretes que me han elevado desde el suelo hasta los cielos. ¡Y han sido muchos! Pero debo hacer una selección –porque esto no acabaría nunca– exquisita para que los disfrutéis vosotras también. Y quiero plantearos dos menús. Uno, femenino y otro masculino.
Un consejo antes de empezar: haced click en cada uno de los enlaces a las canciones de mis diosas y dioses porque os llevaréis un regalo para el alma como pocas veces habréis recibido.
Son dos menús exquisitos. Hay un primer plato, un segundo y un postre. Pero no significa que el primero sea mejor. Es solo una cuestión de que necesito ordenarlos ligeramente. Y luego os propondré alguna referencia hacia un plato “fuera de carta” que nos complemente de alguna manera esta degustación deliciosa y plena de belleza. Que no es poca cosa… Empecemos por el menú femenino. Perdonad que esta lectura sea un poco larga, pero es que dividir este artículo es una lástima.
Tienen historias similares. La mayoría son voces negras. De mujeres que lo pasaron mal, que vivieron a un paso de la exclusión y que por fin pudieron sacar la cabeza y triunfar en el difícil reino de la música. Son Etta James, Ella Fitgerald y Aretha Franklin. Todas sus historias son duras pero, por paradigmática, comienzo con la historia de…
Etta James
Etta James nació negra, aunque podía haber nacido blanca. Era hija de una muchacha negra y de un golfo blanco. Y digo “golfo” porque el padre de Etta era un viejo blanco, jugador profesional de billar (jugador de ventaja, un tramposo: un «buscavidas»), que jugaba apostando dinero, simulando que era un simple aficionado. Y así se ganaba la vida: engañando a pardillos que creían poder ganar a ese viejo gordo… pero siempre palmaban.

En la famosísima película de 1961 de Paul Newman «The Hustler» («El buscavidas») aparece un personaje que se llama «el Gordo de Minnesota» (Minnesota Fats) que no es un personaje ficticio, sino que fue real y que en realidad se llamaba Rudolf Wanderone. Era un jugador de ventaja que simulaba ser torpe cuando le convenía y que fallaba muchos golpes a propósito, pero que aumentaba las apuestas de cada partida a “doble o nada”.
Cuando la bolsa de dólares estaba bien gordita y calentita, y pensaba que ya era hora de desplumar al pardillo contrincante, sacaba toda su habilidad billarística, ganaba la partida y se llevaba el bote final, recuperando lo que había perdido y ganando muchísimo más de lo que apostaba. Cada noche. Ese era su oficio. No era estrictamente un estafador, era un «disimulador», un pillo que desplumaba a idiotas que llegaban a la mesa de billar para aprovecharse de su aparente torpeza en el juego pero que, al fin, sucumbían ante su brutal talento billarístico. A eso se le llama en la terminología del billar un “buscavidas”.
Bien, pues en estos garitos nocturnos de juego y apuestas –y donde también se vendían licores– apareció un mal día una niña negra de 13 años –así de chiquitina era– que terminó en la cama de Rudolf Wanderone,
«El Gordo de Minnesota». Con tan mala suerte –buena para nuestros oídos–, que se quedó preñada en sus primeros escarceos sexuales con ese tipejo. Así nació Etta James. Por supuesto, el Gordo de Minnesota no quiso saber nada de ese renacuajo negro que le incomodaría su golfa vida nocturna y casi delincuente.

De niña, Etta ya cantaba en el coro de la iglesia y su virtuosismo era tan brutal que pronto fue objeto de deseo de muchas bandas de gospel y jazz. Acabó, por buena suerte, bajo el cuidado del gran Johnny Otis, que era un blanquito de origen griego, pero que vivió y desarrolló su música en el ámbito del Soul y el Jazz negro, implicado en la lucha social de la población afroamericana y casado con una mujer negra.
La madre de Etta, Dorothy Hawkings, sabía qué puñetas significaba que su niña viajara con un grupo hombres de jazz, porque ella se quedó preñada de un blanquito abusón y jugador de billar, así que vigilaba mucho en las giras musicales si su hija salía de su habitación de hotel de noche para acostarse con cualquiera. Pero no se percató de que la heroína, la droga de moda entre los músicos de jazz, le llegaría con tanta facilidad.
Años después, Etta acabó colgada de la heroína y casi acaba con su carrera. Bueno, qué puñetas, ¡la heroína acabó con su carrera…! Lo que pasa es que después de mucho tiempo fue reconocida su figura y sus admiradores del mundo musical ayudaron a rehabilitarla. Pero ya era muy mayor y estaba muy tocada. Como muestra de su poderío juvenil anterior a su decadencia, aquí os queda At Last.

