La primera notificación llegó una tarde cualquiera. No traía sello ni membrete. Tampoco remitente. Simplemente apareció. Decía que debía justificar qué estaba haciendo exactamente entre las cinco y las seis de la tarde del martes anterior.
El afectado, un vecino cualquiera de cualquier pueblo manchego, intentó recordar. Después de mucho pensar, respondió con sinceridad. Nada.
A partir de ahí comenzó el problema.
La administración invisible que gobierna nuestro tiempo consideró insuficiente la respuesta. Nada no era una actividad reconocida. Nada no figuraba en ningún formulario. Nada no podía contabilizarse ni transformarse en una estadística útil.
Se abrió entonces un expediente: ¿Por qué no estaba trabajando? ¿Por qué no estaba aprendiendo algo? ¿Por qué no estaba consumiendo algún contenido formativo? ¿Por qué no estaba mejorando su condición física? ¿Por qué no estaba construyendo una marca personal? ¿Por qué no estaba convirtiendo una afición en una oportunidad económica? ¿Por qué no estaba aprovechando el tiempo?
El interrogado intentó explicarse.
Estaba sentado en un banco. Miraba pasar a la gente. Vio cómo una mujer volvía de la compra. Cómo un niño perseguía una pelota. Cómo el sol empezaba a esconderse detrás de los tejados.
No parecía una respuesta aceptable.
Los inspectores del rendimiento anotaron cuidadosamente cada una de sus palabras. Después concluyeron que existían indicios razonables de pereza. La acusación era grave.
Vivimos en una época donde todo debe producir algo. Una fotografía debe producir reacciones. Una conversación debe producir contactos. Una lectura debe producir conocimientos aplicables. Una afición debe producir ingresos. Incluso el descanso debe producir bienestar medible.
Nada puede existir por sí mismo. Nada puede ser simplemente nada.
Por eso la pereza se ha convertido en una figura inquietante. No porque sea frecuente, sino porque es cada vez más rara de ver. La auténtica pereza, al menos. Esa que no consiste en evitar obligaciones, sino en detenerse sin otro propósito que detenerse. En La Mancha todavía nos quedan rastros de ella.
Aparecen en verano, cuando el calor aplasta cualquier pretensión de productividad heroica. Surgen en las conversaciones interminables que comienzan sin motivo y terminan con un final abierto. Habitan en las sillas colocadas a la puerta de las casas cuando cae la tarde y el pueblo entero parece quedarse en stand by durante unas horas.
Desde fuera, alguien podría pensar que no ocurre nada. Ese es el secreto.
Mientras el mundo moderno exige explicaciones, esos momentos escapan a cualquier lógica de utilidad. No generan beneficios. No mejoran indicadores. No aceleran carreras. No optimizan absolutamente nada.
Y, sin embargo, contienen algo que empieza a escasear. Tiempo.
Tiempo sin apellidos. Tiempo que no necesita justificarse. Tiempo que no aspira a convertirse en otra cosa.
Por eso la pereza provoca tanta desconfianza. Porque desafía la idea de que nuestra existencia debe estar permanentemente ocupada demostrando su valor. Nos recuerda que no somos máquinas, ni empresas, ni proyectos en construcción permanente. Somos personas.
Ahí está lo revolucionario. Un manchego sentado a la sombra una tarde de julio, contemplando una calle vacía.
Sin hacer nada. Como debe ser. Y sin pedir perdón por ello.







