Todo el mundo conoce el dolor. Lo hemos sentido tras una caída, una operación, una lesión deportiva o una enfermedad. Sin embargo, aunque convivimos con él desde la infancia, pocas veces nos detenemos a pensar qué es exactamente. La respuesta parece sencilla: algo duele porque algo está dañado. Pero la realidad es bastante más compleja.
Durante años, la investigación en neurociencia ha ido desmontando la idea de que el dolor sea una consecuencia automática del daño físico. Hoy sabemos que una lesión importante puede generar pocas molestias y que, por el contrario, algunas personas continúan sufriendo mucho tiempo después de que los tejidos se hayan recuperado.

Comprender esa diferencia es una de las claves del trabajo que desarrolla Pilar García Arroyo, que lleva años trabajando con personas que conviven con dolor crónico. Pilar es fisioterapeuta del Área de Salud de Ciudad Real, y miembro del equipo precursor de los grupos de afrontamiento de dolor persistente en Ciudad Real, uno de los pioneros en este tipo de servicio en España. Además, Pilar es Doctora en Historia y escritora y ya estuvo anteriormente en nuestras páginas presentando a la primera de sus dos Olimpias.
El dolor no está en los tejidos, está en el cerebro
Cuando intenta explicar qué es el dolor, prescinde de tecnicismos y va directamente a la idea central. El dolor, explica, es “una experiencia desagradable que es una respuesta del cerebro ante un daño real o potencial”. La matización resulta importante porque cuestiona una de las creencias más extendidas sobre nuestro cuerpo. Según recuerda, “los tejidos no sienten dolor”. Son los tejidos los que envían información, pero es el cerebro quien la interpreta y quien finalmente genera la experiencia dolorosa.

Para ilustrarlo recurre a uno de los ejemplos más conocidos de la medicina: el dolor del miembro fantasma. Muchas personas que han sufrido una amputación continúan sintiendo dolor en una extremidad que ya no existe. Si la extremidad ha desaparecido, argumenta, resulta evidente que no puede estar generando ninguna señal dolorosa. Es el cerebro quien sigue emitiéndola.
Lejos de ser un error, el dolor cumple además una función esencial. “Su objetivo no es castigarnos, sino protegernos”, afirma. La fisioterapeuta ha explicado que “cuando sufrimos un esguince, una fractura o una lesión muscular, el organismo activa mecanismos de reparación que necesitan tiempo para actuar. En ese contexto, el dolor ayuda a reducir la movilidad de la zona lesionada y favorece la recuperación”. Por eso García Arroyo insiste en una idea que suele sorprender a muchos pacientes: “el dolor, en sí mismo, es algo positivo porque permite proteger los tejidos y favorecer su cicatrización”.
Cuando la alarma no se apaga
El problema aparece cuando esa alarma sigue sonando después de que el peligro haya desaparecido. Ahí entra en juego lo que habitualmente conocemos como dolor crónico. Sin embargo, Pilar García prefiere utilizar otro término: dolor persistente. La diferencia no es menor. “Mientras que la palabra crónico suele asociarse a una condición permanente e irreversible, hablar de dolor persistente permite entender que se trata de un dolor que dura más tiempo del necesario para reparar los tejidos, pero no necesariamente para siempre”.
Según explica, muchas veces el tejido ya ha cicatrizado y, aun así, el cerebro continúa emitiendo señales de protección. “Lo que se ha cronificado es el dolor, no la lesión”, resume. El problema ya no está necesariamente en los tejidos, sino en una señal de alarma que continúa funcionando cuando la amenaza ha desaparecido. Es entonces cuando aparece lo que los especialistas denominan dolor nociplástico, una forma de dolor en la que ya no existe una lesión activa que justifique la intensidad de los síntomas.

Pero existen más apellidos para el dolor. Junto al nociplástico, la fisioterapeuta ha explicado que existe también el dolor nociceptivo, el cual es el asociado a una lesión real de los tejidos, el que aparece tras un esguince o una fractura. También, uno de los más comunes es el dolor neuropático que, por su parte, se produce cuando existe una lesión en el sistema nervioso periférico. Este último suele describirse como una sensación de quemazón, descarga eléctrica o calambre y sigue recorridos muy concretos porque afecta a nervios específicos.
El dolor persistente, sin embargo, suele comportarse de otras maneras. García Arroyo describe una de las más comunes con esta expresión: “el dolor viajero”. Un dolor que aparece en una zona, desaparece, reaparece en otra y parece desplazarse por el cuerpo sin seguir una lógica anatómica clara. Más que una lesión concreta, “este tipo de situaciones suelen reflejar un sistema nervioso en estado de alerta”.
Más allá de las resonancias: «No somos diagnósticos»
Precisamente por eso insiste en que no siempre existe una relación directa entre la gravedad de una lesión y la intensidad del dolor. Una de las pruebas más claras aparece cuando observamos los resultados de algunas resonancias. Pilar García lo explicaba con este ejemplo: Distintos estudios realizados con personas que no presentaban ningún síntoma revelaron que aproximadamente dos tercios de ellas tenían hernias discales sin saberlo.
La conclusión conecta directamente con una de las advertencias que más repite García Arroyo durante la entrevista: “la aparición de una hernia discal en una resonancia no implica necesariamente que me vaya a doler”. De hecho, recuerda que muchas hernias permanecen años sin provocar síntomas y que, en ocasiones, el dolor desaparece mientras la hernia sigue apareciendo en las pruebas de imagen.
Algo parecido sucede en consulta con los hombros. La fisioterapeuta relata cómo puede encontrarse personas con roturas importantes de tendones que mantienen una movilidad prácticamente normal y llevan una vida completamente funcional. Al mismo tiempo, otras presentan alteraciones mínimas y sufren dolores muy intensos.
Por eso considera peligroso reducir a una persona a lo que muestra una prueba diagnóstica. “Las personas no somos etiquetas, no somos diagnósticos”, afirma. La frase resume buena parte de la filosofía que sostiene su trabajo. Una resonancia puede aportar información valiosa, pero no explica por sí sola la experiencia de quien sufre.
Además, muchas veces el problema no está únicamente en el diagnóstico, sino en la forma en que este es interpretado. Cuando una persona recibe una etiqueta que percibe como definitiva, puede acabar construyendo su relación con el dolor a partir de ella. La hernia deja de ser un hallazgo médico y pasa a convertirse en una explicación permanente de todo lo que ocurre.