No necesito hacer más carnaza de lo necesario. Ya sabemos qué significaba en los años 40, 50, 60 y 70 ser una mujer negra en Estados Unidos (bueno… ¡y ahora también!). Fue muy parecido para muchas mujeres que en aquella época intentaban labrarse un camino en el arte musical.
Pero la siguiente diosa, y siguiente plato de nuestro menú femenino, me sigue emocionando sobremanera. Se trata de Ella Fitgerald. Diosa suprema del decir y del sentir.
Ella Fitgerald, la reina del Jazz
Su padre, William Fitzgerald, conductor de tren, abandonó a su madre, Tempie, que trabajaba de lavandera cuando Ella Fitzgerald era aún muy joven. En 1932, la madre de Ella murió tras un grave accidente de tráfico. Este ambiente dramático condicionó el comportamiento de Ella, que tuvo frecuentes problemas con el ausentismo escolar e incluso con la policía, lo que la llevó a ser internada en un reformatorio de donde trató de escapar varias veces, así como de su casa.

Ella debutó como cantante a los 17 años, en noviembre de 1934, en el Harlem Apollo Theater de Nueva York, ganando el concurso Amateur Night Shows con la canción «Judy». Después, Ella consiguió entrar en la orquesta de Chick Webb, en 1935.
Estuvo de gira con la banda de Dizzy Gillespie y adoptó el «bebop» como parte de su estilo, y comenzó a incluir fragmentos de Scat en sus interpretaciones. El Scat era una manera de cantar, improvisando, evidentemente sin tener un texto escrito, pero que demostraba las habilidades vocales de una cantante. Lo dejamos para un poquitín más adelante, pero ya veréis qué divertido es.
Antes de disfrutar de esa divertida sesión de Scat, os puedo ofrecer muchas glorias de Ella, pero quizá me quedo –aunque si me lo pienso dos veces podría elegir cualquier otra– con esta delicia para mis oídos (y espero que para los vuestros): un dueto entre Ella Fitgerald y Louis Armstrong. Dos dioses maravillosos, unidos por una canción no menos subyugante. Siento no poder ofreceros esa sesión en directo. Es que tendría que bucear más en internet, pero estoy pillado por el tiempo y solo os puedo ofrecer esto ahora. Así que, como no tenemos imágenes, ante este maravilloso sonido que os regalo, solo cerrad los ojos… y salivad.
Y ahora sí, esta mini sesión de Scat de la gloriosa Ella Fitgerald.
Durante varios años grabaría los famosos Song Books de los grandes compositores estadounidenses de música popular: Cole Porter, George Gershwins o Duke Ellington. De esta etapa os ofrezco otra delicia –tampoco en directo, para otra ocasión ya me lo busco más–. Se trata de la canción Ev’ry Time We Say Goodbye del maravilloso compositor Cole Porter que os da una dimensión de su delicadeza y saber cantar.
Desgraciadamente, en 1985, Fitzgerald fue hospitalizada por problemas respiratorios; en 1986, por insuficiencia cardíaca congestiva, y en 1990 por agotamiento. Y ya, en 1996, cansada de estar en el hospital, Ella quería pasar sus últimos días en casa. Confinada a una silla de ruedas, murió en su hogar el 15 de junio de 1996, a la edad de 79 años.
Y terminamos con el postre de este menú maravilloso con otra diosa excelsa. Quizás es la que más cerca tenemos en el tiempo y por eso quizás es la que mas reconocemos. Mi (nuestra) maravillosa Aretha Franklin.

La fabulosa Aretha Franklin (y su hermana)
Aretha fue una mujer maravillosa que usó su tremenda figura mediática en favor de los derechos raciales en Estados Unidos siendo, además, un ejemplo tremendamente influyente dentro del movimiento feminista.
Aretha quedó embarazada a los 12 años –así de diminuta era– para dar a luz a su hijo Clarence, en enero de 1955. Y con 14 años tuvo a su segundo hijo, Edward, en 1957. Ni que decir tiene que su vida parecía que se embarraba y que acabaría en algún guetto o barrio marginal y perdida para siempre. Sus hijos fueron cuidados por su abuela y su hermana Erma, mientras Aretha Franklin se empeñaba en triunfar en su carrera.
Esta es la rápida reseña de la vida de Atetha. Pero hay otro legado suyo, musical, vivencial, y emocional.
En 1960, con solo 18 años, firmó con Columbia Records aunque no logró un gran éxito. Pero con la compañía Atlantic Records, ya en 1966, la lanzó al estrellato comercial con tres monumentales ejercicios vocales de poderío y sensibilidad.
¿Queréis saber lo que es la «marcha»? pues aquí tenéis el marchón de Aretha con «Respect». Que es un canto y una exigencia de respeto por su condición de mujer, fundamentalmente, y por su gran humanidad. Ahora, otro chute de Soul del mejor, disfrutad de «Chain of Fools». Y, por si pensabais que Aretha solo sabía gritar al mundo su rebeldía, aquí está esta deliciosa y al mismo tiempo salvaje, «I Say a Little Prayer». Es una bestialidad de sentimiento, de poderío y de sensibilidad dulce y exquisita. Todo junto. Como nadie lo ha hecho.
¿Qué?… ¿cómo se os ha quedado el cuerpo?, ¿hay algo mejor en este planeta?
Aretha tuvo a su tercer hijo en febrero de 1964, siete años después del último. Pero pudo divorciarse de su marido por violencia doméstica.
Y aquí quiero hacer una minipausa para hablar de su hermana Erma, la que sacrificó su carrera musical para cuidar de los hijos de Aretha. Ojo a esta maravilla de Erma Franklin, que apenas pudo asomar su cabeza tras la sombra gigante de su hermana y que no tanta gente conoce. En esta grabación de 1967 que os ofrezco, interpreta la canción Piece of my heart que popularizó un año después Janis Joplin –otra joya incomensurable– a la que también le debemos un espacio en esta sección cultural de DivagArte.
¿La versión de Janis se popularizó más que la original fue porque Erma era negra?, esta pregunta os lo dejo a vuestra discreción.
Ahora imaginad a este par de hermanas –Aretha y Erma– cantando un simple “cumpleaños feliz” a su madre… Se me pone la piel de gallina solo de pensarlo. La cosa fue que Erma no tuvo suerte con los sellos discográficos con los que firmó contratos y su carrera se limitó a acompañar a su hermana Aretha en los coros.
Pero con un poquito de ayuda, Erma podría haber sido una gran diosa de la canción porque facultades vocales no le faltaban y sensibilidad para interpretar, tampoco.
“Fuera de carta” de este menú delicioso
Julie London fue una cantante y actriz estadounidense que no llegó a lo más alto del estrellato, aunque se lo merecía, según mi piel se eriza cuando la oigo cantar. Era otra cosa, eso sí. Era una blanquita que venía a ofrecer una nueva visión distanciada de esas voces poderosas negras. Sus registros no la capacitaban para competir con las grandes voces negras de la historia, pero su manera de “decir” tiene, para mi, un enorme encanto, para llenarme de sus notas y suspiros, y hacerme estremecer.
Julie tuvo su pecado en su condición: ni era negra, ni se les parecía. Y era blanca, pero tampoco brillaba como las estrellas de cine blancas de su época, así que se quedó en ese limbo cabrón de quien no escala hasta el último escalón de arriba. Su voz no es la más poderosa, pero si yo quiero que alguien me cante al oído una canción dulce, queda y melosa, abrazado a esa persona, mirándola a los ojos, sonriendo con mis labios rozando los suyos y empapando mis humedades salivares junto a las suyas, quiero que sea Julie London la que me ofrezca ese espacio íntimo, suave y asombrosamente delicioso. Por eso está aquí.

Julie London es, para mi, ese cisne que nace oscuro, pero que nunca llegará a mostrar ese brillo blanco, por mucho que se esfuerce… Y esa ternura que me despierta es suficiente para que la incluya en este recopilatorio, porque su versión de I’ll Been seen you es de lo mejor que he oído nunca. Así, en una versión callada, íntima, para mi oído, para mi sonrisa, para mi cerrar de ojos… como os digo… Ahhhh…
Y, por si fuera poco postre, aquí está Dina Washintong, que es el chupito de regalo que os ofrecemos en este menú extraoridinario.

Espero que este menú os haya satisfecho y llenado el alma de felicidad. Ahora queda otro menú magnífico de hombres con voces que llenan mi otra parte de las emociones. Esperad y veréis qué maravillas os esperan en esta sección de DivagArte, plena de sentimientos.