Cuando el cerebro se queda enganchado en una lesión o en un diagnóstico, la etiqueta puede acabar condicionando la forma en que una persona se relaciona con su propio cuerpo. Por eso Pilar insiste en una idea que atraviesa toda su explicación: “las personas no somos etiquetas, no somos diagnósticos”.
El dolor también se aprende
En realidad, el dolor está influido por muchos más factores que una lesión o una prueba de imagen. Pilar García Arroyo suele explicar a los participantes de sus programas de afrontamiento que todo dolor tiene varios componentes. Existe, por supuesto, una dimensión física relacionada con los tejidos. Pero también hay una dimensión emocional y otra cognitiva.
Las emociones desempeñan un papel importante. El estrés, el miedo, la ansiedad o la tristeza pueden amplificar la señal de dolor. Del mismo modo, lo que sabemos; o creemos saber; sobre nuestro problema condiciona la forma en que el cerebro interpreta la información que recibe.
En este sentido, la fisioterapeuta defiende una idea que suele generar sorpresa. “El dolor se vive, pero también se aprende”. Se aprende a través de experiencias propias, de historias familiares, de creencias heredadas y de la forma en que interpretamos lo que nos ocurre.
Para explicarlo utiliza una escena cotidiana: “Un niño que empieza a caminar aprende poco a poco a interpretar sus caídas. Pero también aprende a leer la reacción de quienes le rodean. Si observa miedo en el rostro de sus padres, es más probable que se asuste y llore. Si percibe tranquilidad, la reacción suele ser distinta. El golpe es el mismo. Lo que cambia es la interpretación de la situación”. Ese aprendizaje continúa durante toda la vida. Se alimenta de experiencias previas, de relatos familiares y de creencias culturales que repetimos con frecuencia.
Cuando el miedo duele más que la lesión
Y ahí es donde las palabras adquieren una importancia enorme. Pilar García reconoce que los profesionales sanitarios tienen una gran responsabilidad en este terreno porque “tenemos el poder de favorecer con palabras y también de perjudicar con palabras”.

Diagnósticos excesivamente alarmistas o mensajes catastrofistas pueden acabar generando un ‘efecto nocebo’, es decir, empeorar los síntomas simplemente por la forma en que son interpretados. Ese miedo puede terminar convirtiéndose en un problema tan importante como el propio dolor. Uno de los fenómenos más frecuentes es la kinesiofobia, el miedo al movimiento. «Al final el dolor se hace con nuestra agenda», resume.
Y quizá ahí aparece una de las consecuencias menos visibles del dolor persistente. La persona ya no evita únicamente un movimiento concreto. “Deja de bailar, de apuntarse a actividades, de salir a caminar o de quedar con amigos por miedo a lo que pueda ocurrir después”. El problema deja de ser exclusivamente físico para convertirse también en social, familiar y emocional. Como explica García Arroyo, llega un momento en que el dolor “ya no es que no haga movimientos, es que dejo de hacer actividades completas”.
Recuperar la vida más allá del dolor
Pese a todo, García Arroyo lanza un mensaje de esperanza. El dolor persistente tiene un enorme impacto humano, social y económico. No se trata de un problema minoritario. Según recuerda la fisioterapeuta, “afecta aproximadamente a una cuarta parte de la población española, es decir, a más de nueve millones de personas”. Son millones de personas cuya vida cotidiana, actividad laboral, relaciones sociales y bienestar emocional se ven condicionados por el dolor.
Sin embargo, insiste en que no debe entenderse como una condena inevitable. “Los programas de afrontamiento del dolor no buscan convencer a nadie de que no le duele. El dolor es real. Lo que intentan es cambiar la relación que la persona mantiene con él”. García Arroyo explica que “la mayoría de quienes completan estos programas reducen medicación, recuperan actividades y mejoran su funcionalidad”.
Al final de la conversación llega la pregunta más importante. ¿Se sale realmente del dolor? La respuesta es inmediata. Sí, se sale.

Y aclara inmediatamente qué significa esa afirmación. “Salir del dolor no implica necesariamente que desaparezca cualquier molestia. Significa que el dolor deja de dirigir cada decisión cotidiana. Que deja de decidir qué hacemos, dónde vamos o con quién compartimos nuestro tiempo. Significa recuperar espacios de vida que habían quedado secuestrados por el miedo”, afirma.
Porque, como resume Pilar García Arroyo, “el dolor no controla mi vida. El dolor no controla mi agenda. El dolor no decide si yo me voy de excursión o no me voy de excursión. El dolor no decide si mañana quedo con mis amigos o no quedo con mis amigos”.
La frase resume el auténtico objetivo de todo este cambio de enfoque. No se trata de negar el dolor, ni de restarle importancia, ni de prometer soluciones milagrosas. Se trata de impedir que una señal diseñada para protegernos termine convirtiéndose en quien decide cómo vivimos.

